domingo, 6 de enero de 2013

El discreto encanto de la decadencia


Un puente de unos tres kilómetros de largo construidos por los portugueses en tiempo de la colonización, tan estrecho que sólo un vehículo puede circular por él al mismo tiempo, separa Ilha (isla) de Moçambique del resto del Mozambique continental. A lo largo de dicha estructura numerosos recodos, a los que, como al camino y a los atardeceres rojos, se acostumbra el conductor, permiten a los coches, chapas, camiones, ciclistas y motoristas hacerse a un lado y permitir el paso de quien se tenga enfrente. Dichosos los que avanzan en dirección a la isla a través de este puente que algunos consideramos debería ser totalmente destruido: eso la preservaría aún más de influencias externas y nos permitiría mantener el idilio. Uno se enamora de su aislamiento.

Ilha es el destino más apasionante de todo Mozambique, y quizá por eso tardé dos meses en encontrarlo. Un apasionante territorio de unos tres kilómetros y medio de largo y unos quinientos metros de ancho, declarado por la Unesco Patrimonio Mundial, y que encierra gran parte de la Historia de Mozambique (fue su capital durante tres siglos) pero también de la Historia del Índico, del comercio de esclavos, de las incursiones árabes, persas, turcas, indias, indonesias y chinas y de la colonización de África, que aquí tuvo a nuestros vecinos portugueses como protagonistas. El resultado es un encantador y decadente lugar del que uno no quiere marcharse nunca, donde cada rincón es más sorprendente que el anterior, donde uno no alcanza a entender (ni quiere) cómo llha sigue conservándose en tal estado de regresión permanente al pasado, de reminiscencias cubanas pero también lisboetas, de aparente destrucción masiva en la que la vida fluye. Uno se enamora de un lugar en el que parece que una amenaza nuclear acaba de expulsar a todos los habitantes de los edificios de ladrillo, pero en el que, sin embargo, cientos de niños salen a tu paso en cada rincón pidiendo una foto, queriendo acariciar tu piel blanca o tu cabello occidental, mientras uno se pregunta dónde estarán sus padres, si es que tienen.

La gran mayoría de los turistas, quizás atraídos por aquellos que presentan Ilha como el nuevo Zanzibar, se alojarán en la "ciudad de piedra", la mitad norte de la ínsula, en la que la gran mayoría de los edificios históricos se aparecen, siempre decadentes, al viajero. Desde el solitario y antiquísimo Fuerte de Sâo Sebastiâo, donde la alerta nuclear parece haber ido en serio, hasta el Palacio de Sâo Paulo, quizá el único edificio restaurado de toda la isla y antigua residencia del Gobernador portugués, aunque hoy sea sólo un museo redecorado con poco gusto y el lugar donde la mayoría de los turistas verán su cuerpo transpirar a niveles nunca antes conocidos. Justo enfrente de este, haciendo las veces de embarcadero del que nunca vi salir un barco, el pontâo o muelle se presenta como el lugar perfecto donde, directamente, tirarse al agua y sacudirse el sudor. Si la visita llega por la tarde, uno se enamora contemplando el reflejo del verdadero atardecer en las nubes que cada día se sitúan sobre el puente, o admirándose de la agresividad de una tormenta eléctrica en la lejanía, tormenta que nunca habría de llegar a Ilha, al menos en los días que paseé por ella.

En el extremo sureste de este increíble lugar, ocupando la mitad de la superficie de la isla, se amontonan las chabolas de la mayoría de sus habitantes y aquí uno descubre dónde estaban los padres de los niños que correteaban en la zona turística. Estamos en la ciudad de Macuti, un enjambre de callejones oscuros y sucios, superpoblado de gallinas, patos, pescadores que regresan a casa con sus capturas del día y niños, miles de niños asombrados de que los turistas decidan recorrer la parte pobre de Ilha. Los cementerios asiático, africano y cristiano se suceden uno tras otro en el delicioso paseo que transcurre bordeando esta punta sur de la isla, y más allá del crematorio hindú uno se topa, de repente, con una nueva visión del puente, desde el otro extremo y entonces se enamora de los tonos dorados de la puesta del sol sobre el Índico mientras docenas de niños se dan el último chapuzón del día antes de acudir a sus destartalados hogares semidestruídos y que uno no puede calificar como decadente porque para ello habrían de haber vivido, en otro momento, un tiempo mejor.



Casi en un punto intermedio de la isla, marcando el límite no escrito entre el barrio de Macuti y la ciudad de piedra, se encuentra el Hospital de Ilha, el edificio más grande de toda la ciudad. Una mirada a su imponente y, por supuesto, decadente fachada, no nos hace presuponer lo que habría de encontrarse en su interior: un paseo a plena luz del día por las tinieblas de la enfermedad, un encuentro cara a cara con aquellos que están más fuera que dentro de este mundo y cuyos cuidados, diría que en gran mayoría paliativos, se llevan a cabo por un par de enfermeros incapaces de asumir dicho volumen de trabajo. Algunas mujeres agonizan detrás de agujereadas telas mosquiteras en pabellones resquebrajados mientras sus hijos juegan con algún neumático usado en el patio central del hospital, esperando que sus madres o abuelas se recuperen de una malaria para la que quizá se haya acabado el tratamiento o de otra enfermedad no diagnosticada porque el médico, si es que hay alguno en el interior de esta mole construida a finales del siglo XIX, sencillamente carece de los recursos para ello. Uno no puede enamorarse de nada en el interior de este lugar moribundo, tétrico y sin embargo lleno de calma, aunque sí agradece una y mil veces gozar de la salud suficiente como para no tener que visitar este lugar más que como turista ocasional.

Cada minuto de paseo por Ilha es una sorpresa permanente, pero en ocasiones suceden acontecimientos realmente inesperados. Como que el número dos del Gobierno Federal de Suiza, desde ya el amigo Thomas, comparta mesa y mantel con este viajero los días de Nochebuena y Navidad, y su modestia y humildad le permitan, todavía, viajar en un anonimato difícil de imaginar en otros lares. Thomas apareció un día en Nampula, buscando un compañero para abaratar el viaje en taxi, y terminó intercambiando conmigo su lujosa tienda de campaña y su asombrosa red mosquitera a cambio de unos cuantos vuelos para recorrer Tanzania y un par de buenos consejos antes de embarcar a la isla de Ibo. O más sorpresas, como que Harry Potter, que así se autodenomina el joven dueño de un barco de pesca (también apodado como el conocido mago) reconvertido a uso turístico, nos llevara a comer a la humilde vivienda de uno de sus marineros después de habernos presentado las playas caribeñas de Cabaceira Pequena, enfrente de Ilha de Moçambique. Otros hechos, no menos inesperados y mucho más sorprendentes, tardarían en llegar algunos días tras la visita a Ilha, y sobre sus consecuencias uno es incapaz aún de escribir más de tres palabras seguidas.

Una mañana, enfurruñado como un niño y a regañadientes, bajo un sol empeñado en iluminar al máximo la pintura amarilla descascarillada de los decadentes edificios de la isla, se vuelvió a cruzar el estrecho puente colonial en dirección al continente y entonces uno recapacita sobre la idea de destruirlo por completo: mejor que cuando eso suceda estemos en el lado noreste, en el interior de la isla, recorriendo sus polvorientas calles de influencia alfacinha y enamorándonos de todo aquello que la isla, y lo que pasa dentro de ella, nos ofrece.  

2 comentarios:

  1. Con un relato así casi nos obligas a enamorarnos de esa isla en la distancia,sin conocerla siquiera.

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