domingo, 26 de enero de 2014

Un retrato vintage de la sociedad mexicana

“El mundo era tan reciente que muchas cosa carecían de nombre, u para nombrarlas había que señalarlas con el dedo”. Para Manuel Álvarez Bravo, cuya vida también duró 100 años, la soledad se superaba portando una cámara en mano y retratando con una maestría que le valió la consideración de “poeta de las lentes” el costumbrismo mexicano y el realismo estético del país azteca.

La buena fama durmiendo, triple. 1938

Álvarez Bravo pasa por ser el más influyente fotógrafo sudamericano del siglo XX y uno de los referentes culturales mexicanos de todo el siglo XX. Su concepción de la fotografía evolucionó de un pictorialismo con toques de realismo social a un modernismo tan propio del siglo XX como la época que le tocó vivir. Y, por fortuna, retratar. De la captación de una imagen simple separada de un mero registro de la realidad a los toques cubistas y abstractos por los que se vería influido con el paso de los años. Siempre acompañado de un profundo sentido de la estética, de una profunda pasión por la semántica de sus disparos.

Lección de música, 1978

Ahora, más de 20 años después de su muerte, la galería Throckmorton de Nueva York recoge en una exposición titulada “Vintage” algunos de los más significativos positivados de la primera época del artista: 30 fotografías, la gran mayoría tomadas entre los años 30 y 40, donde se refleja la sociedad mexicana, el costumbrismo realista y aquellos retratos tan humanos, captados en el segundo preciso, y dotados de una pureza única. Una obra arraigada en el amor a su propio país, al que nunca dejó de explorar. Una colección de instantáneas que recopila los problemas y las ilusiones de su gente, a partes iguales, con meticuloso empeño, con proverbial paciencia. Con íntima dedicación.

Niña comiendo calabaza de azúcar, 1940-50

Es esta quintaesencia de la fotografía mexicana la que juega de manera inimitable con las luces y sombras del blanco y negro. La que apuesta por el doble sentido de la fotografía, el semántico y el estético. Un homenaje póstumo repleto de surrealismo visual que no es ni mucho menos casual. Fue Álvarez Bravo objeto de la admiración por parte del francés André Bretón, considerado el fundador del surrealismo, y que quedó impresionado por sus trabajos hasta el punto de encargarle, en 1938, la imagen de portada del catálogo de una exposición surrealista. Álvarez Bravo presentó la fotografía “La buena fama durmiendo”, el retrato de una enfermera desnuda descansando en el suelo, y que finalmente no pudo ser publicada por mostrar explícitamente el vello púbico de la retratada.

La fábrica de calaveras, 1933

Otro artista francés, Henri Cartier-Bresson, padre del fotoperiodismo, acompañaría a Álvarez Bravo en diversas exposiciones en la ciudad natal del segundo, y buena parte de esta influencia se destila en fotografías de retrato social, de relato periodístico. Junto a él, amistades con artistas del Renacimiento Mexicano tales como Tina Modotti o Diego Rivera aportarían a Manuel una ideología social que le acompañaría el resto de sus días y que conferiría al artista una fijación por la sociedad mexicana que fue más allá del mero retrato artístico.

Calavera de azúcar. 1940-50

Fue un artista valiente, pionero y transgresor”, asegura Spencer Throckmorton, director de la galería y amigo personal del fotógrafo. “Muy pocos se atrevieron a fotografiar en el México de los años 30 aquello que Manuel se atrevió a capturar, y de esa manera tan estética y de forma tan natural”, recuerda, al tiempo que reconoce que “albergar una exposición retrospectiva de Álvarez Bravo, lograr presentar esta muestra única, ha sido uno de los sueños de mi vida que acabo de hacer realidad”.

Día de matanza, 1945

Para el fotógrafo argentino Aldo Sessa, que no quiso perderse la inauguración de la exposición, es la personalidad de Manuel la que caracteriza toda su obra. “Era un reto hace 80 años tener la libertad para fotografiar de aquella manera”, reconoce. Para él, Manuel “observaba lo que otros no observaban, propio de un artista libre, visionario, realista, costumbrista e impresionista que siempre buscó, y encontró, los momentos mágicos para fotografiar”. Para Sessa, Álvarez Bravo es el ejemplo perfecto del artista sudamericano, que no persigue la especulación comercial de la manera que sucede en Europa o Estados Unidos. “Manuel nos brindó una fotografía hacia adentro, sin fines comerciales, pero repleta de fuerza y espiritualidad. Propia del arte latinoamericano”. 

(Artículo publicado originalmente por la agencia dpa).


miércoles, 15 de enero de 2014

Euforia sin pantalones

Después de la tormenta, es momento de quitarse los pantalones. Eso habrán pensado los más de 4.000 atrevidos que el pasado domingo participaron en una nueva edición del Día sin pantalones (No pants Subway Ride) en la ciudad de Nueva York. Apenas unos días después de que el famoso vórtice polar sumiera a buena parte de Estados Unidos, incluida Nueva York, en las temperaturas más bajas de los últimos 20 años, y con los últimos restos de nieve aún amontonados en las aceras, el día en ropa interior por el metro de la Gran Manzana cobró, sí cabe, tintes aún más estrafalarios.

Este movimiento de diversión a base de aligerar la indumentaria en pleno mes de enero tiene su orígenes en el año 2002, cuando siete amigos decidieron desafiar al frío de Nueva York y a las miradas de sorpresa de los viajeros del metro quitándose los pantalones en pleno vagón. Desde entonces, 13 ediciones más tarde, aquel gesto se ha convertido en el Día Mundial Sin Pantalones en el metro, celebrado en las redes de transporte subterráneo de más de 60 ciudades en unos 25 países de todo el mundo.

Las instrucciones son claras. Los participantes se reúnen en cinco puntos concretos de la ciudad y desde allí se organizan en grupos, tantos como número de vagones tiene un tren de metro. El objetivo es ocupar el subterráneo en toda su extensión. Una vez dentro, cuando el tren comienza a andar, los jóvenes y no tan jóvenes se quitan sus pantalones, se quedan en ropa interior y continúan con sus tareas habituales: leer un libro, consultar su teléfono móvil o escuchar música. Se busca así el efecto sorpresa con el resto de los viajeros, que observan asombrados como el resto de la ropas de invierno, tales como gorros, guantes o bufanda, permanecen en su lugar mientras los pantalones dejan de hacer su función para mostrar las piernas de estos intrépidos neoyorquinos.

“Llevo 4 años participando como voluntario en este evento y cada vez viene más gente”, afirma Simon, uno de los coordinadores de grupo en el vagón 4 de la linea F del metro de Nueva York, y que luce una impecable camisa a cuadros, pañuelo en la solapa, bigote a lo Dalí y sombrero de época. Es el primero en lucir ropa interior de todo el vagón y su figura resulta aún más extravagante que la del resto de personas que le siguen los pasos. “Desde que participé en 2010 no me conformo con hacerlo una vez al año, y todos los domingos, si tomo el metro, me quito los pantalones dentro del vagón. Es una forma de liberación y además, creo que tengo unas piernas bonitas”, asegura.

A la misma liberación se refieren Karen, una vecina del barrio de Queens más cerca de los 60 que de los 50 años, y que está eufórica por su primera participación en el día sin pantalones en el metro. “No me hubiera imaginado a mi misma haciendo esto hace unos años, pero ahora he decidido vivir la vida al máximo y sentir el cuantas más emociones mejor”, grita al tiempo que las puertas de un vagón repleto de gente en ropa interior se cierran.


No falta la representación latina. Miranda y Cristina son dos jóvenes argentinas cuyos ojos brillan de la emoción antes de participar en esta variopinta actividad. Sorprendidas por la cantidad de personas que acuden al evento, aseguran que “en Buenos Aíres también se celebra, pero con mucha menos gente”. “Además – reconocen- allí están nuestros novios y la cosa sería diferente”. Julieta y Mario son un matrimonio mexicano cuya principal motivación es la de “hacer todas aquellas cosas extravagantes que Nueva York ofrece y que parece que sólo se pueden hacer aquí”, y se refieren, en concreto, al Santacon (una celebración navideña consistente en disfrazarse de Santa Claus y recorrer las calles de bar en bar) o la guerra de almohadas (en la que anualmente miles de personas se encuentran en una plaza para liberar tensiones a base de golpes de cojines), además de este día sin pantalones en el metro.

Al lado de la ropa interior en plena exhibición, como espectadores de lujo, los pasajeros a quienes este día se cruza por sorpresa. A las caras de asombro les suelen acompañar las risas y el aluvión de fotografías. No falta quien se lamenta por no haber conocido la existencia de este evento antes y quien, al darse cuenta de que no es tarde para participar, se suma al resto de exhibicionistas con el sencillo gesto de quitarse los pantalones o la falda en medio del vagón.

Sin embargo, la iniciativa no el del gusto de todos. A la altura de la parada West 4, una de las más concurridas del metro de Nueva York, un judío ortodoxo comienza a increpar a un grupo de jóvenes que se habían despojado de sus pantalones, y les acusa de “masturbarse en público”. En un día como hoy, la opción de bajarse del metro para esperar el siguiente no parece la más conveniente, pues el andén parece la pasarela de un desfile de ropa interior y el próximo tren en llegar, minutos después, está tan lleno como el anterior de improvisados modelos de bragas y calzoncillos. Finalmente, aquellos ofendidos por la exhibición de tantos muslos no tienen más remedio que salir a la calle y continuar el viaje a pie.


El fin de fiesta tiene lugar en la emblemática parada de Union Square, el lugar donde los diversos participantes provenientes de diferentes barrios de la ciudad se encuentran. Por unos momentos, el vestíbulo y los pasillos de esta estación se convierten en un excéntrico y entretenido espectáculo de los más variados personajes de la ciudad, de los que pareciera que la ausencia de pantalones es su característica menos llamativa: abuelos disfrazados de Papa Noel, estudiantes chinas salidas de un cómic manga, afroamericanos con mensajes apelativos bordados en sus mini-slips, cantautores espontáneos con guitarra sobre sus desnudas extremidades inferiores y punkies con cresta de los mismos colores que sus calzoncillos. Todo ellos, bajo la atenta mirada de la policía de la ciudad, que no pierde la sonrisa pese a negarse infinidad de veces a fotografiarse con gente que muestra su ropa interior. A las 5 y media, la hora prevista, los agentes desalojan la estación y es entonces cuando la fiesta, la música y sobre todo la euforia exhibicionista se traslada a la plaza de Union Sq. En estos momentos, la mayoría ya está pensando en qué prenda interior lucirán en la edición del año que viene.  

(Artículo escrito originalmente para la agencia de noticias dpa)

Fotografías de Nicola Bailey. http://www.nicolabailey.com/

miércoles, 8 de enero de 2014

Sensación (térmica)

Médicos advierten del riesgo de necrosis en la piel si está expuesta más de cinco minutos a temperaturas tan bajas”.


¿Son sólo cinco minutos de un día helado al equivalente a unos días durante el resto de mi vida? ¿Cuántas jornadas tarda un corazón en enfriarse? ¿Cuántos años sin invierno, viajando entre hemisferios, son necesarios para descongelar un latido? Lo achacaré a la sensación.

El viento viene de cara. Se ha congelado la nariz y ya no puedo oler. ¿A qué olía antes Nueva York? ¿Y las noches de vísperas de nuevos viajes? ¿A qué olían las despedidas? Quizá nunca antes hubo despedidas. La culpa fue de la sensación.

Se ha apelmazado la nieve en las aceras. Ya no es blanca, ni pura. Es hielo, que corta. Nadie quiere ahora un té helado, ahora que sobra el hielo. Ni siquiera sirve para jugar. Quema las manos ¿Cuánto tiempo dura la nieve amontonada en la puerta de tu casa con esta sensación? ¿Meses? ¿Y en la puerta de la mía? Quizá sea para siempre. Puede que sólo tenga que cambiar de hogar. Esa es la sensación.

Coge mi brazo si hace frío. Así andaremos mejor. No cojas mi brazo si te ofrecí sólo la mano. No intentes coger mi mano si te ofrecí el brazo. Esa fue mi sensación. Asirse del brazo nos hacía caminar mejor entre las aceras, con nieve a los lados.

Me quitaré un guante para poder leerte. Eso hará que mi mano se congele, por culpa de la sensación. No te volví a escribir: mis dedos quedaron ateridos. La pantalla nunca reconoció las yemas de mis dedos, ni siquiera con el calor. Dejaré el guante puesto. Evitaré la necrosis por culpa de la sensación. Pero sólo en la piel de mi mano.

¿En qué medirás tu sensación? En el calor, decide bien si aplicas Celsius o Fahrenheit. En el frio, quizá no sea tan importante. Dime en qué escala te basas, si es que decides usar un termómetro. Si no hay intención de medirlo, no quiero saber qué grados utilizas. Sólo importa la sensación. La térmica, por supuesto.

lunes, 6 de enero de 2014

Navidad a la basura

Se acabó la Navidad. En España, marcada por esos Reyes Magos que habrán traído las sonrisas ilusionadas e inocentes de esos niños que se quitan las legañas al tiempo que deciden qué paquete desenvolver primero. Esos éramos nosotros, hace años. Ahora son vuestros hijos, sus nietos y mis sobrinos. Después, los Reyes Magos habrán dejado su rastro en las calles, en forma de cajas coloridas y exagerados envoltorios. 

También acabó en Nueva York, unos días antes cuando la bola de Times Square le dijo a los atrevidos y pacientes turistas que, empezado el año nuevo, terminaban las Christmas. Y así, desde el día dos, las calles se han llenado del icono navideño por excelencia: el árbol. La Navidad, en un desordenado ritual de deshacerse de lo que ya no vale, ha dejado tras de sí infinidad de abetos, pinos o similares que ya han dado, eso creerán sus dueños, todo lo que tenían que dar.

Derrotados, mojados, tumbados, sucios y congelados por la descomunal nevada del viernes pasado, los arbolitos, todos desnudos de adornos que, esos sí, pueden reciclarse para el año que viene, configuran estos días el paisaje urbano de la ciudad. E intuyo que del resto del país. Y mientras el país espera las temperaturas más bajas de los últimos años, convirtiendo las finas ramas de los pinos en cuchillos que te cortan en plena acerca; mientras el vórtice polar se acerca tal y como indican las previsiones y convence a las miles de personas sin hogar de que quizá hoy sea el día de visitar el albergue, recordaba los versos de Machado al olmo de otro lugar también frío como Soria.

La mayoría, probablemente, no esperen milagro de la primavera. Lo darán por hecho. Y el año que viene, otro abeto (vivo, claro) para adornar la navidad.


No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

(...)

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;


antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.


Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.