sábado, 28 de diciembre de 2013

Balance

Pasa el tiempo. Y las estaciones. Acaban las años. Reviven los resúmenes. Del dónde estaba yo hace ahora un año al cómo habré terminado yo aquí. Me pregunto cuándo volveré a hacer otro balance, si tendré que esperar a finales del 2014 para recapacitar sobre el hecho de que, hace un año por aquellas fechas, la falsa Navidad me dejaba tan indiferente como cuando la descelebré en Vietnam o me encontraba en China. Peor sin duda que aquella en la que una tableta de turrón alimentaba a un palentino y un valenciano en Budapest. No importó nunca que fuera Navidad, sino dónde lo fuera.

No volverás a ver la mirada triste del chico que observaba el infinito.

Pero el balance me lleva de Malawi a Manhattan. De un final de 2012 a la orilla del lago homónimo en la que ya sólo importaba la nueva vida en la ciudad más intensa del planeta a los últimos suspiros de 2013, cuando el destino te recuerda que aquí ordena él y que, aunque tú puedes poner toda tu buena intención, las cosas se harán como él mande. Y mandan las ausencias, las que hoy no vienen en ese avión que está aterrizando. Las que ya no me lo comparten todo, como fue antes del huracán. Seré bien breve: te he perdido y eso duele.

Desde hoy no temas nada, no hace falta ya, todo se fue con el huracán. Nada queda de las vueltas que el tiempo nos dio, todo se fue con el huracán.

Volveremos a hacer balance dentro de un año. Y entonces sabremos si las tormentas se convierten en huracanes que habrán de acelerar el ritmo cardiaco sin fecha de caducidad. Entonces conoceremos si la soledad es un lugar tan vacío sin ti. Puede, incluso, que descubramos de quién es pronombre ese ti. Si tengo que elegir, como pedía hace un año en las costas de Nkhata Bay, que el balance se haga desde otro lugar. Que pasado un periodo adecuado, antes del acomodamiento, después del conocimiento, tengamos el valor de tomar la puerta de salida y buscar otro suelo desde el que ponernos a recordar ¿dónde estaba yo el año pasado por estas fechas?

domingo, 22 de diciembre de 2013

La velada de los perdedores

¿Qué puede resultar del empeño musical de un conocido tecladista neoyorquino apasionado por el karaoke y una cantante de psicho-cabaret que se saben rodear de una treintena de cantantes locales con tanto talento como poca vergüenza? La respuesta es The Loser´s Lounge, un espectáculo sin complejos.

Quizá una de las más entretenidas jam session establecidas en Nueva York en la que, desde hace ya veinte años, el sonido electrónico de un teclado se rodea de un coro, que parece haber salido de Eurovision´73, y de una decente orquesta que permite que los autodenominados losers vayan pasando, uno a uno, a interpretar un solo tema del artista homenajeado de la velada. En esta ocasión, Harry Nilsson, un autor al que muchos recordamos tan solo por una par de temas presentes en la memoria colectiva: Without You, que automáticamente asociamos a Mariah Carey y un mágico verano del 93; y aquel Everybody's talkin' que cualquiera que haya visto Cowboy de Medianoche no podrá sacarse de la cabeza con facilidad.

Cuando uno asiste al Joe's Pub, un mítico club de conciertos neoyorquino, a disfrutar del Loser's Lounge, lo que anhela es ver ver en acción a los perdedores. Ellos no defraudan, y sin perder la sonrisa y en un estricto orden desfilan por el escenario para ofrecer al selecto público su mejor versión del tema elegido. Y es entonces cuando uno entiendo el sentido semántico del espectáculo: cowboys trasnochados, sinvergüenzas en calzoncillos, admiradores de Elvis, coristas setenteras, strippers punkies y gays aficionados al heavymetal se mezclan con solistas melosos eternamente enamorados. No faltan las cantantes más serias, si es que alguien puede considerarse serio en este show, como la sonriente belleza Katia Floreska, que deleitó al entregado público con una versión de Don't leave me.

Cuando, al final de la función, la mayoría de ellos vuelve a subir al escenario expresando su orgullo por pertenecer al selecto club de los perdedores, la sesión alcanza su clímax y uno desea que vuele el tiempo para, dentro de dos meses, comprobar qué nuevas versiones de qué reputado artista podrán ofrecer semejante elenco de juglares.

Detrás de todo, un genio tan premiado como humilde, está un veterano de la escena de Manhattan: Joe McGinty, que tras tocar con The Ramones y muchos otros grupos ideó en 1993 el peculiar concepto The Loser's Lounge. Su pasión por el karaoke, al que dedica todos sus martes en conLive Piano Karaoke en el Manhattan Inn, tiene también su espacio en esta catarsis bimensual de perdedores: algún espectador que haya decidido probar fortuna participando en un sorteo tendrá la oportunidad de romper el hielo tras el intermedio y demostrar sus dotes de cantante. Y de perdedor, porque, en ocasiones, poco o nada desentona el improvisado intérprete con el resto de desacomplejados artistas.
el espectáculo

Como todo en la vida es negociable, The Loser's Lounge puede estar en tu boda, en tu cumpleaños o en tu próxima fiesta de la oficina. Con karaoke, por supuesto. Y con felices perdedores.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Cubanos en Paris, cubanos en casa

Leonardo Granados, Steven Blier y Corinne Winters
Hubo una época, en el periodo de entreguerras, en la que decenas de músicos cubanos encontraron en París el lugar ideal para asentarse tras su exilio político. Los Alejo Carpentier, Eliseo Grenet o Miguel Matamoros, salidos de una decadente Habana presa de la dictadura de Machado, en la que los tiroteos en clubs nocturnos, muchos de ellos protagonizados por los propios músicos revolucionarios, eran tan comunes como el ron, encarnaban lo mejor de la música isleña del momento. Emigraron a Francia con poco más que su inspiración musical para formar parte, sin saberlo, de toda una corriente de artistas cubanos afincados en las Galias y de los que, desgraciadamente, poco se supo con el paso del tiempo.

Casi un siglo después, un erudito de la investigación musical y excelente pianista, Steven Blier, arrastrado por el influjo de la música cubana, la pasión por el descubrimiento de corrientes musicales olvidadas y con el eclecticismo que caracteriza a quien lleva décadas jugando con tendencias musicales alternativas, ofreció un único concierto en Nueva York en el que trasladó a los espectadores a lo que, algún día, debió ser la capital francesa tomada por los mejores artistas cubanos de la época. En dos horas de obra, pero con incalculables horas de trabajo previo, Blier presentó un espectáculo titulado “Cubans in Paris, Cubans at Home” de ópera, poesía y teatro cantado que es, de todo punto, inédito.

Jeffrey Picón abraza a la soprano Corinne Winters
Blier es un músico de la diáspora, de los desplazados, de los olvidados, de la música que raramente se escucha en ningún festival. Quizá por eso, hace 26 años, fundó el Festival de la Canción de Nueva York (New York Festival of Song, NYFOS) donde da cabida a todo aquello que no se podrá escuchar en otro lugar. Y en cada festival, Blier se reserva su propio espacio. Si hace unos años sorprendió a todos con una curiosa compilación de canciones en euskera, galleo, catalán y español, este año el entrañable Steve apostó por su querida música latina en un contexto tan particular como el del exilio cubano en Francia. “Es un curador de repertorios, el único que consigue alcanzar ese nivel con semejante mezcla de estilos. Quien consigue elevar el cuero del tambor a la belleza de la música clásica”, asegura Leonardo Granados, el percusionista venezolano que debuta con Blier en esta edición del Festival y que no oculta su pasión por trabajar a las órdenes de un “experto en cante popular”.

La soprano Corinne Winters, que repite con Blier y que puso voz al anterior disco de canciones en todos los idiomas oficiales de España, reconoce que los días que ensaya y actúa con su banda son “una liberación”, pues le hacen sentir más relajada y menos atada a la rigidez de la ópera. Junto a ella, el tenor Jeffrey Picón y el barítono Ricardo Herrera acompañan al pianista Michael Barret, en una interpretación que sorprende por su frescura y humor. ¿Quién se espera que dos cantantes en escena interpreten una eléctrico diálogo entre amigos que se quieren tanto como para exclamarse “Toi, c´est moi”? Una curiosa y variada composición para una banda tan efímera como la de una sola actuación, tan particular como la de rescatar las voces de los cubanos que chapurreaban el francés y que trasladaron a París sus pasiones

Bella cubana fuiste rayo de luz
Que en la negrura de mis noches
La inspiración tú me das.
Mi canción eres tú

sus credos

Por las calles de Regla lleva la comparsa
Juego santo de honor d´Ecorio Fó
Farola en alto, anilla de oro
Chancleta ligera, pañuelo de Bermejo

sus celos

Si no dijeras mentiras
Ni engañaran tus palabras
Yo por tu amor te daría
La vida entera y el alma

y sus lamentos

Esclava soy, negra nací
Negro es mi color
Y negra es mi suerte
Pobre de mi sufriendo voy
Este cruel dolor
Ay, hasta la muerte

El Merkin Concert Hall de Nueva York fue testigo de la inmensidad de Steven Blier. Su distrofia muscular puede que le obligue a desplazarse en silla de ruedas, pero no le impide tocar el piano de la manera en la que lo hace, pero sobre todo, dirigir el excelente elenco del que se rodea. Es un animal musical con más de 140 recitales a sus espaldas que afirma sin vacilar que va a seguir haciendo música hasta el fin de sus días. Transmite la calma de quien confía en sus creaciones, la felicidad del que se ha dedicado siempre a lo que más ha amado y la esperanza de que nada le impida poder seguir sentándose frente a un teclado. Este invierno, en Nueva York, para acompañar las letras hispano francesas de unos cubanos que alguna vez fueron el referente cultural de París. El año que viene, quizá una recopilación de lamentos sefardíes o una introducción a la música eslava de finales de siglo. Porque la voracidad melómana de Steven no tiene, todavía, límite.

Fotos cortesía del New York Festival of Songs

sábado, 14 de diciembre de 2013

Manzanas traigo

Antes de que el invierno y la navidad monopolizaran las conversaciones de los neoyorquinos, antes incluso de que Halloween instaurara la locura colectiva en las calles del Greenwich Village de Manhattan y antes incluso de que el frío polar y la nieve nos obligara a pasear por este salvaje lugar mostrando sólo nuestros ojos, hubo un tiempo en otoño en el que los americanos, y los nuevos americanos de adopción, entretuvimos nuestros domingos con una actividad que es ligeramente de esas de “sólo aquí”: ir a recoger manzanas.


Ilustración de Jesús Escudero
A poco más de una hora en coche de Nueva York uno encuentra docenas de “granjas de manzanas”, inmensos terrenos de cultivo de esta fruta pomácea en los que, algún día y hace años, alguien debió pensar que más allá de ganar unos dólares vendiendo cajas y cajas de este alimento, se podían ganar algunos más dejando entrar a simpáticas familias y turistas varios a tus terrenos para que, durante un rato, se entretengan cargando su coche con una selección de frutas rojas y amarillas. Su propia selección. Utilizando su propia mano de obra.

El mecanismo no puede ser más sencillo. Tú vienes con tu coche, te dejo entrar a mi gigantesco huerto, te doy una bolsa de plástico con las asas más resistentes que vi jamás y durante el tiempo que quieras te puedes dar el gusto de llenarla dicha bolsa (de un tamaño más bien discreto) con todas las manzanas que te quepan. Lo de menos, queda claro, es llevarse a casa dos o tres kilos de fruta. Lo importante es completar la visita turística correspondiente recorriendo y reconociendo las diversas variedades de manzanas, convenientemente explicadas, con sus orígenes, su nombre científico y su gusto en paladar. Es así como uno aprende que hay vida manzanil más allá de la Golden, la Fuji y la Gala, y llevarse a la boca una variedad Cameo, Empire o HoneyCrisp. Aunque ninguna compita con la Mcintosh, que no es una marca de ordenadores solamente, sino también la más famosa de la variedad de manzana y orgullo del estado de Nueva York.

Así, cuando uno ha probado cuantos tipos de fruta carnosa ha tenido tiempo de engullir en lo que dura el recorrido (las manzanas dentro de tu estómago no cuentan); cuando se ha podido jugar al béisbol con piezas ya caídas en el suelo y bates de madera de manzano, por supuesto; cuando se ha montado a caballito del compañero para alcanzar esa pieza gigante de Red Delicious que no estás seguro que te vaya a caber en la ya repleta bolsa; y cuando se han agotado todos los chistes y poses fotográficos relacionados con Adan y Eva, con Newton y con Guillermo Tell, es momento de dejar el huerto, esconder alguna manzanita que ya no cabe en la bolsa bajo los asientos del coche, recargar fuerzas con la mejor sidra caliente de manzana que uno haya probado jamás, asombrarse con el tamaño que una calabaza puede llegar a alcanzar y empezar a preguntarse en qué hacer con los kilos de fruta que uno lleva para casa. Al menos, ante cualquier pregunta, absurda o no, que a uno le esté esperando, el célebre “Manzanas traigo” cobra ahora todo su sentido posible.

Ilustración de Jesús Escudero. En la web de Jesús puedes conocer más de su trabajo.