jueves, 24 de enero de 2013

Un lugar donde perderse


La totalidad de los hostales que visité en Malaui durante mis primeros diez días de viaje por este país estaban literalmente forrados de unos enormes posters promocionales del Zulunkhuni River Lodge, un lugar de descanso en la orilla oeste del lago Malaui que presentaban como un paraíso natural, la quintaesencia del aislamiento, el perfecto lugar donde desconectar del mundo y la opción elegida por aquellos que querían desaparecer unos días durante su periplo africano. Ellos mismos se autodefinen en estos posters, y también en su página web, como “el lugar más remoto de Malaui” o “wherearewe?” (“¿Dónde estamos?”). “¡Qué exagerados!, pensé.

Atraídos por esta llamativa promoción del aislamiento, motivados por la pareja inglesa compañera de viaje cuya parte de su recorrido africano estaba destinado a un voluntariado en este lugar, y como paso intermedio a mi camino hacia el norte, decidimos analizar las opciones que existían para llegar a este lugar desde Nkhata Bay, que desde un primer momento parecieron escasas. La primera y última era un barco de pasajeros de línea regular que, dos veces por semana, sale de Nkhata Bay destino “algún lugar del norte, dependiendo de dónde vayan los últimos pasajeros” y que para en la aldea costera de Ruarwe. Alguna experiencia en transportes por África hemos acumulado para saber que hay que preguntar antes a algún occidental por las condiciones de un viaje así, y es por ello que mantuve este diálogo con un australiano dueño de un centro de buceo:

- ¿Cómo es el viaje en barco a Ruarwe? Nos han dicho que regular
- Es igual que una chapa (minibús) pero sobre el agua
- ¿Tienen chalecos salvavidas a bordo?
- ¿Acaso una chapa tiene cinturones de seguridad?
- ¿Han tenido algún accidente en los últimos años?
- Sólo uno, hace un año, pero no te preocupes: nadie de la tripulación sabe nadar así que van con cuidado y nunca se separan de la orilla del lago

La chapa sobre el agua
Con semejante información nos faltó tiempo para reservar nuestra plaza y, una mañana de domingo, a las nueve de la mañana, embarcar en lo que, efectivamente, se trataba de una chapa sin ruedas y sobre el agua, con todos los ingredientes indispensables que una chapa que se digne debe tener: su conductor (capitán en este caso) y su cobrador; sobresaturación de pasajeros y mercancías (el barquito llega a aldeas aisladas y remotas, cuya agua, refrescos, tabaco y parte de la comida es suministrada exclusivamente por este barco); infinitas paradas de carga y descarga; la ley no escrita de “siéntate donde puedas pero nunca sobre mi gallina viva” y música bien alta para que el personal no se apalanque. La travesía, que duró algo más de nueve horas para completar los sesenta kilómetros hasta nuestro destino, empezó con una lago relajado y plano, pero a medida que avanzaba la mañana nos empezó a acompañar primero la lluvia y el viento después. La lluvia, lateral, provocó que la mayoría de los pasajeros se colocara en un lateral del barco, lo que obviamente desequilibró nuestra nave y provocó que las olas, que venían de la misma dirección que la lluvia, golpearan la barca con tal fuerza que, al menos los occidentales que estábamos a bordo, seguramente por ignorancia, temiéramos por un posible volcado de nuestro querido medio de transporte. Nada de eso sucedió. Continuamos viaje, incluso cuando se hizo de noche y, sólo de vez en cuando para no gastar batería, un marinero encendía un farol de neón para ver si había alguna barca de pescadores en nuestro camino que pudiéramos llevarnos por delante. A la hora nunca prevista, porque nunca nadie fue capaz de decirnos cuántas horas tardaba nuestra travesía, llegamos al hostel donde habríamos de alojarnos durante los próximos días.

Dos días por semana, un barco se convierte en
la mayor atracción para estas aldeas
El Zulunkhuni Lodge es, de lejos, el lugar comercial más remoto y asilado en el que he dormido en África. Si bien es cierto que aquel lugar en la frontera entre Lesotho y Sudáfrica donde una familia me acogió en su casa de paja era quizá aún más remoto, aquello no se trataba de un hostel ni hotel ni nada que se le pareciera, mientras que este lugar recibe visitantes, clientes, huéspedes (si bien es cierto que no muchos) y cobra por ello. Su historia, como ellos mismos cuentan en su web, nace de un viaje que Charlie el inglés, su dueño, hizo por África hace más de diez años. Algo debió de ocurrir aquí en aquellas fechas para que decidiera quedarse y construir un par de casitas en la cascada del río Zulunkhuni, cerca de la aldea de Ruarwe, donde nada importante sucede, sucedió ni sucederá nunca. Ruarwe es una aldea de unos cien habitantes, la gran mayoría niños, en la orilla del lago Malaui, a la que sólo se puede acceder en barco. Ninguna carretera o camino suficientemente ancho para que un coche acceda llega hasta aquí, y la vía principal de Malawi norte-sur queda a unos veinticinco kilómetros que deben recorrerse a pie, en una caminata que se estima en dos días y medio y para la que es necesario cargar con toda la comida y agua necesaria. Después del barco que viene desde Nkhata Bay dos veces por semana, este trecking por la montaña es el segundo medio que los visitantes utilizan para llegar o salir desde aquí.

La playa vista desde el camino que
conduce al hostel
En Ruarwe no hay electricidad. Sólo el centro comunitario, creado y gestionado por una ONG inglesa que acepta voluntarios y cuya huella es bien visible en la aldea, cuenta con una toma de corriente no estable ni fiable cuya principal finalidad es cargar los teléfonos móviles de los lugareños. Este gesto, cobrado a cincuenta Kwacha (la moneda malauí, equivalente a unos veinticinco céntimos de euro), podría parecer ridículo en un lugar donde no hay cobertura de móvil, pero dos días más tarde descubrimos que sí hay un lugar donde darle un uso propio a nuestro teléfono: se trata del “mobile reception place”, un lugar en lo alto de una montaña cercana en cuya cumbre, a la que se accede tras cuarenta y cinco minutos de caminata, se obtiene una ínfima señal de red móvil suficiente para enviar y recibir mensajes pero, a duras penas, realizar una llamada. Eso sí, sólo de TMN, una de las compañías nacionales, y nunca de Vodacom, aquella que servidor portaba en su móvil. Sin teléfono, sin Internet, sin opción de comprar una tarjeta SIM para el móvil de diferente marca, sin manera de salir de aquel lugar de otra manera que no sea esperar el barco de linea con destino (de vuelta) a Nkhata Bay, uno se enfrenta, plácidamente, con absoluta tranquilidad, con el relax propio del que ha venido a África también a disfrutar de este tipo de experiencias, al más absoluto de los aislamientos. Tan grande que, para compensar, en otro lugar del planeta, esta calma se volverá histeria y nerviosismo, una preocupación tal que puede provocar, en casos extremos, que alguien decida llamar a la embajada de tu país preguntando si “han encontrado a algún Sergio por ahí”.

Machacar mandioca, una actividad cotidiana
Me resulta difícil volver a emplear el término paraíso de nuevo, pero Ruarwe lo merece. El lugar donde habité aquellos días está anclado en medio de una cascada natural que vierte su agua con elegancia sobre el lago, en medio de una bahía de aguas cristalinas que le permiten a uno imaginar que nada en la más limpia de las piscinas, rodeado de montañas de frondosos bosques y acompañado de caracoles de medio kilo de peso y ciempiés de treinta centímetros de longitud que nos permiten haber ocupado su hábitat. Un enorme peñón de unos quince metros de alto es el trampolín natural desde el que saltar a nuestra piscina privada de agua dulce. Al fondo, en el lugar opuesto a por donde se marcha el sol, unas montañas nos marcan el lugar donde el territorio de Tanzania comienza. Y un par de veces al día, por aquello de la estación húmeda en la que nos encontramos, una intensa tormenta renueva el agua del lago al mismo tiempo que agita sus aguas y conforma olas que rompen en la orilla de nuestro aislado lugar de residencia temporal.

Cae la noche. Una inglesa que cada mañana entra en nuestra habitación para practicar yoga recorre los pasillos empedrados del Zulunkhuni con un AtrapaSueños africanos y sin perder la sonrisa, pero sin hablar una palabra. Otro inglés, ante mi preocupación por no poder contactar con mi familia, me cuenta que a él le pasó una vez lo mismo en Japón, cuando fue detenido por un motivo que no se atreve a confesar y estuvo seis meses en prisión. Antes de servir la cena, que será la misma para todos y se tomará bajo la luz de unos candiles, una polilla empieza a revolotear alrededor de la llama, buscando un poco de luz. Poco a poco sus vuelos circulares se aproximan al centro del fuego y, por primera vez, roza con una de sus alas la llama y forma una pequeña nube de humo negro. Esto no la impide seguir sobrevolando el candil, ya no en círculos sino en pequeños saltos de un extremo a otro de la lámpara de aceite hasta que, me atrevería a decir que buscando su objetivo kamikaze, el fuego le prende un ala, su cuerpo se precipita sobre la llama y éste prende rápidamente Todos observamos en silencio la escena del suicidio de la mariposa, en silencio, hasta que yo pregunto cuántos animales son capaces de acabar con su propia vida. La pregunta queda en el aire, sin respuesta, pero sin prisa por encontrarla. Mañana no hay barco, no llegarán nuevos huéspedes, no hay nada que hacer. Podremos, por tanto, pensar en ello.

Nuestra vía de escape al norte
El aislamiento es perfecto cuando es voluntario. Pero todo tiene un límite. Un día, conscientes de que Ruarwe era capaz de sumirnos en un letargo peligroso, en una repetición cíclica de días exactamente iguales los unos a los otros, y sin resignarnos a esperar el siguiente barco para retroceder al lugar de origen, encontramos un pescador que, por un puñado de dólares, se presta a llevarnos cuarenta kilómetros al norte a bordo de su barca a motor. Allí, a cuatro horas de travesía, se encuentra el camino sin asfaltar más cercano que nos permitiría, dos taxis después, llegar a la carretera principal del país. La salvación. El salvoconducto. La vía de escape del penúltimo paraíso Una mañana de enero, con bruma sobre el mismo lago que surcamos, vimos alejarse la cascada, la piscina natural y el trampolín en el peñasco de aquel remoto lugar de Malaui donde perderse. Voluntariamente, claro.

domingo, 20 de enero de 2013

Mar de agua dulce

Cape Maclear
Lo llaman “el cálido corazón de África” o “África para principiantes” (algo que también escuché de Namibia, debe de ser un cliché muy recurrente), aunque tras tres semanas en este país estrecho y alargado, superpoblado y pobre, lo más apropiado que se puede decir de Malaui es que érase un país a un lago pegado, érase un lago superlativo, érase un lugar donde quedar cautivo, donde permanecer aislado. Malaui no se entiende sin su lago, el lago Malaui, el mismo que los mozambiqueños llaman lago Niassa y algunos occidentales lago Livingstone, en honor al explorador y sus seguidores que llegaron hasta aquí hace más de dos siglos. El lago, que ocupa la cuarta parte de la extensión de este país, da forma, configura, marca el carácter de sus habitantes y condiciona los transportes, la economía y su propia vida. Lo llaman lago, pero en realidad es un mar, un mar de agua dulce donde el agua se pierde en el infinito, donde las olas rompen con violencia en la orilla cual si retornáramos al Cantábrico, donde miles de especies marinas endémicas del lago brindan un espectáculo animal colosal bajo sus aguas y donde, por supuesto, los viajeros nos dejamos embelesar por sus atardeceres.

Quizá, "el atardecer" de los últimos cinco meses
Cuando uno se adentra en Malaui desde Mozambique no se aprecian grandes cambios. El paisaje cambia, es cierto, tornándose más montañoso e impactante ante la imponente visión del Monte Mulanje, pero uno se topa con los mismos minibuses atestados de personas (aquí llamados matolas, pero calcados a las chapas), idénticos controles policiales ávidos de propinas para permitir el paso y similares estaciones de autobús repletas de pícaros taxistas dispuestos a compensar un mal día con la caza de un turista. No es el mejor destino posible ese sur de Malaui, superpoblado y poco interesante, con Plantyre, la ciudad más importante del país, que no su capital, como paso obligado de todas las comunicaciones. Pero algunas cosas son diferentes: las casas que se adivinan desde la carretera ya no son palhotas, esas viviendas de paja y barro tan habituales en Mozambique, sino que, como si se tratara de un regalo, las paredes de las mismas estás cubiertas de un ladrillo rojo y resistente que me indica, quizá equivocadamente, que Malaui está un poco, sólo un poco, más lejos del agujero de la pobreza en el que se encuentra su vecino lusófono.

31 de diciembre. 23:59h
Malaui es un lugar de paso para los viajeros. El lugar donde se cruzan aquellos que vienen del norte, de Tanzania, con los que venimos del sur, ya sea de Sudáfrica, Zambia o Mozambique. Todo aquel mochilero que uno se encuentra en esta antigua colonia británica, donde el inglés sigue siendo idioma oficial junto con la extraña lengua chichewa, parece estar de paso aquí. Pero para muchos, entre los que me incluyo, la visita a Malawi, prevista inicialmente para unos pocos días, puede convertirse en un lapso de tiempo mucho más prolongado, a veces, incluso, un espacio de tiempo imposible de medir. La culpa de todo ello la tiene el lago, el lugar al que inevitablemente todos nos terminaremos acercando atraídos por el encanto de este mar de agua bebible alrededor del cual los malauíes organizan su existencia. Es el lago la fuente del agua para beber; el origen del líquido elemento para limpiar cuerpos, ropas y utensilios; el medio sobre el que transportarse y el lugar del que obtendrán la base de su alimentación: pescados de agua dulce, grandes y pequeños, para preparar fritos o adecuados para resecar al sol y así mantenerlos comestibles algo más de tiempo. Es, de hecho, el olor a pescado reseco una constante en cada rincón de este país, ya sea un autobús sobrecargado o una populosa calle de alguna ciudad costera; ya sea en el restaurante donde se pasa la Nochevieja o cualquier cruce de carreteras en el que hacer autoestop destino al próximo paso fronterizo.

Pescado seco a la venta en la carretera
De todos los lugares costeros de este país de habitantes sonrientes, amables y serviciales, dos destacan por encima de todos como los preferidos de los turistas: Cape Maclear y Nkhata Bay. El primero, fundado por el explorador Livingstone (¡en cuántos lugares anduvo este inglés!), es un delicioso enclave playero enfrente del cual dos islas aparecen como oasis abandonados y ajenos al alboroto a este lado de la costa. Fue allí donde por primera vez me impactó ver a los malauíes bañarse, con esponja y jabón, a la orilla del lago, mientras a su alrededor las mujeres recogen agua para cocinar y los niños limpian los platos sucios antes de darse el último chapuzón del día. Días más tarde, a bordo de un barco, habría de seguir sorprendiéndome ver cómo hombres y mujeres totalmente desnudos, embadurnados de espuma de jabón, limpiaban su cuerpo ante la indiferencia del resto de pasajeros del ferry, acostumbrados a dicha estampa. Cape Maclear puede ser un gran lugar para pasar la nochevieja, sobre todo si uno está acompañado de dos de los mejores ingleses conocidos hasta la fecha, pero no un lugar donde permanecer demasiado tiempo, sobre todo cuando uno aún tiene previsto viajar a Nkhata Bay, el segundo de los paraísos tropicales que Malaui ofrece a los mochileros. Nkhata Bay, un buen lugar para probar suerte con el buceo en agua dulce, un excelente enclave donde vaguear entre baño y baño y un interesante palco para corroborar que, finalmente, la temporada de lluvias llegó, y lo hizo acompañado de tormentas tales que las olas que rompen en la orilla parece propias del más violento de los océanos, y no de un lago dulce que, por mucho que ocupe la misma superficie que Suiza, no deja de sorprendernos con sus repentinos cambios de humor.

El día después de una tormenta tropical
Aquí, donde alguien se refirió a este blanco como “bwana” por primera vez en África, uno debe plantearse si temer a la esquistosomiasis o no, una enfermedad de la piel causada por un simpático gusanito habitante del lago que, en caso de contraerse, puede causar algunos problemas más o menos serios, normalmente a largo plazo. ¿Debemos entonces evitar el lago, leit motif de este país? Para algunos, la opción de medicarse a tiempo contra el parásito pesa más que el hecho de resistir a la tentación de bañarse en este imponente lago que no sólo da nombre a un país, sino que también le da su razón de ser.  


miércoles, 16 de enero de 2013

Los puertos del expolio


Claudia apura la quinta caipirinha en el momento en que la puesta del sol sobre la bahía de Nacala, vista desde la playa de Fernâo Veloso, alcanza su momento más hermoso. “No hay mucho más que hacer aquí, además de trabajar, así que aprovechamos los fines de semana para desconectar en este hotel y disfrutar lo que podamos”, me cuenta desde el Libélula, uno de los pocos lodges de la ciudad, gestionado por ingleses, con playa privada y reserva propia en la costa, lo que significa que nadie puede atracar sus barcos en la zona y ningún pescador soltar sus redes en estas aguas. Claudia es una más de los miles de extranjeros que han llegado en los últimos meses a Mozambique, expatriados bien pagados llegados de Estados Unidos, Brasil, Italia, Sudáfrica o China de la mano de multinacionales de sus respectivos países que tienen muy claro lo que se va a obtener de Mozambique: gas, petroleo, madera, carbón, dinero.

Hace poco se descubrió la tercera bolsa de gas más grande del mundo frente a las costas de Pemba, capital de la provincia de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique. Junto a toda bolsa de gas siempre se encuentra su correspondiente yacimiento de petroleo, aunque en este caso aún está pendiente encontrar y explotar dicho yacimiento. Un jugoso pastel que el gobierno de Mozambique es incapaz de gestionar y no ha dudado en vender por una cantidad de dinero desconocida a grandes y conocidas empresas extranjeras. Eni, la petrolera italiana, ha desembarcado en Pemba con toda su fuerza. En el aeropuerto de esta ciudad uno de los dos únicos mostradores de facturación es exclusivo para personal de Eni y desde hace meses los mejores hoteles y lodges de la zona están ya completamente reservados para sus directivos y trabajadores. Un sudafricano dueño del único camping de Pemba me confiesa que hace meses que no vive del camping (lo confirmo al constatar que soy el único cliente que duerme allí) sino de las cenas. “Se me ocurrió ofrecer un buffet occidental de calidad y cada noche cientos de personas vienen a cenar aquí”, me cuenta mientras me hace una visita guiada por la costa de la ciudad, donde cientos de chabolas se amontonan frente a la playa. “Todo esto será destruido dentro de tres meses. Cuarenta y cinco mil extranjeros desembarcarán en Pemba antes de marzo y esa gente necesita casas donde vivir”. ¿Y qué harán con la gente que vive aquí?, pregunto. No hay respuesta. Por un momento parece que a este boer nunca se le había pasado esta interrogante por la cabeza.

Durante navidades perdí la cuenta del número de sudafricanos que me crucé, bañándose en la piscina de algún buen hotel, cenando en algún decente restaurante de playa o tomando un café antes de embarcar en el avión destino Johannesburgo. Cuando una docena de ellos me hubo dado “Tete” como respuesta a mi pregunta de dónde vivían, dejé de preguntar a los compatriotas de Mandela por su lugar de residencia. Tete es la ciudad grande más cercana a las más importantes minas de carbón de Mozambique. También, muy cerca, varias reservas forestales proveen la mejor madera de la zona. Los bosques tropicales, donde la vida nace, crece y muere a una velocidad a la que un europeo no está acostumbrado, ofrecen más y mejor madera que en ningún otro lugar de la región y, por supuesto, esa madera no servirá para construir casas en Mozambique. Desde hace años, ingenieros sudafricanos y chinos trabajan en la construcción de un tren de mercancías que avanzará desde Tete, esa soporífera e insulsa ciudad del interior del país, hasta Nacala, donde dentro de poco grandes barcos mercantes llevarán árboles muertos y carbón, mucho carbón, a cualquier otra parte del planeta. Apuesto una cena a que el agua de las duchas de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 se calientan con carbón mozambiqueño.

¿Y por qué Nacala? Esta ciudad horrenda, sucia e insegura, cuyos dos únicos atractivos son su proximidad a Ilha de Moçambique y la playa de Fernando Veloso, tiene en su costa unas aguas lo suficientemente profundas como para que cualquier transatlántico, no importa el tamaño, pueda atracar en su puerto dispuesto a llenar sus bodegas de madera, gas o petroleo. Frente al puerto, aún en estudio arquitectónico, se erigirá su flamante nuevo aeropuerto, de construcción ya muy avanzada, y cuyas estructuras aún desnudas se vislumbran desde la misma carretera en la que un mototaxista me quiso dejar abandonado temoroso de los bandidos. Nacala y sus aguas profundas parecen haberle ganado a Pemba la batalla por la construcción del puerto del expolio, aunque no falta quien asegura que la cantidad de gas y petroleo que van a bombear es de tal magnitud que dará para construir dos puertos, uno en Pemba y otro en Nacala. Así se multiplicará por dos la capacidad de saquear Mozambique, esquilmar sus reservas naturales, agujerear sus bosques, explotar sus bolsas de gas y por supuesto destrozar la más maravillosa costa que haya visto el Índico con sus bonitas y modernas infraestructuras.

Mahiri, uno de los pocos mozambiqueños que encontré capaces de mantener una conversación sobre política con criterio y conocimiento, me cuenta que los contratos firmados por el gobierno de su país con las grandes multinacionales responsables del expolio son secretos “por cuestiones de seguridad nacional”. Nadie, excepto el propio gobierno, sabe la cantidad que este país recibe y recibirá en las próximas décadas por vender sus recursos. Este joven poeta, responsable de al menos tres blogs sobre literatura, periodismo y política, no se resigna al gobierno que sufre, a pesar de los colegas que ha visto pasar al otro lado. ¿Hay censura?, pregunto. “Es mucho más directo: vienen a ti, joven aspirante a revolucionario, te ofrecen un trabajo en la administración para toda la vida a cambio de renunciar a pensar y logran que nada cambie”, me cuenta con cierta tristeza aunque con orgullo de seguir siendo pobre pero libre.

La mañana de mi último día en Mozambique un coche tuneado que me recuerda a aquel de Starsky&Hutch nos acerca a una remota frontera con Malawi. En el camino a través de una carretera embarrada y en obras permanentes dejamos atrás una tras otra cientos de aldeas diminutas, compuestas por dos o tres casas de paja y barro, pobladas por niños semidesnudos que ven pasar los camiones sin haber perdido aún la mirada de sorpresa. Yo le pregunto a los dos ingleses que me acompañan si son capaces de imaginar una vida como esta para ellos mismos. Para esta gente no se trata de vivir, Sergio, -me dice Marc- es sólo una cuestión de sobrevivir. Mi último pensamiento en Mozambique, dos meses después de haber cruzado la frontera de Ponta D'ouro en el remoto sur, se dirige a esta gente para la que el carbón seguirá significando toda la vida aquello que calienta el agua para el té, y no el pingüe negocio de unos pocos compatriotas suyos.  

domingo, 6 de enero de 2013

El discreto encanto de la decadencia


Un puente de unos tres kilómetros de largo construidos por los portugueses en tiempo de la colonización, tan estrecho que sólo un vehículo puede circular por él al mismo tiempo, separa Ilha (isla) de Moçambique del resto del Mozambique continental. A lo largo de dicha estructura numerosos recodos, a los que, como al camino y a los atardeceres rojos, se acostumbra el conductor, permiten a los coches, chapas, camiones, ciclistas y motoristas hacerse a un lado y permitir el paso de quien se tenga enfrente. Dichosos los que avanzan en dirección a la isla a través de este puente que algunos consideramos debería ser totalmente destruido: eso la preservaría aún más de influencias externas y nos permitiría mantener el idilio. Uno se enamora de su aislamiento.

Ilha es el destino más apasionante de todo Mozambique, y quizá por eso tardé dos meses en encontrarlo. Un apasionante territorio de unos tres kilómetros y medio de largo y unos quinientos metros de ancho, declarado por la Unesco Patrimonio Mundial, y que encierra gran parte de la Historia de Mozambique (fue su capital durante tres siglos) pero también de la Historia del Índico, del comercio de esclavos, de las incursiones árabes, persas, turcas, indias, indonesias y chinas y de la colonización de África, que aquí tuvo a nuestros vecinos portugueses como protagonistas. El resultado es un encantador y decadente lugar del que uno no quiere marcharse nunca, donde cada rincón es más sorprendente que el anterior, donde uno no alcanza a entender (ni quiere) cómo llha sigue conservándose en tal estado de regresión permanente al pasado, de reminiscencias cubanas pero también lisboetas, de aparente destrucción masiva en la que la vida fluye. Uno se enamora de un lugar en el que parece que una amenaza nuclear acaba de expulsar a todos los habitantes de los edificios de ladrillo, pero en el que, sin embargo, cientos de niños salen a tu paso en cada rincón pidiendo una foto, queriendo acariciar tu piel blanca o tu cabello occidental, mientras uno se pregunta dónde estarán sus padres, si es que tienen.

La gran mayoría de los turistas, quizás atraídos por aquellos que presentan Ilha como el nuevo Zanzibar, se alojarán en la "ciudad de piedra", la mitad norte de la ínsula, en la que la gran mayoría de los edificios históricos se aparecen, siempre decadentes, al viajero. Desde el solitario y antiquísimo Fuerte de Sâo Sebastiâo, donde la alerta nuclear parece haber ido en serio, hasta el Palacio de Sâo Paulo, quizá el único edificio restaurado de toda la isla y antigua residencia del Gobernador portugués, aunque hoy sea sólo un museo redecorado con poco gusto y el lugar donde la mayoría de los turistas verán su cuerpo transpirar a niveles nunca antes conocidos. Justo enfrente de este, haciendo las veces de embarcadero del que nunca vi salir un barco, el pontâo o muelle se presenta como el lugar perfecto donde, directamente, tirarse al agua y sacudirse el sudor. Si la visita llega por la tarde, uno se enamora contemplando el reflejo del verdadero atardecer en las nubes que cada día se sitúan sobre el puente, o admirándose de la agresividad de una tormenta eléctrica en la lejanía, tormenta que nunca habría de llegar a Ilha, al menos en los días que paseé por ella.

En el extremo sureste de este increíble lugar, ocupando la mitad de la superficie de la isla, se amontonan las chabolas de la mayoría de sus habitantes y aquí uno descubre dónde estaban los padres de los niños que correteaban en la zona turística. Estamos en la ciudad de Macuti, un enjambre de callejones oscuros y sucios, superpoblado de gallinas, patos, pescadores que regresan a casa con sus capturas del día y niños, miles de niños asombrados de que los turistas decidan recorrer la parte pobre de Ilha. Los cementerios asiático, africano y cristiano se suceden uno tras otro en el delicioso paseo que transcurre bordeando esta punta sur de la isla, y más allá del crematorio hindú uno se topa, de repente, con una nueva visión del puente, desde el otro extremo y entonces se enamora de los tonos dorados de la puesta del sol sobre el Índico mientras docenas de niños se dan el último chapuzón del día antes de acudir a sus destartalados hogares semidestruídos y que uno no puede calificar como decadente porque para ello habrían de haber vivido, en otro momento, un tiempo mejor.



Casi en un punto intermedio de la isla, marcando el límite no escrito entre el barrio de Macuti y la ciudad de piedra, se encuentra el Hospital de Ilha, el edificio más grande de toda la ciudad. Una mirada a su imponente y, por supuesto, decadente fachada, no nos hace presuponer lo que habría de encontrarse en su interior: un paseo a plena luz del día por las tinieblas de la enfermedad, un encuentro cara a cara con aquellos que están más fuera que dentro de este mundo y cuyos cuidados, diría que en gran mayoría paliativos, se llevan a cabo por un par de enfermeros incapaces de asumir dicho volumen de trabajo. Algunas mujeres agonizan detrás de agujereadas telas mosquiteras en pabellones resquebrajados mientras sus hijos juegan con algún neumático usado en el patio central del hospital, esperando que sus madres o abuelas se recuperen de una malaria para la que quizá se haya acabado el tratamiento o de otra enfermedad no diagnosticada porque el médico, si es que hay alguno en el interior de esta mole construida a finales del siglo XIX, sencillamente carece de los recursos para ello. Uno no puede enamorarse de nada en el interior de este lugar moribundo, tétrico y sin embargo lleno de calma, aunque sí agradece una y mil veces gozar de la salud suficiente como para no tener que visitar este lugar más que como turista ocasional.

Cada minuto de paseo por Ilha es una sorpresa permanente, pero en ocasiones suceden acontecimientos realmente inesperados. Como que el número dos del Gobierno Federal de Suiza, desde ya el amigo Thomas, comparta mesa y mantel con este viajero los días de Nochebuena y Navidad, y su modestia y humildad le permitan, todavía, viajar en un anonimato difícil de imaginar en otros lares. Thomas apareció un día en Nampula, buscando un compañero para abaratar el viaje en taxi, y terminó intercambiando conmigo su lujosa tienda de campaña y su asombrosa red mosquitera a cambio de unos cuantos vuelos para recorrer Tanzania y un par de buenos consejos antes de embarcar a la isla de Ibo. O más sorpresas, como que Harry Potter, que así se autodenomina el joven dueño de un barco de pesca (también apodado como el conocido mago) reconvertido a uso turístico, nos llevara a comer a la humilde vivienda de uno de sus marineros después de habernos presentado las playas caribeñas de Cabaceira Pequena, enfrente de Ilha de Moçambique. Otros hechos, no menos inesperados y mucho más sorprendentes, tardarían en llegar algunos días tras la visita a Ilha, y sobre sus consecuencias uno es incapaz aún de escribir más de tres palabras seguidas.

Una mañana, enfurruñado como un niño y a regañadientes, bajo un sol empeñado en iluminar al máximo la pintura amarilla descascarillada de los decadentes edificios de la isla, se vuelvió a cruzar el estrecho puente colonial en dirección al continente y entonces uno recapacita sobre la idea de destruirlo por completo: mejor que cuando eso suceda estemos en el lado noreste, en el interior de la isla, recorriendo sus polvorientas calles de influencia alfacinha y enamorándonos de todo aquello que la isla, y lo que pasa dentro de ella, nos ofrece.