lunes, 11 de febrero de 2013

(Dis)Capacitados

Manejando el telar
con maestría

Una tarde de enero, un grupo de europeos formado por un belga flamenco (los belgas valones, francoparlantes, o no viajan o se ocultan con maestría), dos encantadoras suizas, una pareja de ingleses y un españolito llegan a la ciudad tanzana de Iringa, en el sur del país, después de dos días y medio recorriendo más de mil kilómetros entre la última ciudad del norte de Malaui, la ajetreada frontera con Tanzania y la agobiante población de Mbeya. A bordo de autobuses enormes, confortables, con asientos numerados (un auténtico shock después de meses de hacerse hueco a codazos en los medios de transportes) y poblado de vendedores a bordo que tratan de colocar sus productos cosméticos, estos seis mochileros eligen Iringa como ciudad de descanso temporal, y allí se topan con un lugar donde alojarse que, a priori, tiene aspecto de tienda de recuerdos y productos de artesanía. Un hombre con sobrepeso y vestido con una elegante camisa blanca baja corriendo las escaleras y, con grandes aspavientos pero sin decir una palabra, nos indica que subamos al piso de arriba. ¿Es aquí el hotel? No contesta. ¡Buscamos el hostel! Seguimos sin respuesta. Sólo en el piso superior, tras encontrar la recepción a la que nos ha dirigido el señor por medio de gestos, la simpática chica recepcionista nos da la bienvenida al Neema Craft Centre, una pequeña fábrica/taller/hotel/restaurante donde todos sus trabajadores son discapacitados físicos. Por ejemplo, sordomudos, como el caballero de la camisa blanca que nos ha mostrado el camino de la recepción.

Fabricación de papel reciclado
Iringa, una ciudad mediana enclavada en lo alto de una colina, con impresionantes vistas al valle que la rodea, no ofrece demasiadas opciones turísticas si lo comparamos con todo lo que Tanzania es capaz de proponer al turista. Sin embargo, esta ciudad de paso en el camino a Dodoma (posiblemente, la capital más fea del mundo) o a Dar es Salam (la ciudad más grande del país) merece una visita sólo por comprobar lo que es posible hacer en favor de los discapacitados en este Neema Craft Centre. La misma recepcionista, cuando sale de la pequeña oficina donde anota nuestros nombres, nos muestra nuestras habitaciones. Es entonces cuando comprobamos que anda con dificultad por una pronunciada cojera en una de sus piernas. Polio, en su niñez, habríamos de enterarnos más tarde. En el restaurante, donde sirven los mejores batidos de África del este, los camareros y cocineros son todos sordomudos, pero no importa, porque alguien ideó un sistema perfecto de comunicación entre clientes y servicio consistente en apuntar en unos papelitos el pedido, con letra clara y en mayúsculas, eso sí, ya que ese papelito habrá de llegar hasta el cocinero. La cajera, también sordomuda, nos cobra y nos ofrece un estandarte con un numerito que será el que el camarero, el mismo de la camisa blanca, buscará entre las mesas para hacernos llegar nuestro pedido. En el propio menú del restaurante y para facilitar las cosas nos encontramos con una introducción al lenguaje de signos, y es ahí donde aprendemos a decir “gracias”, “la comida está buena” y “por favor”, entre otras cosas. El silencio se contagia en el salón, al igual que la creencia de que el resto del personal que trabaja allí es sordomudo, y uno sonríe cuando se da cuenta de que intenta comunicar también con gestos con la recepcionista, que es coja, pero oye y habla perfectamente.

Cuidado al manejar el material de la serrería
El Neema Craft Centre nació hace ahora diez años gracias al esfuerzo de la Diócesis Anglicana de Iringa. No recuerdo si ya lo he comentado en alguna ocasión, pero casi todos los proyectos de cooperación en los que la Iglesia anda detrás funcionan, ya lo creo si funcionan. Se me antoja imprescindible realizar la visita guiada de los talleres, que ocupan toda la planta baja del edificio, excepto la pequeña tienda de la entrada donde se venden los productos. La visita empieza con el taller textil, donde una docena de personas manejan con brío el telar para fabricar fundas de cojines, sábanas, pequeñas alfombras o telas rasas con las que luego otros compañeros forrarán marcos de fotos, muñecas o llaveros. Todos ellos tienen alguna discapacidad motriz: perdieron una pierna, la enfermedad de la polio les provocó una cojera en su infancia o un accidente de tráfico les dejó paralíticos. En la sala contigua, el taller de artesanía, donde más de veinte personas, en su mayoría mujeres, trabajan en la confección de muñecas, libretas, cuadernos, llaveros, camisas, coloridos vestidos o tarjetas postales. Reina el silencio, roto por la cadencia de las máquinas de coser marca Singer que funcionan a golpe de pedal. El trabajo en cadena es evidente, pero en ningún caso tan claro como en aquellos productos hechos de papel reciclado. Al principio de esta cadena, uno de los trabajadores que más nos llama la atención: el encargado de fabricar el papel a partir de una masa grisácea y espesa de la que, tras colocarse en unos filtros rectangulares, repasarse con una espátula y dejarse secar unos minutos, se obtiene unas hojas brutas con las que otros compañeros prepararán sus tarjetas postales o los originales cuadernos. Un poco más allá, el taller de ebanistería, del que nacen llaveros de madera o bases para lámparas y velas. Y por último, lo más parecido a un taller de orfebrería, donde dos tanzanos preparan lámparas decoradas con cristales de colores extraídos de botellas de cerveza recicladas. El proceso, que observamos asombrados desde el principio, comienza rompiendo dicha botella, puliendo uno a uno los pedazos de cristal verde o marrón hasta que quedan redondeados y cociendo unas estructuras de barro en las que previamente se han incrustado los pedazos de cristal pulido. Pura artesanía que unas horas después encontraremos en la tienda de este centro donde más de doscientas personas de la ciudad de Iringa y alrededores han encontrado un trabajo y, tal y como dicen las numerosas historias personales que decoran las paredes del restaurante y la tienda, su propia dignidad.

Maputo. Fotograma de la película "De Corpo e alma"
Uno de los fines de semana que pasé en Maputo, la capital de Mozambique, me topé por casualidad con la proyección, patrocinada por el Centro Cultural Francés y la Embajada española, de la película-documental “De Corpo e Alma”. Este film mozambiqueño cuenta las tres historias personales de tres discapacitados físicos de Maputo: la de una chica sin piernas que se desplaza en silla de ruedas, la de otra joven madre sin brazo izquierdo y la de otro chico a la que también la polio le dejó sin movilidad en las piernas y se desplaza gateando. El documental, ampliamente premiado y ya exhibido en la mayoría de capitales europeas, muestra tal cual la vida de estas tres personas, desde su problemas por usar el transporte público hasta el rechazo que llegan a sufrir en un país como Mozambique. “Si ya es difícil de por sí subir a una chapa -cuenta la chica sin piernas- imaginad lo que es pedir al cobrador que me ayude a subir y luego pliegue mi silla y no me haga pagar por ella”. “En algunas tiendas no me dejan entrar, -comenta el chico que se mueve gateando- porque me dicen que eso puede ser contagioso”. Al final de la proyección, los tres protagonistas suben al escenario, comentan algunos detalles del rodaje y aceptan las preguntas del público. La joven madre, que en la película aparece embarazada, comentó, sonriente, como muchas veces ha escuchado “¿quién te pudo hacer un hijo, a ti, que no tienes brazo”, antes de pedir a su hijo, ya con tres años, que subiera al escenario a saludar.

Lo cierto es que en el África que yo he conocido no abundan los discapacitados, ni los ciegos, ni las sillas de ruedas, ni las personas con síndrome de Down. Aunque quizá sea más lógico pensar que yo nos lo he encontrado e intuyo que eso se debe a que no se muestran en exceso públicamente. Y es posible que no lo hagan porque no es un lugar fácil para ser discapacitado, para empujar una silla de ruedas por ciudades sin aceras o para guiarse golpeando en el suelo un bastón blanco. La única fisioterapeuta que trabaja en el Neema Craft Centre de Iringa, una alemana que empezó como voluntaria y que dentro de unas semanas tiene que regresar a Europa, nos cuenta lo difícil que es encontrar personal local (es decir, que conozca el idioma para poder comunicarse con los pacientes) capacitado. Y lo difícil que es lograr que los voluntarios médicos, fisios o masajistas que quieren pasar una temporada en Tanzania dispongan del tiempo suficiente como para aprender algo de suajili y llegar a conocer cada caso concreto antes de marchar de vuelta a su país. Sin embargo, este poco es mucho y después de visitar este extraordinario lugar, donde la no menos extraordinaria Alice Bancet había estado hace años, uno piensa que ha encontrado un lugar perfecto donde gastarse los primeros schillings tanzanos del viaje, ya sea en comida, alojamiento o postales fabricadas con papel reciclado para enviar a familia y amigos.

3 comentarios:

  1. ¡Me ha emocionado un montón leer este post! Gracias a ti, ahora sé todos los cambios que ha habido en el Centro.

    Y nada de "extraordinaria"!! Solo tuve la suerte de conocerlo y disfrutarlo. Y qué suerte de verdad que lo hayas conocido tú también!! Es increíble!!

    Sin duda, los que están detrás de estos proyectos, los principales protagonistas - los que participan y viven estos cambios - si que son personas extraordinarias.

    Y sin duda, una persona que consigue percibir, y describir con humanidad la magnitud de los desafíos que implican poner en marcha este tipo de proyectos para darlo a conocer a un público que no suele recibir este tipo de información está haciendo una gran labor :-)

    Asante sana Sergio por este post y por seguir difundiendo multitud de pequeñas victorias logradas en distintos lugares del continente.

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  2. Sin duda es la experiencia humana lo mejor que ye estas llevando de este increíble viaje.

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