martes, 12 de noviembre de 2013

Locos por el disfraz

Ilustración de Jesús Escudero
Todo comenzó a principios del mes de octubre. De repente, una mañana cualquiera, docenas de tiendas situadas en céntricas avenidas comerciales de la ciudad amanecieron transformadas en amplios almacenes de disfraces y todo lo necesario para parecerse a otra cosa diferente a lo que uno es: pelucas de colores, dentaduras postizas luminosas, lencería íntima con mensajes apelativos, colas de dinosaurio, maquillaje fluorescente y bolsas de kilo de purpurina . En sus puertas, como reclamo, enormes réplicas de Superman, descomunales zombies mecánicos y sonoros e, incluso, actores disfrazados de lo más variado. En las últimas semanas, a mi paso por alguno de estos comercios, Drácula, Freddy Krueger o hasta el mismísimo Wally (sí, el de “¿Dónde está Wally?”) me han dado un folleto de su tienda al tiempo que me invitaba a entrar. "¿Ya tienes tu disfraz de Halloween, chico?". Había comenzado la locura por disfrazarse.

Las casas se transformaron, y pocos dejaron de colocar una enorme y anaranjada calabaza en la puerta de su hogar. No pocos fueron los que invirtieron en falsas telarañas para decorar puertas y ventanas. Algunos no dudaron en pegar la silueta de un fantasma con vinilo en la ventana de su residencia y hubo quien, incluso, decoró su jardín con un zombie de tamaño natural saliendo de las entrañas de la tierra. Los bares y restaurantes no se quedaron atrás, y durante semanas ha sido imposible encontrar un solo lugar que no sumara a la fantasmagórica celebración.

Un jardín cualquiera. Foto: Ángela Pons
Sin embargo, el día de Halloween de verdad, el 31 de octubre, el Día de los muertos mexicano, la fecha en la que los druidas celtas invocaban al maligno hace más de dos mil años, poco hacía recordar en Nueva York que esta es una noche “de brujas y espíritus”. Había disfraces de fantasmas, sí, pero los menos. Se encontraban máscaras de muertos de ultratumba, también, pero en su minoría. Lo que de verdad triunfa la última noche de octubre es la ropa interior y su exhibición nocturna. Con unos agradables 8 graditos de temperatura, cientos de miles de neoyorquinas salieron a la calle con no más de tres prendas de ropa, en total. Para ellos, la cosa estaba más repartida: superhéroes, centuriones romanos, personajes de videojuego o judíos ortodoxos, los del sombrero y los rizos colgando de la cabeza. Me pregunto qué opina una persona cuando se topa de frente con alguien disfrazado de lo que es su manera habitual de vestir.

¿Recuerdas la película Big de Tom Hanks?
Foto: Getty Images
Con desconocimiento de lo que iba a encontrarme,  la tarde del día 31, a la salida del metro más cercano a casa, asistí atónito y por casualidad al desfile del Village Halloween que cada año en esta fecha tiene lugar en el Greenwich Village de New York. Dos millones de personas subidas en carrozas, cuyo único requisito para participar es estar disfrazado de lo que sea, participan en la que es una de la mayores fiestas populares del país, el carnaval de otoño, la fiebre del disfraz.

Puede que Sandy, ese huracán que en otoño de 2012 sumió en el caos y la oscuridad a Nueva York y que, obviamente, dejó a la ciudad sin Halloween, haya hecho crecer las ganas con las que los habitantes de la Gran Manzana esperaban este año el Día de los Muertos. Quizá la única motivación sea disfrazarse de algo diferente, arrasar con las caducas tiendas de artificios y máscaras que, 24 horas más tarde, ya se habían reconvertido en comercios especializados en el Día de Acción de gracias, la siguiente gran celebración del país. Empieza la fiebre del regalo.

Nota: Estamos de estreno y de enhorabuena. Desde hoy, el ilustrador Jesús Escudero empieza a colaborar con De Madrid a Madrid. Podéis conocer su trabajo aquí