domingo, 11 de agosto de 2013

Un Galeón en Manhattan

Paseo en bicicleta por el excelente carril bici del Hudson River Park. A la altura de la calle cincuenta, mis ojos, ya acostumbrados, ni siquiera se levantan del asfalto para fijarse en el Intrepid, el mastodóntico portaaviones de la marina norteamericana que desde hace décadas hace las veces de museo flotante. Sin embargo, unos metros más abajo, de repente, intuyo lo que parece un mástil de un velero. Debajo del mismo adivino la figura de un barco de madera, pero no es un barco cualquiera: ¿una carabela? ¿una galera? ¿una carraca? ¡Atracado en el río Hudson!¡y con bandera española! Demasiado como para no ir a cotillear.

El Galeón (nombre y tipo de barco al mismo tiempo) llegó a Manhattan el domingo 28 de julio procedente de Florida, al sur de Estados Unidos. Antes de eso una ruta que casi completa la vuelta al mundo le llevó a atracar en Shangai, a volver por Sri Lanka, a cruzar el Canal de Suez y reencontrarse con el Mediterráneo para, unas semanas después, atreverse a cruzar el Atlántico de nuevo en una travesía de tres semanas con destino a Puerto Rico. Nos cuentan que su entrada en la Gran Manzana, donde un velero del siglo XVII puede compartir muelle con trasatlánticos noruegos destinados a cruceros de vacaciones y en cuya cubierta hay un parque de atracciones con montaña rusa de doble looping fue de todo menos discreta. Y ahora, y durante las tres semanas que estará atracado en un muelle del río Hudson, a algún newyorker y a no pocos españolitos les llamará la atención la presencia de esta imponente embarcación del siglo XVII de cincuenta metros de largo, velas de hasta cuatro toneladas de peso, bodegas reconvertidas en museos audiovisuales, zona noble para visitas ilustres y banderas castellano-leonesas (por aquello de su origen histórico) y andaluzas, “porque casi toda la tripulación es de Andalucía”.


Detrás de este revival histórico con sabor a piratas del Caribe, rutas de las especias y cargamentos de metales preciosos se encuentra la Fundación Nao Victoria. Creada hace años con el objetivo de emular a Magallanes y dar una nueva vuelta al mundo a bordo de una réplica del único barco que volvió de aquella gesta, allá por 1522. Tras la Nao Victoria llegó el Galeón, “el doble de grande, el doble de todo”, en la que unas 25 personas forman parte de una tripulación que, a tenor del único espacio donde duermen y sus espartanas condiciones de vida cuando están de travesía, deben de conocerse bien y de quererse aún más. Navegando allá donde los contratos comerciales lo ordenan, ora protagonista de un anuncio de ron, ora promocionando la península de Florida y el quingentésimo aniversario de su descubrimiento, quizá participando en los eventos conmemorativos de los dos siglos de La Pepa, el Galeón sigue su camino. Pero es aquí, con la perspectiva de los rascacielos del Midtown, con el portaaviones de escolta, con el zumbido de los helicópteros estropeando la siesta de algún grumete y con visitas de escolares provenientes del Bronx, donde quizá más contraste cause un impecable navío con aspecto de estar cargando oro y tabaco con destino la Casa de Indias de Sevilla. Cuatro siglos después, el Galeón, esta vez con un pequeño motor incorporado, se carga temporalmente de americanos curiosos, turistas asombrados y postales de la Estatua de la Libertad.


(Fotos cedidas por la Fundación Nao Victoria)