lunes, 25 de febrero de 2013

El reino de los boda-boda


Fue el primer ministro británico, Winston Churchill, el que tras un viaje a Uganda cuando ésta era todavía parte del imperio británico bautizó a este país como “la perla de África”. Años después, ese sigue siendo el eslogan turístico para atraer visitantes de todo el mundo a este país con la mitad de extensión y la mitad de población que España. En la época del acertado comentario de Churchill, Kampala no era todavía la capital (privilegio que tomó de Entebbe, donde queda el aeropuerto internacional del país), ni la animada y caótica urbe que es hoy; puede que tampoco fuera una de las ciudades más seguras de todo África oriental, tal y como nos la hemos encontrado en nuestros días y, con toda seguridad, no sería el escenario en el que casi todo es posible en apenas cinco días, siempre que uno se deje llevar por los habitantes locales y, sobre todo, le eche el valor necesario para subirse a un boda-boda y cerrar los ojos.

Boda-bodas en su reino
Un boda-boda es una moto barata, de fabricación china, ruidosa y contaminante, pilotada por un conductor suicida que gana unos diez dólares diarios llevando a pasajeros en el asiento trasero de su motocicleta de un lugar a otro de la ciudad. Una moto-taxi, vaya. Su nombre proviene de que, al principio de su existencia, transportaban pasajeros de un frontera a otra del país (border-border). Hoy, los trayectos por Kampala, aunque no vayan a ninguna frontera, tardan casi lo mismo que si lo hicieran, y es que la ciudad parece vivir en una permanente hora punta y tiene el privilegio de contar con el tráfico más caótico que he podido conocer en seis meses de experiencia africana. Y eso que para el conductor de moto-taxi las normas de circulación son un ente teórico del que alguna vez oyó hablar a alguien, pero que jamás se ponen en práctica. Los semáforos no existen, las rotondas no implican necesariamente ceda el paso (de hecho, las motos cuadran el círculo en las mismas en función de la salida que necesiten tomar) y las aceras son un carril más por el que circular. Quizá porque no conocen las leyes, porque todos asumen que tienen preferencia, porque son los auténticos reyes de la ciudad, los boda-boda son la única alternativa real de transporte en la apasionante ciudad de Kampala. Es en boda-boda donde uno carga su macuto, su mochila de mano y el backpack de una de sus dos compañeras de viaje para llegar al hostel donde dormirá, mientras ellas dos asumen la carga del tercer macuto y suman los tres pasajeros que junto con el piloto, transportará la motocicleta. Lo más habitual, teniendo en cuenta que si se paga lo suficiente el conductor puede cargar con tres personas más además de él mismo.

Es en boda-boda como llegamos a la Mezquita Gaddafi, imponente, estilizada y visible desde casi toda la ciudad. Ante mi queja por los cinco dólares que nos piden por visitar este edificio religioso, la misma mujer que coloca los pañuelos en la cabeza a mis amigas me comenta con cierta nostalgia que antes, el coronel Gaddafi sufragaba los gastos de mantenimiento de la mezquita, además de haber sido el principal donante para su construcción, terminada en 2007, pero que “desde que ya no está”, se ven obligados a cobrar a los turistas que la visitamos. La entrada justifica su coste, en especial por la ascensión a su minarete desde el que las vistas de la ciudad son de las que no se olvidan. No deja de ser curioso que el nombre de la mezquita, el mismo que el de la avenida donde está situada, se mantenga, y al final uno llega a la conclusión de que, quizá, aquí no se han llegado a creer aquello tan occidental de convertir a las personas de ángeles a demonios según nos interesa.

Un horno de pan ugandés
Viajar con suizas tiene, entre otras muchas ventajas, que un día vieron en la televisión de su país un programa al estilo “me cambio de familia”, pero que bien podría titularse “me cambio de puesto de trabajo”. En él, dos panaderos suizos dejan atrás su lujoso horno occidental y viajan a Kampala durante una semana para intentar apañárselas con las condiciones de trabajo de una bakery ugandesa. Al mismo tiempo, William, panadero ugandés, se desplaza a la Suiza germánica para demostrar su valía usando la mejor tecnología al servicio de la panadería y repostería. Y, cómo no, las suizas querían conocer la panadería ugandesa y al protagonista de este reallity show helvético (¿es un consuelo que no seamos los únicos aficionados a la telebasura?). Es así como, tras treinta minutos de boda-boda, William se nos revela como uno personaje de leyenda, un artista en el noble arte de decorar tartas de cumpleaños y de boda, un empresario en potencia que ya sueña con levantar su propio negocio de repostería sustentado en el aerógrafo de decoración que le regalaron en Suiza y del que no dudamos que cumplirá su promesa de invitarnos a su boda, sin fecha todavía, y de cuya tarta nupcial él será el único responsable.

Delegación de la Unión Europea en Kampala
Kampala es una ciudad desestructurada y caótica, que con gusto y facilidad te arrastrará donde ella quiera, si tú te dejas llevar. Y es así como, una noche, sin saber muy bien los motivos, nos vimos durmiendo en la mansión del periodista más popular de Uganda. Allí me perdí durante horas en su impresionante biblioteca, caracterizada por su obsesivo interés por la política norteamericana, el genocidio de Ruanda y la Alemania nazi. Y fue allí donde comprendimos que también en Kampala, como en todas partes, hay ricos, y que no todo son barrios en los suburbios donde nuestros queridos anfitriones, por aquello de la solidaridad entre scouts, también nos quisieron presentar. Aquellos lugares donde un blanco solo no puede entrar, aquellas chabolas donde vive un familiar cuyo parentesco nunca llegamos a comprender, aquellas Iglesias Adventistas del Séptimo Día que acogen a huérfanos y que, años después, son presentadas con orgullo a sus amigos extranjeros por esos mismos huérfanos. Y, entre medias, todo lo que se quiera: una fugaz visita al casino, un paseo por el único museo del mundo en el que se mezclan los fósiles de rinocerontes con la colección de carteles olímpicos, una jam session en el teatro nacional donde aquel que quiera puede hacer sus primeros pinitos como estrella de la canción, adentrarse en el laberinto de la estación de autobuses o recordar un pasado laboral cercano al descubrir la bandera europea luciendo orgullosa en el mejor y más alto edificio de la ciudad.

¿Dónde está mi autobús?
Como medida de precaución que sólo sirve para calmar el miedo psicológico, que no el real, uno pronuncia como un cliché repetido aquello de “and go slow, my friend” al conductor del boda-boda que se dispone a coger. Pero a veces, sólo a veces, quizá cuando el tiempo se ha echado encima, cuando la noche parece indicar que no hay tanto tráfico o cuando dos cervezas hacen que el miedo se disipe, uno cambia el “y vete despacio, amigo mío” por un “quickly, I'm late”. Y es entonces cuando el piloto asume su rol de rey de la ciudad, respira hondo y transporta al pasajero al lugar deseado, eso sí, pero inventando un nuevo código de circulación en el camino y marcando un nuevo récord en lo que a aguantar la respiración se refiere.  

lunes, 18 de febrero de 2013

99%


Uganda, Ruanda y Burundi, esos tres países centroafricanos que uno repite de carrerilla como si de las tres repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) se tratara, son conocidos, genocidios (en el caso de Ruanda) y dictadores popularizados por la película “El último rey de Escocia” (en el caso ugandés) aparte, por albergar las mayores colonias de gorilas y chimpancés del mundo. O al menos, las más accesibles para el turismo. La República Democrática de Congo (DCR, antiguo Zaire) es también un conocido destino donde poder tener contacto cercano con estos primates, aunque su delicada situación política y la inseguridad de su territorio le colocan en clara desventaja frente a sus países vecinos: Ruanda, que aparentemente ha superado su histórico conflicto entre hutus y tutsies y que ha emergido como un país de rápido desarrollo, y sobre todo Uganda, cuyo crecimiento económico, su seguridad, su gente encantadora y sus buenas infraestructuras lo sitúan como uno de los mejores destinos turísticos del mundo. El número uno elaño pasado, que dice la Biblia Lonely Planet.

Quizá por eso, pensé en un primer momento, alguien en el gobierno ugandés decidió en su momento que el precio para visitar alguno de los dos parques nacionales en los que es posible entablar contacto cercano con los gorilas fuera de quinientos cincuenta dólares americanos, unos cuatrocientos euros, a precio de uno de enero de 2013. Probablemente a aquellos turistas que gastan sus vacaciones anuales en dos o tres semanas en Uganda no les escueza en exceso pagar dicha cantidad de dinero por una hora cerca de los gorilas, pero para viajeros de presupuesto ajustado y mochileros varios, quinientos cincuenta dólares se antoja una cantidad desorbitada. Pero hay alternativa económica, y ésta se llama chimpancé. Más pequeño, más ligero, más desconocido y con menos glamour que su primo el gorila, los chimpancés ofrecen, sin embargo, una experiencia más interactiva que los otros, más cercana, quizá hasta más divertida, a tenor de lo que aquellos que vieron a los gorilas nos contaron. Trescientos cincuenta dólares de diferencia entre uno y otro tienen la culpa de que mi experiencia con los primates en libertad del África Central sitúe al Pan Troglodytes o chimpancé común como protagonista de este post.

El lugar elegido es el bosque del Parque Nacional de Kibale, en el oeste del país, no muy lejos de la frontera con la República Democrática del Congo y cerca de las montañas más altas del país. No ha sido difícil conseguir reservar plaza para una de las dos visitas diarias con grupos de unas quince personas que se permiten a diario: al parecer un brote de ébola en el país que tuvo lugar a mediados del año pasado ha alejado a muchos posibles turistas, y las listas de espera que en otros momentos fueran hasta de meses han dejado paso a, como mucho, un par de días de antelación necesaria antes de disfrutar de lo que, para muchos, es su experiencia más memorable en este país africano. Con cierto retraso, una empleada del parque nos reúne a los turistas en una pequeña sala con escasos y mal ilustrados pósteres sobre los primates de la zona, y nos explica las normas a seguir: nos moveremos en pequeños grupos, en caso de avistar chimpancés el tiempo máximo de permanencia a su lado será de una hora, queda prohibido acercarse a menos de ocho metros de los simios, queda prohibido gesticular o imitar sus movimientos pues podría causarles confusión o comunicarles un mensaje inadecuado, obviamente queda prohibido alimentarles pero también comer en su presencia y queda prohibido el acceso al bosque a aquellas personas resfriadas, con gripe o con enfermedades respiratorias, puesto que estos primates pueden contraerlas y su sistema inmunológico no ser capaz de afrontarlas.

Momentos después, nuestro grupo, formado por cinco personas, se pone en camino y se adentra en el tupido y denso bosque. Nos acompaña un ranger, un guía que hace las veces de animador de la velada pero también de agente de seguridad. Ante nuestra pregunta de por qué camina acompañado de un fusil ruso AK-47, nos tranquiliza diciendo que es para asustar a los elefantes que podamos encontrar en el camino, y nunca para defendernos de posibles ataques de los chimpancés. Todo un consuelo. A cada momento el guía se comunica por radio con sus colegas de los otros dos grupos que han salido al mismo tiempo que nosotros. Cada grupo peina una zona diferente, empezando por aquellas en las que se ha encontrado alguna familia de chimpancés esa misma mañana. No somos los primeros en tener fortuna, así que unos cuarenta y cinco minutos más tarde de comenzar la caminata a través del bosque ecuatorial nos llega la confirmación de que uno de los otros grupos ya ha tenido suerte, y nos dirigimos hacia allí. Subidos a lo alto de los árboles de este húmedo lugar, en silencio, y buscando hojas y pequeños insectos en las copas, encontramos a cinco chimpancés, todos de la misma familia. Las primeras imágenes que vemos serán las de sus traseros, estéticamente más agraciados que las de los baboon o mandriles, y la primera interacción con ellos caerá del cielo, en el momento en el que nuestro guía nos avisa para que nos apartemos, pues una “ducha caliente” está cayendo desde la copa del árbol.

Aún tendrá que pasar una media hora antes de que, uno a uno, los cinco miembros de la familia se decidan a bajar del árbol para afrontar su camino a lo que será su casa esta noche: un nido de ramas y hojas secas que utilizarán en una sola ocasión y que es además una de las pistas de los guías para encontrarles en el bosque cada mañana. Cuando lo hacen, cuando bajan a la altura de nosotros los visitantes, es el momento de permanecer parado, de no acercarse pero tampoco realizar ningún movimiento brusco si el simio decide permanecer a nuestro lado, quizá buscando algún gesto de complicidad por nuestra parte, quizá curioso de ver una cara diferente cada mañana y cada tarde, quizá con ganas de jugar o de reírse de nuestra apariencia. El chimpancé, considerado como el pariente más cercano del ser humano, comparte, según algunos estudios, el 99,4% del ADN con nosotros. Hay quien clasifica al ser humano como “el tercer chimpancé” por su similitud con este animal y el chimpancé bonobo, otro de los cuatro grandes simios junto con el gorila y el orangután. Incluso hay quien pide que el chimpancé sea considerado“homo”, el grupo taxonómico en el que estamos clasificados los humanos. Sea como sea, hora y media cerca de estos animales es suficiente para captar su inteligencia y su asombroso parecido a nuestra especie. El chimpancé, o al menos aquel al que tuvimos la fortuna de seguir de cerca durante un buen espacio de tiempo, te observa, te imita y se ríe al tiempo que se golpea la cabeza como diciendo “qué tipo tan tonto tengo delante”. La manera en la que mueve los ojos y las manos, su forma de gesticular, la cadencia de sus movimientos o el uso de herramientas es claramente humano, aunque quizá sea su risa, provocada por un motivo que sólo él conoce, lo que más impresione una vez se le tiene delante.

Nuestro chimpancé se deja acompañar al menos tres cuartos de hora, antes de desaparecer en el fondo del bosque donde ya no hay caminos y nuestro guía no nos deja adentrarnos. Durante ese tiempo, se sube y se baja de varios árboles al tiempo que grita como si alguien le fuera a quitar la comida, aunque sus risas posteriores nos hacen pensar que tan sólo bromea. En ocasiones parece que le gusta que le fotografíen y que se siente cómodo con nuestra presencia. Los años que los cuidadores han estado conviviendo con estos primates se hacen notar, y cuando nuestro ranger nos explica el proceso de adaptación a los humanos que hay detrás es cuando empiezo a entender el por qué de los quinientos cincuenta dólares que cobran por la visita a los gorilas: durante años (tres en el caso de los gorilas, hasta siete con los chimpancés) varios biólogos, veterinarios y psicólogos animales han acudido, día a día, al encuentro con estas familias, comido la misma comida, repetido sus mismos gestos (lo que incluye golpearse el pecho con los puños en el caso de los gorilas) y respetado sus costumbres hasta que, pasado un largo periodo, estos animales aceptan la presencia relativamente cercana de los hombres, lo que permite que turistas como el que escriba pueda encontrarse con ellos en su hábitat natural. Y eso significa no sólo verles comer y copular, sino también pelearse, matarse, reconciliarse, emocionarse, reír y llorar. Como nosotros, humanos, los del 100%. Como la vida misma.  

miércoles, 13 de febrero de 2013

Esta noche...cruzamos el ecuador

Los mapas, imprescindibles, necesarios, esclarecedores, no mienten (al contrario que muchas guías de viaje): el ecuador atraviesa Uganda a la altura del lago Victoria, un poco más al norte que el archipiélago de las Islas Ssesen, unos kilómetros antes de llegar a Kampala, la capital ugandesa. Después de cruzar el oeste de Tanzania, menos turístico, más salvaje, menos desarrollado, a toda la velocidad que sus autobuses lo permitieron, llegamos a Mwanza, el puerto sur del lago Victoria, que pasa por ser el lago más grande del continente africano. En el camino, el recuerdo de una noche en Dodoma, espantosa capital tanzana donde, en el hotel, tuvimos que mentir en la distribución de los cuartos. El motivo es que la homosexualidad es delito en Tanzania y, por ende, está prohibido que dos hombres duerman juntos en la misma habitación si esta tiene una cama de matrimonio y no dos camas individuales. Avisados por el gerente del hotel, un belga y yo juramos que cada uno de nosotros dormiría con una de los dos suizas (por supuesto nuestras esposas) que nos acompañaban y así el personal del alojamiento, además de la previsible inspección nocturna de la policía, se quedaron más tranquilos.

Ferry Victoria, que cruza el lago del mismo nombre
Asesorados por los consejos de la Biblia de los viajeros y motivados por los relatos de otros mochileros que venían del norte, nos decidimos a tomar un barco mercante que, presumiblemente, acepta pasajeros a bordo para cubrir la ruta Rwanza-Kampala a través del lago Victoria, en un trayecto que dura unas quince horas y que parte y llega a sendos puertos de mercancías donde los controles de inmigración son menos estrictos, precisamente porque en teoría está prohibido el transporte de pasajeros. Tras encaminarnos al puerto, buscar el primer buque mercante que estuviera presto para salir ese día dirección Uganda, hablar con el capitán del barco, negociar el precio durante horas y sobornar al empleado de las aduanas para que nos sellara el pasaporte, regresamos al hotel a recoger nuestros macutos. Todo estaba listo para, esa noche, cruzar el ecuador a bordo de un enorme barco que transportaba sacos de harina y arroz y en el que, presumiblemente, algún marinero nos alquilaría su camarote para no pasar la noche al raso, bajo el cielo estrellado del lago Victoria. Pero a veces las cosas no fructifican por pequeños detalles: el policía del control de acceso al puerto de mercancías, que ningún problema había puesto para dejarnos pasar la primera vez, se negó en redondo a permitirnos el acceso cuando nos vio cargados de nuestras imponentes mochilas, alegando que estaba prohibido por ley que barcos de mercancías transportaran pasajeros, y menos aún muzungus (blancos, en suajili). Ni nuestras generosas ofertas ni la intervención del capitán del barco, que por otro lado habría de retrasar la salida de su mercante al menos cuatro horas más, consiguieron convencer al increíblemente legal señor policía.

¿Me abre la puerta, por favor?
La vía legal y ordenada de cruzar el lago Victoria en barco nos estaba esperando. Aquella misma noche, a bordo del ferry “Victoria” y alojándonos en camarotes de seis literas cada uno en los que, gracias a la promesa que hice al vendedor de los tickets de que la más rubia de las suizas vendría a verle dentro de unas semanas, nadie más que nosotros dormía, cruzamos el segundo lago más grande del mundo para llegar, a la mañana siguiente, a una pequeña ciudad cerca de la frontera, próxima al ecuador, pero, desgraciadamente, todavía en el hemisferio sur y aún en Tanzania. Aquella noche, en el barco, habríamos de recordar la escena de la película Titanic en la que las puertas que comunican primera y segunda clase con las zonas donde viajan el resto de pasajeros se blquean con cadenas y candados y condenan a la muerte a cientos de pobres viajeros. En un momento dado, las puertas también se candaron, cerrando el acceso a la mitad del barco donde estaba nuestro camarote, y durante la más de una hora en la que el personal del barco inspeccionó los billetes de los pasajeros más humildes en busca de algún polizón, no pudimos más que esperar, deseando que un accidente no tuviera lugar en ese momento, pues el paso a los botes salvavidas estaba cortado para nosotros.

Ssesen Islands
En Uganda, y como terapia previa al choque cultural que siempre supone entrar en un nuevo país, conseguir dinero, acceder a una nueva tarjeta SIM para el teléfono móvil y entender las costumbres locales, empezando por los medios de transporte, decidimos empezar por las desconocidas, aisladas y peculiares Ssesen Islands, un archipiélago de ochenta y cuatro islas en la orilla noroeste del lago Victoria. En este particular lugar, llamado así por el brote de enfermedad del sueño provocado por la picadura de la mosca TseTse que tuvo lugar el siglo pasado, y en cuyas aguas la bilarzia campa a sus anchas (a pesar de que presumiblemente ya la traía de Malaui, esta vez opté por no bañarme en sus playas), no hay mucho que hacer más allá de recorrer las carreteras polvorientas subiendo y bajando sus colinas desde donde las vistas panorámicas del lago, del resto de las islas y de la Uganda continental son de las que no se olvidan. ¿Y cómo recorrerlas? Sólo es posible en boda-boda, esto es, una motocicleta vieja y gastada, normalmente de barata fabricación china, conducida por pilotos suicidas abrigados hasta el cuello, a pesar de los 35º de temperatura, y en la que dos y a veces hasta tres personas pueden acompañan al conductor por un módico precio. Días después, los boda-boda se habrían de convertir en nuestro modo habitual de desplazamiento, olvidando la mayoría de las veces el pequeño riesgo que ello suponía.

Ahora sí, el paso del ecuador
Finalmente, unos días después de lo previsto, a bordo de otro imponente ferry que comunica la mayor de las islas Ssesen (isla Buggala) con la costa sur de Uganda, cruzaríamos el ecuador. Los motores del ferry disminuyen ligeramente la potencia por aquello del cambio en el sentido de las fuerzas, efecto Coriolis lo llaman y, de repente, uno se encuentra en el hemisferio norte, aquel que cree que es el suyo, dejando atrás más de cinco meses de agua licuándose en el sentido contrario a las agujas del reloj. Durante unas semanas, la luna habría de volver a ser mentirosa, formando una C de “creciente” cuando está en cuarto menguante y una D de “decreciente” cuando se encuentra en cuarto creciente, después de ciento cincuenta días habiéndola visto decir la verdad. Para aquellos más entendidos que yo en la contemplación nocturna del firmamento, el hemisferio norte habría de ofrecer una nueva estrella, la polar, que podría ser la equivalente, aunque no exactamente, a la Cruz del Sur.

Sea en el hemisferio que sea, el espectáculo nocturno que el cielo de África ofrece se mantiene inmutable y la ausencia de polución, de contaminación lumínica y los entornos abiertos en los que he tenido la suerte de dormir la mayoría de las noches consiguen que las horas vuelen contemplando el grandioso cielo estrellado africano.

lunes, 11 de febrero de 2013

(Dis)Capacitados

Manejando el telar
con maestría

Una tarde de enero, un grupo de europeos formado por un belga flamenco (los belgas valones, francoparlantes, o no viajan o se ocultan con maestría), dos encantadoras suizas, una pareja de ingleses y un españolito llegan a la ciudad tanzana de Iringa, en el sur del país, después de dos días y medio recorriendo más de mil kilómetros entre la última ciudad del norte de Malaui, la ajetreada frontera con Tanzania y la agobiante población de Mbeya. A bordo de autobuses enormes, confortables, con asientos numerados (un auténtico shock después de meses de hacerse hueco a codazos en los medios de transportes) y poblado de vendedores a bordo que tratan de colocar sus productos cosméticos, estos seis mochileros eligen Iringa como ciudad de descanso temporal, y allí se topan con un lugar donde alojarse que, a priori, tiene aspecto de tienda de recuerdos y productos de artesanía. Un hombre con sobrepeso y vestido con una elegante camisa blanca baja corriendo las escaleras y, con grandes aspavientos pero sin decir una palabra, nos indica que subamos al piso de arriba. ¿Es aquí el hotel? No contesta. ¡Buscamos el hostel! Seguimos sin respuesta. Sólo en el piso superior, tras encontrar la recepción a la que nos ha dirigido el señor por medio de gestos, la simpática chica recepcionista nos da la bienvenida al Neema Craft Centre, una pequeña fábrica/taller/hotel/restaurante donde todos sus trabajadores son discapacitados físicos. Por ejemplo, sordomudos, como el caballero de la camisa blanca que nos ha mostrado el camino de la recepción.

Fabricación de papel reciclado
Iringa, una ciudad mediana enclavada en lo alto de una colina, con impresionantes vistas al valle que la rodea, no ofrece demasiadas opciones turísticas si lo comparamos con todo lo que Tanzania es capaz de proponer al turista. Sin embargo, esta ciudad de paso en el camino a Dodoma (posiblemente, la capital más fea del mundo) o a Dar es Salam (la ciudad más grande del país) merece una visita sólo por comprobar lo que es posible hacer en favor de los discapacitados en este Neema Craft Centre. La misma recepcionista, cuando sale de la pequeña oficina donde anota nuestros nombres, nos muestra nuestras habitaciones. Es entonces cuando comprobamos que anda con dificultad por una pronunciada cojera en una de sus piernas. Polio, en su niñez, habríamos de enterarnos más tarde. En el restaurante, donde sirven los mejores batidos de África del este, los camareros y cocineros son todos sordomudos, pero no importa, porque alguien ideó un sistema perfecto de comunicación entre clientes y servicio consistente en apuntar en unos papelitos el pedido, con letra clara y en mayúsculas, eso sí, ya que ese papelito habrá de llegar hasta el cocinero. La cajera, también sordomuda, nos cobra y nos ofrece un estandarte con un numerito que será el que el camarero, el mismo de la camisa blanca, buscará entre las mesas para hacernos llegar nuestro pedido. En el propio menú del restaurante y para facilitar las cosas nos encontramos con una introducción al lenguaje de signos, y es ahí donde aprendemos a decir “gracias”, “la comida está buena” y “por favor”, entre otras cosas. El silencio se contagia en el salón, al igual que la creencia de que el resto del personal que trabaja allí es sordomudo, y uno sonríe cuando se da cuenta de que intenta comunicar también con gestos con la recepcionista, que es coja, pero oye y habla perfectamente.

Cuidado al manejar el material de la serrería
El Neema Craft Centre nació hace ahora diez años gracias al esfuerzo de la Diócesis Anglicana de Iringa. No recuerdo si ya lo he comentado en alguna ocasión, pero casi todos los proyectos de cooperación en los que la Iglesia anda detrás funcionan, ya lo creo si funcionan. Se me antoja imprescindible realizar la visita guiada de los talleres, que ocupan toda la planta baja del edificio, excepto la pequeña tienda de la entrada donde se venden los productos. La visita empieza con el taller textil, donde una docena de personas manejan con brío el telar para fabricar fundas de cojines, sábanas, pequeñas alfombras o telas rasas con las que luego otros compañeros forrarán marcos de fotos, muñecas o llaveros. Todos ellos tienen alguna discapacidad motriz: perdieron una pierna, la enfermedad de la polio les provocó una cojera en su infancia o un accidente de tráfico les dejó paralíticos. En la sala contigua, el taller de artesanía, donde más de veinte personas, en su mayoría mujeres, trabajan en la confección de muñecas, libretas, cuadernos, llaveros, camisas, coloridos vestidos o tarjetas postales. Reina el silencio, roto por la cadencia de las máquinas de coser marca Singer que funcionan a golpe de pedal. El trabajo en cadena es evidente, pero en ningún caso tan claro como en aquellos productos hechos de papel reciclado. Al principio de esta cadena, uno de los trabajadores que más nos llama la atención: el encargado de fabricar el papel a partir de una masa grisácea y espesa de la que, tras colocarse en unos filtros rectangulares, repasarse con una espátula y dejarse secar unos minutos, se obtiene unas hojas brutas con las que otros compañeros prepararán sus tarjetas postales o los originales cuadernos. Un poco más allá, el taller de ebanistería, del que nacen llaveros de madera o bases para lámparas y velas. Y por último, lo más parecido a un taller de orfebrería, donde dos tanzanos preparan lámparas decoradas con cristales de colores extraídos de botellas de cerveza recicladas. El proceso, que observamos asombrados desde el principio, comienza rompiendo dicha botella, puliendo uno a uno los pedazos de cristal verde o marrón hasta que quedan redondeados y cociendo unas estructuras de barro en las que previamente se han incrustado los pedazos de cristal pulido. Pura artesanía que unas horas después encontraremos en la tienda de este centro donde más de doscientas personas de la ciudad de Iringa y alrededores han encontrado un trabajo y, tal y como dicen las numerosas historias personales que decoran las paredes del restaurante y la tienda, su propia dignidad.

Maputo. Fotograma de la película "De Corpo e alma"
Uno de los fines de semana que pasé en Maputo, la capital de Mozambique, me topé por casualidad con la proyección, patrocinada por el Centro Cultural Francés y la Embajada española, de la película-documental “De Corpo e Alma”. Este film mozambiqueño cuenta las tres historias personales de tres discapacitados físicos de Maputo: la de una chica sin piernas que se desplaza en silla de ruedas, la de otra joven madre sin brazo izquierdo y la de otro chico a la que también la polio le dejó sin movilidad en las piernas y se desplaza gateando. El documental, ampliamente premiado y ya exhibido en la mayoría de capitales europeas, muestra tal cual la vida de estas tres personas, desde su problemas por usar el transporte público hasta el rechazo que llegan a sufrir en un país como Mozambique. “Si ya es difícil de por sí subir a una chapa -cuenta la chica sin piernas- imaginad lo que es pedir al cobrador que me ayude a subir y luego pliegue mi silla y no me haga pagar por ella”. “En algunas tiendas no me dejan entrar, -comenta el chico que se mueve gateando- porque me dicen que eso puede ser contagioso”. Al final de la proyección, los tres protagonistas suben al escenario, comentan algunos detalles del rodaje y aceptan las preguntas del público. La joven madre, que en la película aparece embarazada, comentó, sonriente, como muchas veces ha escuchado “¿quién te pudo hacer un hijo, a ti, que no tienes brazo”, antes de pedir a su hijo, ya con tres años, que subiera al escenario a saludar.

Lo cierto es que en el África que yo he conocido no abundan los discapacitados, ni los ciegos, ni las sillas de ruedas, ni las personas con síndrome de Down. Aunque quizá sea más lógico pensar que yo nos lo he encontrado e intuyo que eso se debe a que no se muestran en exceso públicamente. Y es posible que no lo hagan porque no es un lugar fácil para ser discapacitado, para empujar una silla de ruedas por ciudades sin aceras o para guiarse golpeando en el suelo un bastón blanco. La única fisioterapeuta que trabaja en el Neema Craft Centre de Iringa, una alemana que empezó como voluntaria y que dentro de unas semanas tiene que regresar a Europa, nos cuenta lo difícil que es encontrar personal local (es decir, que conozca el idioma para poder comunicarse con los pacientes) capacitado. Y lo difícil que es lograr que los voluntarios médicos, fisios o masajistas que quieren pasar una temporada en Tanzania dispongan del tiempo suficiente como para aprender algo de suajili y llegar a conocer cada caso concreto antes de marchar de vuelta a su país. Sin embargo, este poco es mucho y después de visitar este extraordinario lugar, donde la no menos extraordinaria Alice Bancet había estado hace años, uno piensa que ha encontrado un lugar perfecto donde gastarse los primeros schillings tanzanos del viaje, ya sea en comida, alojamiento o postales fabricadas con papel reciclado para enviar a familia y amigos.

viernes, 1 de febrero de 2013

La Misión


Cuando, en 1873, el escocés David Livingstone, el mismo de las cataratas Victoria, murió en la actual Zambia en su búsqueda del nacimiento del Nilo, muchos de sus seguidores, admiradores y religiosos varios optaron por seguir los pasos del Doctor y poner rumbo a África para continuar con el proceso de evangelización de los pobres negros indígenas. La Iglesia Libre de Escocia empezó su trabajo en Cape Maclear, a la orilla sur del lago Malaui, pero la hembra del mosquito anopheles y su consiguiente malaria debió de causar estragos entre los misioneros que, después de tantear un par de nuevas ubicaciones, encontraron en 1894, en la altiplanicie norte del actual Malaui, un lugar ideal donde fundar su misión, a la que llamaron Livingstonia. Hoy, más de ciento diez años después, la ciudad se presenta como un surrealista oasis occidental en lo alto de una montaña a la que se accede tras recorrer quince kilómetros a lo largo de un camino increíblemente pedregoso, serpenteante y embarrado que tan solo coches 4x4 y camiones pueden afrontar. Quizá la ausencia de paludismo sea la única explicación posible a por qué un grupo de misioneros británicos, dirigidos por el Dr. Robert Laws, decidieron fundar en este remoto e inaccesible lugar un centro de evangelización para la comunidad negra de esta orilla del lago Niasa, tal y como lo nombró el propio Livingstone.

Pasear por Livingstonia es retroceder un siglo atrás y, con vistas a achatadas montañas a un lado y al lago Malaui al otro, encontrarse con una ciudad occidental de calles sin asfaltar donde no faltan la iglesia decimonónica, la Universidad, la torre del reloj, la primera casa del Doctor Laws mantenida en su estado original o el enorme y muy bien conservado hospital, que en su tiempo fuera el más grande de África. En su museo/albergue/restaurante, donde la cúpula actual de la misión estaba celebrando un almuerzo-reunión, el tiempo parece haberse detenido y uno tiene la sensación de que, si no el propio Livingstone, alguno de sus fervientes seguidores va a aparecer de un momento a otro explicando los motivos por los que el cristianismo es la mejor religión y los locales deben abandonar sus creencias ancestrales para abrazar la fe verdadera. En la Iglesia, la gigante y preciosa vidriera de la entrada muestra al propio Livingstone, con su famoso sextante (se le reconocen sus méritos también como astrónomo), rodeado de indígenas y con el lago de fondo, en pleno proceso de evangelización. 

Para algunos, aquellos no tan interesados en la Historia, la visita a Livingstonia y sus alrededores merece más la pena por el entorno y las vistas que por la propia ciudad. Y es que el más conocido de los lugares donde alojarse, el Mushroom Farm Hostel, se ha ganado con razón la fama de ser uno de los mejores alojamientos de este rincón del continente: casitas abiertas desde las que contemplar el frondoso bosque desde la cama, baños ecológicos con duchas calentadas por energía solar y rematadas con bolas de discoteca para quitarse el barro de los pies rodeado de lucecitas de colores y todo ello a precio de mochilero, ambiente de viajero económico y comida monótona pero casera y sobre todo, barata. Algunos se quedan aquí semanas, pero no se sabe bien si es por el encantamiento de las vistas del lago con las montañas de Tanzania al fondo o por la pereza de salir a la carretera principal y enfrentarse al reto de parar algún camión que, en su camino de vuelta a la civilización, se preste a dejarle subir a uno en su remolque y, sobre sacos de harina, adoquines o paja, según sea la suerte, le acerquen a la carretera principal donde proseguir camino.

El innegable ambiente religioso de Livingstonia trae a la memoria muchas de las experiencias relacionadas con lo espiritual vividas en África en los últimos cinco meses. El “hecho religioso” es omnipresente en África, es indisociable de sus gentes y su sociedad, de la mayoría de los actos cotidianos, ya sea un viaje en autobús o una breve conversación con un desconocido. Por lo visto, los misioneros cristianos europeos como aquellos que fundaron Livingstonia hicieron un buen trabajo, pues parece difícil encontrar un africano del sur que no abrace alguna religión. Generalizando mucho, mucho, con el riesgo que eso conlleva, África se divide en dos grandes religiones: el cristianismo, predominante en el África negra (centro, este y sur) y el Islam, mayoritaria en el norte del continente. Y lo curioso es que ese cristianismo del sur de África tiene muchas manifestaciones diferentes. Las iglesias, que se suceden una tras otra en cualquier aldea que se precie, presentan las más variadas nomenclaturas, desde la Iglesia Universal del Reino de dios a la Iglesia Adventista del Séptimo día, pasando por la Iglesia de Cristo, la Iglesia Bautista de Dios, la del Evangelio de Cristo, la de la Salvación de los creyentes o la del Dios Vivo, sin olvidar a los Testigos de Jehová. Pero lo que de verdad abunda son los mensajes religiosos, las alusiones divinas, los recordatorios de Jesús y Dios en cualquier rincón del África subsahariana. No hay bus o minibús que se precie en el África negra que no tenga una alusión religiosa, o al fútbol (para algunos, otra religión): “Dios es el camino”, “Jesús te ama”, “Jesús me guía”, “El señor ordena, yo obedezco”, “Yo soy un siervo de Dios” o “Jesús es la única verdad” son algunos de los lemas que lucen los parabrisas de la mayoría de las chapas que he tomado en los últimos meses, si bien es verdad que algunas de ellas rezaban cosas tales como “Este conductor es seguidor del Liverpool” o “Siempre con el Chelsea”.

Durante mi primer fin de semana en África, en la sudafricana ciudad universitaria de Stellenbosh, un zimbabués de traje y corbata se acercó a mi por la noche y, mientras contemplábamos el fuego, me comenzó a contar el origen de su fe en Jesús, lo que significaba para él la creencia en el Señor y por qué el Cristianismo era la religión que yo tenía que seguir. Llegado el momento, quizá inquieto por mi falta de interés en su monólogo, me preguntó cuál era mi religión, y entonces recordé uno de los pasajes de Ébano, del inmortal Kapuscinsky:

Sin embargo, el meollo del asunto consiste en algo más profundo. Se trata, nada menos, que de la cuestión de la fuente y esencia del ser. La manera de pensar de los africanos, al menos de los que he conocido a lo largo de muchos años, se revela como profundamente religiosa. «Croyez-vous en Dieu, monsieur?» (¿Cree usted en Dios?). Siempre esperaba esa pregunta porque sabía que me la acabarían haciendo; me la habían hecho ya tantas veces... Y sabía que el que me la hacía, a partir de aquel momento me observaría con sumo cuidado, sin perderse ni el más leve gesto mío. Me daba perfecta cuenta de la importancia del momento y del sentido que éste entrañaba. También presentía que mi manera de responder sería decisiva para nuestras mutuas relaciones, en cualquier caso, para la actitud que mi interlocutor adoptaría hacia mí, eso seguro. Y cuando le contestaba «Oui, je crois en Dieu», veía qué gran alivio se dibujaba en su rostro, cómo se descargaba en su interior la tensión e inquietud que acompañaban la escena, cómo este hecho lo hermanaba conmigo y permitía romper la barrera del color de la piel, del estatus y de la edad”.


No fue esa mi respuesta, más bien todo lo contrario. Observé su contradicción, su asombro, su rechazo a continuar nuestra conversación frente a las brasas. Meses después, ya en un país del este de África, y tras visitar una mezquita, un local me hizo la misma pregunta. Ante mi misma respuesta, su reacción no fue de rechazo, sino de esperanza: “No te preocupes, aún tienes tiempo de creer”, me aseguró. Mensajes similares me llegan también por Facebook, esa red social que lo mismo sirve para ahorrarse el psicoanalista que para intentar seguir los pasos de los antiguos evangelizadores. No hay semana en la que alguno de mis nuevos amigos africanos no me metan sin preguntar en algún grupo de Facebook con nombres tan sugerentes como “God is the Lord”, “'Happy moments, PRAISE GOD. Difficult moments, SEEK GOD. Quiet moments, WORSHIP GOD. Painful moments, TRUST GOD. Every moment, THANK GOD” o “God loves you no matter what”. Por lo general es la misma gente, encantadora, que te enseña el pequeño altar que tiene en su infravivienda como su más preciado bien, unos instantes antes de pedirte que cojas de la mano al resto de la familia para empezar una oración. Como casi todo el mundo en África, y del mismo modo que los fundadores de la misión se los encontraron la primera vez, estos creyentes son pobres de solemnidad. Pero ricos de espíritu, pensarán algunos.