sábado, 28 de diciembre de 2013

Balance

Pasa el tiempo. Y las estaciones. Acaban las años. Reviven los resúmenes. Del dónde estaba yo hace ahora un año al cómo habré terminado yo aquí. Me pregunto cuándo volveré a hacer otro balance, si tendré que esperar a finales del 2014 para recapacitar sobre el hecho de que, hace un año por aquellas fechas, la falsa Navidad me dejaba tan indiferente como cuando la descelebré en Vietnam o me encontraba en China. Peor sin duda que aquella en la que una tableta de turrón alimentaba a un palentino y un valenciano en Budapest. No importó nunca que fuera Navidad, sino dónde lo fuera.

No volverás a ver la mirada triste del chico que observaba el infinito.

Pero el balance me lleva de Malawi a Manhattan. De un final de 2012 a la orilla del lago homónimo en la que ya sólo importaba la nueva vida en la ciudad más intensa del planeta a los últimos suspiros de 2013, cuando el destino te recuerda que aquí ordena él y que, aunque tú puedes poner toda tu buena intención, las cosas se harán como él mande. Y mandan las ausencias, las que hoy no vienen en ese avión que está aterrizando. Las que ya no me lo comparten todo, como fue antes del huracán. Seré bien breve: te he perdido y eso duele.

Desde hoy no temas nada, no hace falta ya, todo se fue con el huracán. Nada queda de las vueltas que el tiempo nos dio, todo se fue con el huracán.

Volveremos a hacer balance dentro de un año. Y entonces sabremos si las tormentas se convierten en huracanes que habrán de acelerar el ritmo cardiaco sin fecha de caducidad. Entonces conoceremos si la soledad es un lugar tan vacío sin ti. Puede, incluso, que descubramos de quién es pronombre ese ti. Si tengo que elegir, como pedía hace un año en las costas de Nkhata Bay, que el balance se haga desde otro lugar. Que pasado un periodo adecuado, antes del acomodamiento, después del conocimiento, tengamos el valor de tomar la puerta de salida y buscar otro suelo desde el que ponernos a recordar ¿dónde estaba yo el año pasado por estas fechas?

domingo, 22 de diciembre de 2013

La velada de los perdedores

¿Qué puede resultar del empeño musical de un conocido tecladista neoyorquino apasionado por el karaoke y una cantante de psicho-cabaret que se saben rodear de una treintena de cantantes locales con tanto talento como poca vergüenza? La respuesta es The Loser´s Lounge, un espectáculo sin complejos.

Quizá una de las más entretenidas jam session establecidas en Nueva York en la que, desde hace ya veinte años, el sonido electrónico de un teclado se rodea de un coro, que parece haber salido de Eurovision´73, y de una decente orquesta que permite que los autodenominados losers vayan pasando, uno a uno, a interpretar un solo tema del artista homenajeado de la velada. En esta ocasión, Harry Nilsson, un autor al que muchos recordamos tan solo por una par de temas presentes en la memoria colectiva: Without You, que automáticamente asociamos a Mariah Carey y un mágico verano del 93; y aquel Everybody's talkin' que cualquiera que haya visto Cowboy de Medianoche no podrá sacarse de la cabeza con facilidad.

Cuando uno asiste al Joe's Pub, un mítico club de conciertos neoyorquino, a disfrutar del Loser's Lounge, lo que anhela es ver ver en acción a los perdedores. Ellos no defraudan, y sin perder la sonrisa y en un estricto orden desfilan por el escenario para ofrecer al selecto público su mejor versión del tema elegido. Y es entonces cuando uno entiendo el sentido semántico del espectáculo: cowboys trasnochados, sinvergüenzas en calzoncillos, admiradores de Elvis, coristas setenteras, strippers punkies y gays aficionados al heavymetal se mezclan con solistas melosos eternamente enamorados. No faltan las cantantes más serias, si es que alguien puede considerarse serio en este show, como la sonriente belleza Katia Floreska, que deleitó al entregado público con una versión de Don't leave me.

Cuando, al final de la función, la mayoría de ellos vuelve a subir al escenario expresando su orgullo por pertenecer al selecto club de los perdedores, la sesión alcanza su clímax y uno desea que vuele el tiempo para, dentro de dos meses, comprobar qué nuevas versiones de qué reputado artista podrán ofrecer semejante elenco de juglares.

Detrás de todo, un genio tan premiado como humilde, está un veterano de la escena de Manhattan: Joe McGinty, que tras tocar con The Ramones y muchos otros grupos ideó en 1993 el peculiar concepto The Loser's Lounge. Su pasión por el karaoke, al que dedica todos sus martes en conLive Piano Karaoke en el Manhattan Inn, tiene también su espacio en esta catarsis bimensual de perdedores: algún espectador que haya decidido probar fortuna participando en un sorteo tendrá la oportunidad de romper el hielo tras el intermedio y demostrar sus dotes de cantante. Y de perdedor, porque, en ocasiones, poco o nada desentona el improvisado intérprete con el resto de desacomplejados artistas.
el espectáculo

Como todo en la vida es negociable, The Loser's Lounge puede estar en tu boda, en tu cumpleaños o en tu próxima fiesta de la oficina. Con karaoke, por supuesto. Y con felices perdedores.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Cubanos en Paris, cubanos en casa

Leonardo Granados, Steven Blier y Corinne Winters
Hubo una época, en el periodo de entreguerras, en la que decenas de músicos cubanos encontraron en París el lugar ideal para asentarse tras su exilio político. Los Alejo Carpentier, Eliseo Grenet o Miguel Matamoros, salidos de una decadente Habana presa de la dictadura de Machado, en la que los tiroteos en clubs nocturnos, muchos de ellos protagonizados por los propios músicos revolucionarios, eran tan comunes como el ron, encarnaban lo mejor de la música isleña del momento. Emigraron a Francia con poco más que su inspiración musical para formar parte, sin saberlo, de toda una corriente de artistas cubanos afincados en las Galias y de los que, desgraciadamente, poco se supo con el paso del tiempo.

Casi un siglo después, un erudito de la investigación musical y excelente pianista, Steven Blier, arrastrado por el influjo de la música cubana, la pasión por el descubrimiento de corrientes musicales olvidadas y con el eclecticismo que caracteriza a quien lleva décadas jugando con tendencias musicales alternativas, ofreció un único concierto en Nueva York en el que trasladó a los espectadores a lo que, algún día, debió ser la capital francesa tomada por los mejores artistas cubanos de la época. En dos horas de obra, pero con incalculables horas de trabajo previo, Blier presentó un espectáculo titulado “Cubans in Paris, Cubans at Home” de ópera, poesía y teatro cantado que es, de todo punto, inédito.

Jeffrey Picón abraza a la soprano Corinne Winters
Blier es un músico de la diáspora, de los desplazados, de los olvidados, de la música que raramente se escucha en ningún festival. Quizá por eso, hace 26 años, fundó el Festival de la Canción de Nueva York (New York Festival of Song, NYFOS) donde da cabida a todo aquello que no se podrá escuchar en otro lugar. Y en cada festival, Blier se reserva su propio espacio. Si hace unos años sorprendió a todos con una curiosa compilación de canciones en euskera, galleo, catalán y español, este año el entrañable Steve apostó por su querida música latina en un contexto tan particular como el del exilio cubano en Francia. “Es un curador de repertorios, el único que consigue alcanzar ese nivel con semejante mezcla de estilos. Quien consigue elevar el cuero del tambor a la belleza de la música clásica”, asegura Leonardo Granados, el percusionista venezolano que debuta con Blier en esta edición del Festival y que no oculta su pasión por trabajar a las órdenes de un “experto en cante popular”.

La soprano Corinne Winters, que repite con Blier y que puso voz al anterior disco de canciones en todos los idiomas oficiales de España, reconoce que los días que ensaya y actúa con su banda son “una liberación”, pues le hacen sentir más relajada y menos atada a la rigidez de la ópera. Junto a ella, el tenor Jeffrey Picón y el barítono Ricardo Herrera acompañan al pianista Michael Barret, en una interpretación que sorprende por su frescura y humor. ¿Quién se espera que dos cantantes en escena interpreten una eléctrico diálogo entre amigos que se quieren tanto como para exclamarse “Toi, c´est moi”? Una curiosa y variada composición para una banda tan efímera como la de una sola actuación, tan particular como la de rescatar las voces de los cubanos que chapurreaban el francés y que trasladaron a París sus pasiones

Bella cubana fuiste rayo de luz
Que en la negrura de mis noches
La inspiración tú me das.
Mi canción eres tú

sus credos

Por las calles de Regla lleva la comparsa
Juego santo de honor d´Ecorio Fó
Farola en alto, anilla de oro
Chancleta ligera, pañuelo de Bermejo

sus celos

Si no dijeras mentiras
Ni engañaran tus palabras
Yo por tu amor te daría
La vida entera y el alma

y sus lamentos

Esclava soy, negra nací
Negro es mi color
Y negra es mi suerte
Pobre de mi sufriendo voy
Este cruel dolor
Ay, hasta la muerte

El Merkin Concert Hall de Nueva York fue testigo de la inmensidad de Steven Blier. Su distrofia muscular puede que le obligue a desplazarse en silla de ruedas, pero no le impide tocar el piano de la manera en la que lo hace, pero sobre todo, dirigir el excelente elenco del que se rodea. Es un animal musical con más de 140 recitales a sus espaldas que afirma sin vacilar que va a seguir haciendo música hasta el fin de sus días. Transmite la calma de quien confía en sus creaciones, la felicidad del que se ha dedicado siempre a lo que más ha amado y la esperanza de que nada le impida poder seguir sentándose frente a un teclado. Este invierno, en Nueva York, para acompañar las letras hispano francesas de unos cubanos que alguna vez fueron el referente cultural de París. El año que viene, quizá una recopilación de lamentos sefardíes o una introducción a la música eslava de finales de siglo. Porque la voracidad melómana de Steven no tiene, todavía, límite.

Fotos cortesía del New York Festival of Songs

sábado, 14 de diciembre de 2013

Manzanas traigo

Antes de que el invierno y la navidad monopolizaran las conversaciones de los neoyorquinos, antes incluso de que Halloween instaurara la locura colectiva en las calles del Greenwich Village de Manhattan y antes incluso de que el frío polar y la nieve nos obligara a pasear por este salvaje lugar mostrando sólo nuestros ojos, hubo un tiempo en otoño en el que los americanos, y los nuevos americanos de adopción, entretuvimos nuestros domingos con una actividad que es ligeramente de esas de “sólo aquí”: ir a recoger manzanas.


Ilustración de Jesús Escudero
A poco más de una hora en coche de Nueva York uno encuentra docenas de “granjas de manzanas”, inmensos terrenos de cultivo de esta fruta pomácea en los que, algún día y hace años, alguien debió pensar que más allá de ganar unos dólares vendiendo cajas y cajas de este alimento, se podían ganar algunos más dejando entrar a simpáticas familias y turistas varios a tus terrenos para que, durante un rato, se entretengan cargando su coche con una selección de frutas rojas y amarillas. Su propia selección. Utilizando su propia mano de obra.

El mecanismo no puede ser más sencillo. Tú vienes con tu coche, te dejo entrar a mi gigantesco huerto, te doy una bolsa de plástico con las asas más resistentes que vi jamás y durante el tiempo que quieras te puedes dar el gusto de llenarla dicha bolsa (de un tamaño más bien discreto) con todas las manzanas que te quepan. Lo de menos, queda claro, es llevarse a casa dos o tres kilos de fruta. Lo importante es completar la visita turística correspondiente recorriendo y reconociendo las diversas variedades de manzanas, convenientemente explicadas, con sus orígenes, su nombre científico y su gusto en paladar. Es así como uno aprende que hay vida manzanil más allá de la Golden, la Fuji y la Gala, y llevarse a la boca una variedad Cameo, Empire o HoneyCrisp. Aunque ninguna compita con la Mcintosh, que no es una marca de ordenadores solamente, sino también la más famosa de la variedad de manzana y orgullo del estado de Nueva York.

Así, cuando uno ha probado cuantos tipos de fruta carnosa ha tenido tiempo de engullir en lo que dura el recorrido (las manzanas dentro de tu estómago no cuentan); cuando se ha podido jugar al béisbol con piezas ya caídas en el suelo y bates de madera de manzano, por supuesto; cuando se ha montado a caballito del compañero para alcanzar esa pieza gigante de Red Delicious que no estás seguro que te vaya a caber en la ya repleta bolsa; y cuando se han agotado todos los chistes y poses fotográficos relacionados con Adan y Eva, con Newton y con Guillermo Tell, es momento de dejar el huerto, esconder alguna manzanita que ya no cabe en la bolsa bajo los asientos del coche, recargar fuerzas con la mejor sidra caliente de manzana que uno haya probado jamás, asombrarse con el tamaño que una calabaza puede llegar a alcanzar y empezar a preguntarse en qué hacer con los kilos de fruta que uno lleva para casa. Al menos, ante cualquier pregunta, absurda o no, que a uno le esté esperando, el célebre “Manzanas traigo” cobra ahora todo su sentido posible.

Ilustración de Jesús Escudero. En la web de Jesús puedes conocer más de su trabajo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Locos por el disfraz

Ilustración de Jesús Escudero
Todo comenzó a principios del mes de octubre. De repente, una mañana cualquiera, docenas de tiendas situadas en céntricas avenidas comerciales de la ciudad amanecieron transformadas en amplios almacenes de disfraces y todo lo necesario para parecerse a otra cosa diferente a lo que uno es: pelucas de colores, dentaduras postizas luminosas, lencería íntima con mensajes apelativos, colas de dinosaurio, maquillaje fluorescente y bolsas de kilo de purpurina . En sus puertas, como reclamo, enormes réplicas de Superman, descomunales zombies mecánicos y sonoros e, incluso, actores disfrazados de lo más variado. En las últimas semanas, a mi paso por alguno de estos comercios, Drácula, Freddy Krueger o hasta el mismísimo Wally (sí, el de “¿Dónde está Wally?”) me han dado un folleto de su tienda al tiempo que me invitaba a entrar. "¿Ya tienes tu disfraz de Halloween, chico?". Había comenzado la locura por disfrazarse.

Las casas se transformaron, y pocos dejaron de colocar una enorme y anaranjada calabaza en la puerta de su hogar. No pocos fueron los que invirtieron en falsas telarañas para decorar puertas y ventanas. Algunos no dudaron en pegar la silueta de un fantasma con vinilo en la ventana de su residencia y hubo quien, incluso, decoró su jardín con un zombie de tamaño natural saliendo de las entrañas de la tierra. Los bares y restaurantes no se quedaron atrás, y durante semanas ha sido imposible encontrar un solo lugar que no sumara a la fantasmagórica celebración.

Un jardín cualquiera. Foto: Ángela Pons
Sin embargo, el día de Halloween de verdad, el 31 de octubre, el Día de los muertos mexicano, la fecha en la que los druidas celtas invocaban al maligno hace más de dos mil años, poco hacía recordar en Nueva York que esta es una noche “de brujas y espíritus”. Había disfraces de fantasmas, sí, pero los menos. Se encontraban máscaras de muertos de ultratumba, también, pero en su minoría. Lo que de verdad triunfa la última noche de octubre es la ropa interior y su exhibición nocturna. Con unos agradables 8 graditos de temperatura, cientos de miles de neoyorquinas salieron a la calle con no más de tres prendas de ropa, en total. Para ellos, la cosa estaba más repartida: superhéroes, centuriones romanos, personajes de videojuego o judíos ortodoxos, los del sombrero y los rizos colgando de la cabeza. Me pregunto qué opina una persona cuando se topa de frente con alguien disfrazado de lo que es su manera habitual de vestir.

¿Recuerdas la película Big de Tom Hanks?
Foto: Getty Images
Con desconocimiento de lo que iba a encontrarme,  la tarde del día 31, a la salida del metro más cercano a casa, asistí atónito y por casualidad al desfile del Village Halloween que cada año en esta fecha tiene lugar en el Greenwich Village de New York. Dos millones de personas subidas en carrozas, cuyo único requisito para participar es estar disfrazado de lo que sea, participan en la que es una de la mayores fiestas populares del país, el carnaval de otoño, la fiebre del disfraz.

Puede que Sandy, ese huracán que en otoño de 2012 sumió en el caos y la oscuridad a Nueva York y que, obviamente, dejó a la ciudad sin Halloween, haya hecho crecer las ganas con las que los habitantes de la Gran Manzana esperaban este año el Día de los Muertos. Quizá la única motivación sea disfrazarse de algo diferente, arrasar con las caducas tiendas de artificios y máscaras que, 24 horas más tarde, ya se habían reconvertido en comercios especializados en el Día de Acción de gracias, la siguiente gran celebración del país. Empieza la fiebre del regalo.

Nota: Estamos de estreno y de enhorabuena. Desde hoy, el ilustrador Jesús Escudero empieza a colaborar con De Madrid a Madrid. Podéis conocer su trabajo aquí 




miércoles, 23 de octubre de 2013

Nueva York ilustrado

Los acontecimientos nunca ocurren por separado. Resulta sencillo, si tienes la voluntad de encontrar relaciones, enlazar en tiempo y espacio sucesos que otros dejarían pasar de largo. Por eso, mientras el archiconocido y misterioso grafitero Banksy recorre temporalmente las calles de Nueva York dejando su huella de graffiti-denuncia por las calles de la Gran Manzana, otro artista de la ilustración se aparece en mi vida neoyorquina.


Jesús es un sevillano humilde y bienhumorado, curioso y observador. Más allá de todo lo que puedo compartir con él durante las pocas semanas que ha decidido dejarse caer por Nueva York, y haciendo caso omiso de mis consejos de que se quede unos meses más por este lugar en el que el frío ha decidido finalmente hacer acto de presencia, Jesús le regala a mis ojos algunas de las mejores y más originales impresiones del Nueva York ilustrado. O al menos las compuestas por las manos de otro españolito más, de los que vienen al mundo (neoyorquino) y al que, como decía el poeta, espero que le guarde dios.


Con ayuda divina o sin ella, el artista vuelve pronto a casa, y se lleva sus pequeñas obras de arte en la mochila. Quizá pronto encuentren nuevo dueño, porque el Nueva York ilustrado, el que han visto sus ojos y diseñado sus manos, también está en venta. Esas manos también se mueven al ritmo del rap, de su propio rap. Pero esa, amigo mío, esa es otra historia.




domingo, 13 de octubre de 2013

Drexler, a la carta

Sucede en raras ocasiones que uno, casi sin buscarlo, se encuentra en un auditorio muy especial, tan íntimo y recogido como el que ofrece una iglesia no adscrita a ninguna religión. Y sobre el escenario aparece Jorge Drexler, que te regala dos horas de concierto para ti y unos cuantos amigos más.

Drexler, ese uruguayo que desprende simpatía a raudales y que puede presumir de haber ganado un Oscar en una ceremonia que le ninguneó, actuó hace unos días por una única vez en su visita a Nueva York. Y lo hizo entre la grabación en Canadá de su último trabajo y la promoción de esa curiosa aplicación, n, con la que sus seguidores se pueden convertir en compositores de sus canciones por un rato.

La aplicación, descargable en nuestro teléfono, es una ruleta de versos creados por Jorge Drexler para la ocasión y que pueden ser combinados en miles de propuestas para crear un nuevo tema cada vez, con el fondo musical listo para acompañar la letra escogida. Y como muestra, nada mejor que sacar a unos voluntarios al escenario que, Ipad en mano, iban mostrando al uruguayo la canción a interpretar. Toda una experiencia interactiva en directo, sin perder un ápice de creatividad, poesía e intimismo.

Pero no quedaría en ese tema improvisado la interacción ofrecida por el cantante. A la media hora Drexler ya nos avisó de que el concierto era poco menos que a la carta y, amparado en el intimismo de aquel espiritual lugar, nos pidió a los afortunados oyentes que propusiéramos los siguientes temas a interpretar. El fan musical, casi siempre entregado, convirtió aquella petición en un caos de títulos de canciones que retumbaban en las paredes de aquella iglesia pero que, de alguna u otra manera, llegaron a Drexler para que decidiera si estaba con ánimo o no de interpretarlos.

Y lo hizo, ya lo creo, bajo la luz de una tímida bombilla, sin más instrumentos que tres guitarras, cada una de ellas con su propia historia y una, en particular, de riguroso estreno ante el público, pues acababa de dejar su vida en una tienda neoyorquina para pasar a manos del oscarizado artista. Puesta en escena más simple y más efectiva sería difícil de encontrar, pues le acompañaron los ecos medievales del auditorio, los reflejos de luces sobre la piedra y la mágica reverberación de una acústica perfecta.

Fue con esas armas con los que Drexler nos confesó su Hermana duda como tema de apertura; recordó al detalle la noche en la que los curiosos animales luminosos le inspiraron para componer Noctiluca; nos hizo pensar en la Soledad, casi siempre Inoportuna y, para aquellos que a menudo sentimos el velo transparente del desasosiego instalado entre el mundo y nuestros ojos, nos animó a reflexionar sobre si la vida es más compleja de lo que parece.

Antes de desaparecer por detrás del altar apelando al sea lo que sea, llegó ese instante que uno esperaba en silencio, sin mucha esperanza de que ocurriera. El momento de escuchar la deliciosa versión de High and Dry de Radiohead. La versión que nos acompañara al gran Mélida y a mi a lo largo de 14.000 km de camino a Mongolia. La misma letra que, años después, habría de compartir con una rubia recorriendo carreteras namibias. La misma triste historia que, ahora en Nueva York, me habría de regalar optimismo, a pesar de todo.


Los enojados por lo que la ceremonia de los Oscar del 2004 hizo con Drexler se resarcieron una vez más cuando el artista nos ofreció de nuevo Al otro lado del río a capella. Y, al final, tras jugar de nuevo con una pos-moderna caja de ritmos, llegó la despedida a un público mayoritariamente hispano ante el que Jorge Drexler no tuvo complejos en hablar en inglés. Un inglés tan latino que otros latinos entendíamos a la perfección. Todo se transforma sonó y la velada se transformó en la sensación de haber estado en una fiesta privada con unos pocos afortunados más, escuchando a un cantante que se comporta como un amigo de toda la vida. En la boca, y recordando los versos de la también interpretada Aquellos tiempos, el sabor de que no hay tiempo perdido peor que el perdido en añorar.

Fotos cortesía de www.rockassonline.com
Agradecimiento especial a New York Latin Culture por su invitación

viernes, 4 de octubre de 2013

¿Me votas?

A ti, que me leíste cuando empecé mi aventura de la vuelta al mundo. A ti, que viste cómo me tiraba por un puente sobre el río Zambeze, que conociste mis experiencias como voluntario de la Fundación Khanimambo en Mozambique y que fuiste testigo de mi marcha a la jungla neoyorquina, te pido el voto para mi blog en los premios Bitácoras 2013, en la categoría de blog de viajes.

El premio es poca cosa, pero la posibilidad de que mi blog sea reconocido, ahora que empiezo a disfrutar de la escritura y el periodismo, me llena de ilusión.

Desde ya, ¡gracias!

Votar en los Premios Bitacoras.com

domingo, 11 de agosto de 2013

Un Galeón en Manhattan

Paseo en bicicleta por el excelente carril bici del Hudson River Park. A la altura de la calle cincuenta, mis ojos, ya acostumbrados, ni siquiera se levantan del asfalto para fijarse en el Intrepid, el mastodóntico portaaviones de la marina norteamericana que desde hace décadas hace las veces de museo flotante. Sin embargo, unos metros más abajo, de repente, intuyo lo que parece un mástil de un velero. Debajo del mismo adivino la figura de un barco de madera, pero no es un barco cualquiera: ¿una carabela? ¿una galera? ¿una carraca? ¡Atracado en el río Hudson!¡y con bandera española! Demasiado como para no ir a cotillear.

El Galeón (nombre y tipo de barco al mismo tiempo) llegó a Manhattan el domingo 28 de julio procedente de Florida, al sur de Estados Unidos. Antes de eso una ruta que casi completa la vuelta al mundo le llevó a atracar en Shangai, a volver por Sri Lanka, a cruzar el Canal de Suez y reencontrarse con el Mediterráneo para, unas semanas después, atreverse a cruzar el Atlántico de nuevo en una travesía de tres semanas con destino a Puerto Rico. Nos cuentan que su entrada en la Gran Manzana, donde un velero del siglo XVII puede compartir muelle con trasatlánticos noruegos destinados a cruceros de vacaciones y en cuya cubierta hay un parque de atracciones con montaña rusa de doble looping fue de todo menos discreta. Y ahora, y durante las tres semanas que estará atracado en un muelle del río Hudson, a algún newyorker y a no pocos españolitos les llamará la atención la presencia de esta imponente embarcación del siglo XVII de cincuenta metros de largo, velas de hasta cuatro toneladas de peso, bodegas reconvertidas en museos audiovisuales, zona noble para visitas ilustres y banderas castellano-leonesas (por aquello de su origen histórico) y andaluzas, “porque casi toda la tripulación es de Andalucía”.


Detrás de este revival histórico con sabor a piratas del Caribe, rutas de las especias y cargamentos de metales preciosos se encuentra la Fundación Nao Victoria. Creada hace años con el objetivo de emular a Magallanes y dar una nueva vuelta al mundo a bordo de una réplica del único barco que volvió de aquella gesta, allá por 1522. Tras la Nao Victoria llegó el Galeón, “el doble de grande, el doble de todo”, en la que unas 25 personas forman parte de una tripulación que, a tenor del único espacio donde duermen y sus espartanas condiciones de vida cuando están de travesía, deben de conocerse bien y de quererse aún más. Navegando allá donde los contratos comerciales lo ordenan, ora protagonista de un anuncio de ron, ora promocionando la península de Florida y el quingentésimo aniversario de su descubrimiento, quizá participando en los eventos conmemorativos de los dos siglos de La Pepa, el Galeón sigue su camino. Pero es aquí, con la perspectiva de los rascacielos del Midtown, con el portaaviones de escolta, con el zumbido de los helicópteros estropeando la siesta de algún grumete y con visitas de escolares provenientes del Bronx, donde quizá más contraste cause un impecable navío con aspecto de estar cargando oro y tabaco con destino la Casa de Indias de Sevilla. Cuatro siglos después, el Galeón, esta vez con un pequeño motor incorporado, se carga temporalmente de americanos curiosos, turistas asombrados y postales de la Estatua de la Libertad.


(Fotos cedidas por la Fundación Nao Victoria)

jueves, 25 de julio de 2013

Tú serás mi puta, Blancanieves

Todavía me están cortando el ticket de entrada al majestuoso Armory de Park Avenue cuando comienzo a escuchar los ecos de gemidos, lamentos, sollozos y gritos orgásmicos desde el interior de una enorme nave industrial reconvertida a sala de exposiciones. Nada más entrar, un gigantesco bosque artificial con árboles de más de diez metros de alto y flores de colores me distraen un momento del desagradable griterío de la sala, pero pasa poco tiempo hasta que encuentro su origen. Sólo tengo que darme la vuelta mirando hacia la puerta de entrada, levantar la cabeza, y toparme de bruces con cuatro pantallas gigantes en las que, cual obsequio de bienvenida, un enanito obeso y con la nariz deformada le introduce un palo por el ano a un viejo no menos gordo que agoniza dentro de una palangana metálica. Bienvenidos a WS de Paul McCarthy, la más grotesca exposición de la ciudad.

El artista californiano McCarthy, conocido por sus obras transgresoras e irreverentes, ha tocado techo en su propósito provocador con la presentación de WS, siglas de WhiteSnow o SnowWhite (Blancanieves, en inglés), su más grande obra en tamaño hasta la fecha y, a tenor del contenido de la misma, clasificado para mayores de 17 años, ha alcanzado la cima también en sus dotes negociadores para conseguir que una institución neoyorquina como el Park Avenue Armory acceda a albergar semejante paranoia pornográfica. Con el referente del clásico de los Hermanos Grimm llevado al cine por la factoría Disney, retales de la cultura pop, pinceladas de su propia infancia y un exceso de sexo explícito, McCarthy crea un mundo aislado en el que dar rienda suelta a los más bajos fondos del ser humano o, al menos, los suyos propios. Como Bruno, aquel hermano adicto al sexo que contrastaba con su hermano asexual en Las Partículas Elementales de Houellebecq, McCarthy no esconde lo más oscuro que lleve pasándosele por la cabeza a lo largo de toda su vida, incluidos aquellos años en los que creció dentro de un rancho de la América profunda que ahora representa a casi tamaño natural y que nos permite observar cual voyers a través de pequeñas ventanas recortadas en las paredes de madera. Dentro de ellas, una excelente reconstrucción de una orgía bañada en alcohol y rebozada de comida precocinada, cuyos restos aún parecen estar calientes y desparramados por el suelo. Detalles sueltos, como bragas ensuciadas de flujo, en el mejor de los casos, distraen nuestra atención de las preciosas habitaciones donde los enanitos viven. Y, al fondo, el salón, dónde sólo quedan los restos de dos cadáveres tras la tormenta de lujuria, violencia y depravación.

Si uno lo soporta, si es capaz de aguantar cierto tiempo escuchando los gritos de placer de los enanitos o de martirio del sodomizado, si se puede permanecer en la sala algún minuto más tras ver introducir manzanas tan rojas como las del cuento por el ano del abuelito, entonces es posible que uno sea capaz de encontrar un sentido a la obra en su conjunto, de establecer un guión, un porqué, un ápice de hilo narrativo en esta sórdida ópera. Y entendemos que Walt Paul, en un claro guiño a Walt Disney, e interpretado por el propio artista McCarthy, contrata a una jovencita de cara angelical, un icono de la virginidad y la pureza, para ser su puta y su esclava. El primero de los vídeos proyectados en un lateral de la exposición narra la firma del contrato por el que BlancaNieves se somete a la voluntad de su amo y accede a, por ejemplo, hacerle una mamada a un alargado micrófono, rociar su cara con ketchup, embadurnar su cuerpo desnudo con fideos dulces de colores o corretear sin ropa por el bosque, con cara de perdida, mientras el morboso Walt Paul, desnudo y cámara en mano, graba un ingente material audiovisual que podemos contemplar al mismo tiempo en las pantallas gigantes de la sala junto con muchas otras escenas psicosexuales, tan explícitas que disgustan. En total, más de siete horas de vídeo en bucle reproductivo que uno espera que se publiquen pronto en edición especial en DVD y pagar el precio que sea para tenerlo como material de referencia.

Lo que pase a continuación, uno puede imaginárselo, masticarlo de vuelta a casa y los días siguientes, el tiempo necesario para sacar de la cabeza el paso por este lugar triste y vulgar. Se reconstruye así una historia en la que nuestra puta Blancanieves muere, quizá asesinada por el trastornado Walt Paul, y su cuerpo es encontrado por el príncipe, que también tiene su papel en ese cuento macabro. La última de las proyecciones laterales, como si de una mini sala X se tratara, es la secuencia completa de la masturbación de este pseudo monarca afeminado de marcado tupé rubio sobre el cuerpo inerte de la esclava. Al principito no volveremos a verlo, ni desnudo ni sobre un elegante corcel, pero sí nos tendremos que topar, antes de la salida, con nuevas escenas de sodomía sobre el personaje protagonizado por McCarthy, a manos de los enanitos. Su cuerpo, el mismo que habíamos descubierto en el interior de la casa con una nueva estructura vertical dentro de su cuerpo en forma de palo de escoba, es el mismo sobre el que los más horribles enanitos de la historia de la literatura infantil desplegarán sus más bajos instintos de violencia y perversión. Habrá quien empatice con ellos, pues una escena de video previa muestra durante muchos minutos el amargo llanto de los enanos al encontrar el cadáver de su SnowWhite.

Termino huyendo. Me asombra la cantidad de gente que pasea por el bosque o se acomoda sobre una silla para disfrutar de los vídeos proyectados. La poderosa llamada del sexo explícito ha convertido a una grotesca exposición en una de las más visitadas de la ciudad de Nueva York en lo que llevamos de año. Mientras busco a mi acompañante, que no soportó más de unos minutos el atronador aullido de los enanos borrachos, me encuentro con la tienda de la exposición. En ella, disfraces originales de Blancanieves utilizados en la realización de la obra y con la firma estampada de McCarthy están a la venta. Un buen negocio, pues no faltará quien, no satisfecho con lo contemplado en el Armory, traslade sus fantasías a casa. Y si es vestido de la virginal Blancanieves, mucho mejor.  

Fotografías facilitadas por la organización de la exposición.

lunes, 22 de julio de 2013

¡Pura Vida!


Del mismo modo que cuando se toma tierra en el aeropuerto de Koh Samui o en el de Zanzíbar, uno sabe que acaba de aterrizar en una pista absolutamente turística cuando lo hace en la de Liberia, al norte de Costa Rica. No puede negarse que se ha llegado a una ciudad, una región y un país de inconfundible atractivo turístico: es el pasaje del avión que despegó a mi lado en Atlanta, cien por cien yankee; lo veo en la turba de empleados de compañías de alquiler de coches con nuestros nombres escritos en papeles arrugados; me lo confirman las cifras que hablan de que el turismo es la principal actividad económica de la provincia de Guanacaste, de la que Liberia es capital. Bienvenidos a la República de Costa Rica, una de las democracias más estables de todo el continente, el país que mejor cuida el medio ambiente en toda América, el lugar donde la prensa goza de mayor libertad de toda el área latinoamericana y, sin duda, el más seguro de su entorno. Aunque el país viva de su industria turística, siguen fieles a un modelo de responsabilidad, ecología y sentido común que, junto a su conocida neutralidad y ausencia de fuerzas armadas, lo convierte en un destino de vacaciones de primer orden

No necesitamos más de dos horas para corroborar que estos datos son, efectivamente, ciertos. La carretera que nos acerca hasta Nosara, al sur de Liberia y en la costa del Pacífico, no es precisamente una autopista de reciente creación, y de hecho el asfalto deja paso a la tierra y ésta al barro, pero uno siempre percibe esas incomodidades como señales de que el desenfreno turístico no ha llegado a Costa Rica, que la masificación de gringos ansiosos de sol y playa en cualquier época del año se intenta disimular. En ese camino aún asfaltado empieza el idilio con su comida, repetitiva sí, pero deliciosa. Los primeros frijoles negros con arroz y el primer fresco (carne o pescado) del viaje nos lo ofrecen en un soda (como se refieren aquí a los restaurantes locales) a pie de carretera. A partir de ahí ya no hay marcha atrás: la ruta improvisada por la Costa Rica del Pacífico se torna cada vez más y más salvaje, más y más selvática, menos y menos turística. Los coches, casi exclusivamente todo terrenos, empiezan a escasear y dejar paso a las pequeñas motocicletas y sobre todo las bicis. El paisaje se hace cada vez más verde, la humedad invade toda percepción y agradecemos en la distancia a nuestro agente de alquiler de coches por recomendarnos un 4x4 cuando, ante nosotros, tres ríos de considerable caudal se cruzan en nuestro camino. Quizá sea la experiencia de cruzar aquellos cinco ríos de Mongolia lo que me hace recordar la clave del desafío: no parar nunca dentro del río.

Y al final del camino, la playa. La playa con vistas al Pacífico, como no las había visto desde que me despidiera de San Diego. La playa infinita de Nosara, de arena impecable y que encuentra su sitio, orgullosa, entre la jungla tropical y el enfurecido océano sobre el que cientos de surfistas parecen haber hallado un reto suficiente como para pasar aquí sus semanas, sus meses y, algunos, sus vidas. La playa kilométrica desde la que los atardeceres deslumbrantes se me aparecen como no lo habían hecho desde Namibia, es decir, con el rey sol ocultándose más allá del agua salada y no tras una montaña, un valle o unas cataratas. La puesta de sol, que evoluciona desde el amarillo al violeta, pasando por un naranja deslumbrante, juega con el reflejo del océano y las siluetas de los surfistas, con el eco de los monos que se esconden en la jungla y la bruma sobre el pequeño faro rojo del cabo para ofrecer un espectáculo digno de Malaui, de Ciudad del Cabo o de Zanzíbar. Queda poca luz, pero la suficiente para reconocer la palmera en la playa que marca el inicio del camino abierto entre la selva que nos acerca al hotel. En esa senda, los resplandecientes cangrejos rojos, tan llamativos que han sido bautizados como cangrejos halloween, timoratos, se ocultan tan rápido como nos escuchan acercarnos y su huída suena a pisar paja, a romper hojas secas, a serpientes que reptan en la arena.

El resto del tiempo es un lento contemplar de los motivos que hacen que Costa Rica haya adoptado el Pura Vida como slogan de todo un país. Una frase con la que dar los buenos días, con la que dar las gracias, con la que despedirse y con la que identificar tanto la vida de los locales como el objetivo que persiguen sus turistas. Una expresión para brindar con el potente ron local o para certificar las excelencias de una gastronomía que no necesita importar ningún alimento, pues su piña, su aguacate, su marisco o su maduro (plátano frito) es, de hecho, sinónimo de placeres vitales. Es aquí donde uno aún puede cruzarse con los clásicos autobuses escolares amarillos de Estados Unidos, que pasan aquí sus últimos años de servicio. Donde los mejores lugares para comer son casas de particulares que comparten salón con el cliente y donde el menú es un plato único consistente en el fresco del día. Como en casa de Doña Ana, donde esta madre de ocho hijos nos cuenta con resignación que la temporada turística no está siendo buena y que, de hecho, somos los únicos clientes del día. Su hijo, el pequeño de ocho hermanos, aprovecha que estos turistas hablan español (una rareza en la zona) para acompañarnos durante toda la comida y mostrarnos sus conocimientos sobre el fútbol patrio, sus primeras palabras aprendidas en inglés y torcer el gesto con cierta nostalgia cuando le preguntamos si ve mucho a sus otros siete hermanos. La sonrisa le vuelve al rostro cuando le acercamos en coche hasta el pueblo donde tendrá lugar el entrenamiento de su equipo de fútbol. Una televisión, unas zapatillas de deporte, una cocina de gas butano y una nevera. Mucho más de lo que podría soñar la mayoría de las familias que habría de conocer meses antes, en otro continente, si es que fuera posible hacer alguna comparación.

Dejamos atrás Costa Rica, esta pequeña parte visitada de este país centroamericano, a bordo de un coche particular cuyo conductor se gana la vida como taxista. El chófer, un hombre entrado en años, extremadamente educado pero de mirada triste, termina confesando antes de llegar a la frontera norte con Nicaragua el porqué del precio especial que hemos pactado por el trayecto: va a visitar en presidio a su hijo mayor, encarcelado por haberle encontrado unos cuentos kilos de cocaína en el camión que conducía. Con los dólares que nos pide paga la gasolina para el trayecto y le sobra un poco para mantener a sus nietos, de quien se ha tenido que hacer cargo. Sin alejarse de la jungla ni un instante, rodeado de un paisaje natural exuberante, manteniendo los estándares de limpieza y con constantes puntos de reciclaje incluso en este lugar alejado de las rutas turísticas, Costa Rica, el hogar de los ticos, queda atrás, como un paraíso para vitalistas adictos a la pura vida.  

viernes, 19 de julio de 2013

Arte en una pieza de Lego

“Cuando era pequeño, alguien me dijo un día que no era necesario que construyera la figura de la caja con las piezas que venían dentro de ella”. Es así como Nathan Sawaya, un antiguo ejecutivo de Park Avenue, en Nueva York, cuenta a los visitantes de su exposición cómo comenzó su pasión de construir todo tipo de objetos con piezas de Lego, la popular marca de ladrillos de plástico de colores con los que todos hemos jugado alguna vez a construir una ambulancia, un castillo o una nave espacial.

The Art of the Brick (El arte del ladrillo) es una de esas exposiciones que uno no se plantea visitar a no ser que necesite un lugar donde entretener a los sobrinos durante un par de horas. Pero un cartel tremendamente llamativo de una figura humana con el pecho abierto en canal, del que brotan cientos de piezas de Lego, consigue que uno se acerque a Times Square (probablemente la zona más asfixiante de Manhattan y sólo tolerable por los turistas) para visitar una sorprendente exposición de cientos de figuras creadas únicas y exclusivamente por ladrillitos de todos los colores, en un alarde imponente de arte y creatividad.


Una primera parte de la exposición, más familiar, nos presenta conocidas representaciones de cuadros, estatuas o edificios históricos de fácil reconocimiento. Desde el Partenón ateniense, totalmente reconstruido para la ocasión y flanqueado por el emperador Augusto, la Venus de Milo y el David de Miguel Ángel , hasta un mítico Moai de la Isla de Pascua en un imponente tamaño de casi dos metros de alto. Una lograda Gioconda no llega, sin embargo, al nivel del magnífico Beso de Klimt o el trabajado Grito de Munch. El Starry Night o Noche Estrellada de Van Gogh es quizá el mejor ejemplo de cómo crear arte a partir de una copia cuando el artista consigue plasmar un cuadro neo impresionista en una pieza en tres dimensiones, forjada a partir de pequeñas piezas de plástico. Es aquí donde nos entretenemos no sólo comprobando el número de ladrillos de Lego necesarios para cada pieza, y que está indicado en el cartel de cada una de ellos, sino imaginando el tiempo dedicado y la dificultad de encontrar la mejor combinación de tamaños y colores para poder crear, valga este nuevo ejemplo, La Gran Ola de Kanagawa. Habría aquí uno de recordar el billete JapanRail necesario para desplazarse por los trenes de Japón con total libertad y sin arruinarse en el intento.


Sawaya, que confiesa en un vídeo de presentación que esta de Nueva York se trata de su mejor, más grande y más personal exposición, comienza a mostrar una parte más íntima de su personalidad con la presentación de ciertos objetos pop y de su vida cotidiana. Unas manzanas, un teléfono clásico sobre una televisión en blanco y negro o un retrato de su mujer, a la que “le agradece que comparta la vida con alguien que ha gastado una cantidad ridículamente enorme de su vida jugando con piezas de Lego” son la antesala de una galería mucho más intimista y personal del artista. Sus obsesiones (el agua, la libertad) y sus miedos (la oscuridad y la muerte) se ven representados en inquietantes figuras donde las piececitas de plástico consiguen convencernos de que, también por medio de ellas, este norteamericano de Oregón residente en New York consigue hacernos cambiar nuestra percepción de arte. Una de sus preocupaciones, sin duda, a tenor de las veces que reitera la idea de “esto también es arte” no sólo en su vídeo de presentación, sino también en la nota de prensa facilitada por la organización de la exposición.

Para que nadie olvide dónde estamos y con el objetivo de que el 90% de los visitantes a la exposición recuerden lo que son, turistas, la exposición concluye con un espectacular dinosaurio T-Rex de más de seis metros de largo y una panorámica de la ciudad de Nueva York frente a la que la Estatua de la Libertad, imitando a aquella figura humana de pecho abierto desde el que salen vomitadas cientos de piezas de Lego y que me convenció para visitar el Discovery Times Square, nos muestra su rojo corazón. Que sea arte o mero entretenimiento queda para la opinión de los visitantes. Sin embargo, hay algo en la manera en la que Sawaya maneja los piezas de plástico que hipnotiza y que sorprende. Sobre todo cuando demuestra que el miedo a la muerte se puede representar con muchos materiales, entre ellas esas piececitas de “la otra marca de tente” con la que jugábamos de pequeños. Casi todos nosotros, a construir sólo la figura que venía en la caja.

domingo, 30 de junio de 2013

Algo más que una biblioteca

Finales de junio. El calor húmedo y pegajoso que azota la ciudad en verano y las famosas tormentas estivales en las que parece que Manhattan vaya a sucumbir bajo sus lluvias han dado una tregua. En Bryant Park, uno de los más históricos, cuidados y característicos parques de la ciudad, cientos de neoyorquinos disfrutan del sol sin calor, de la brisa sin contaminación, del impecable césped y de la comida barata que se vende en los Food Trucks de alrededor (camiones ambulantes de comida rápida un poco más sofisticados que los carros de perritos calientes y que cuentan vía twitter en donde están estacionados). Detrás del parque, separándolo de la famosa Quinta Avenida, imponente, se erige el edificio central de la New York Public Library (NYPL), la Biblioteca Pública de Nueva York. Habrá turistas que piensen que es uno más de los museos de la ciudad; quizá algún especulador inmobiliario considere que esa preciada manzana a la altura de la calle 42 entre la Quinta y la Sexta sería una buena ubicación para un nuevo rascacielos; pero lo cierto es que se trata de una histórica biblioteca que con el paso de los años no ha perdido un ápice de elegancia y que ha sabido adaptarse a los tiempos modernos para seguir siendo el referente de miles de personas que, cada día, acuden a ella a estudiar, leer o tomarse un respiro de la estresante ciudad.


Edificio Central de la Biblioteca. Quinta Avenida.

La New York Public Library es mucho más que la Biblioteca municipal de la ciudad. Es una institución educativa con casi 120 años de Historia sin cuya existencia no se entendería el ritmo cultural de la Gran Manzana. Algunas cifras hablan por sí solas: es la segunda biblioteca más grande del país (sólo detrás de la biblioteca del Congreso) y la tercera del mundo; además del edificio central, símbolo de la institución, cuenta con 86 centros más repartidos por los distritos de Manhattan, The Bronx y Staten Island; su colección alcanza los 52 millones de ítems, entre libros, libros electrónicos y DVDs; 18 millones de usuarios se benefician de sus servicios cada año y entre sus colecciones históricas se encuentra la carta firmada en 1493 en la que Cristobal Colón anunciaba el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Sin embargo, es preciso vivir en Nueva York para entender el verdadero significado de la NYPL. Basta acercarse a una de ellas (no antes de las 11 de la mañana, hora en la que las bibliotecas de barrio abren sus puertas), acomodarse en una de sus espaciosas mesas de madera con enchufes para cargar los portátiles y observar el espectáculo. De los techos, siempre altos, cuelgan imponentes lámparas que no desentonarían en la Scala de Milán. Las estanterías que dan cobijo a los libros anuncian la temática de los mismos con divertidos carteles de colores, de un metro y medio de largo, con diseños psicodélicos. En cada una de las bibliotecas, su sección informática, con docenas (cientos si se trata del edificio central) de ordenadores conectados a Internet. Un servicio de préstamo de portátiles permite a los usuarios sentarse en su silla (o sofá) preferido de la biblioteca y, a través del wifi gratuito, hacer el uso que quieran del PC. Ninguno de estos gestos resulta extraño a un neoyorkino, ni conectar su flamante Mac a la corriente en la misma mesa donde se sienta, ni hacerlo al lado de una persona sin hogar que ha pedido prestado su portátil después de aparcar su carrito del supermercado lleno de latas vacías en el hall de la biblioteca y refugiarse, por unas horas, del calor húmedo de Nueva York en verano, o del frío extremo y la nieve si se trata del invierno.

Por descontado, la biblioteca tiene su servicio de préstamos. Pero éste se integra dentro de un sistema tan cómodo y avanzado que es un auténtico placer pedir prestado un libro, un audio-libro, un DVD, un CD de música, un juego para nuestro PC o ¡un e-book para nuestro Kindle! Una vez introducido nuestro número de usuario y contraseña, reservar cualquier elemento está a un click de distancia. La aplicación nos dirá en qué lugar podemos ir en persona a recogerlo y, en caso de no estar disponible allá donde nosotros queremos, cuánto tiempo la institución tardará en llevarlo a ese lugar, donde estará esperándonos. Por supuesto, un email nos avisará de cuándo está disponible, del mismo modo que otro correo electrónico nos prevendrá de la cercanía de la fecha de devolución del ítem que hemos tomado prestado. El e-book, última novedad en el servicio de préstamos de la NYPL, se descarga directamente en nuestro kindle a través de la página de Amazon que reconoce nuestro usuario y nuestro dispositivo. ¿Alguien da más?

La NYPL organiza mensualmente tal número de actividades y conferencias que publica una revista mensual con el resumen de las mismas. Desde una conferencia sobre el Lunch Hour (hora de la comida) en Nueva York a lo largo de la Historia, hasta la presentación del último libro sobre el West Village (quizá, el mejor barrio de toda la isla), pasando por una exposición sobre los músicos latinos más influyentes en Estados Unidos durante el siglo XX. Enumerar todos los servicios sería interminable, pero llaman la atención los cursos de informática, poesía o inglés; los ciclos de cine; las exposiciones temporales de arte (más allá de que la mayoría de las salas del edificio central y algunos otros sean museos en sí mismo) o los talleres de alfabetización para personas mayores. ¿Interesado en un voluntariado? La Biblioteca de Nueva York cuenta con su propio centro de coordinación de voluntariado, con un número tan alto de participantes que la cita de orientación para el nuevo voluntario se demora hasta tres semanas. Pero llega, como toda, y es entonces cuando estamos listos para enseñar a crear una cuenta de correo electrónico a una persona mayor o participar en un taller de lectura para hijos de presidiarios un sábado por la mañana. Qué mejor manera de devolver a la institución lo mucho que ofrece gratuitamente.

Desde hace algunos años, un colectivo formado por trabajadores y usuarios de la Biblioteca coordina un movimiento para alertar del descenso de fondos públicos destinados a la Institución. Según dicen, el dinero que el Ayuntamiento de NY, con su alcalde Bloomberg a la cabeza, destina a la NYPL desciende sistemáticamente cada año. La biblioteca, como ellos mismos defienden desde la página web y las campañas de sensibilización a las puertas de cada una de ellas, es mucho más que un lugar de estudio y un sistema de préstamos de libros. Es el referente cultural público más importante de la ciudad y, para muchos, un lugar donde guarecerse de las hostilidades de la capital del mundo. Firmar la campaña no cuesta nada y una vez hecho, más de uno se sorprende con la rapidez con que el propio alcalde Bloomberg contesta a su petición vía e-mail: “no te preocupes, vecino de Nueva York: la calidad de la Biblioteca de Nueva York no está en riesgo. Seguiremos dedicando la misma cantidad de fondos que siempre a este servicio imprescindible para nuestra ciudad”. Palabra de alcalde. 

Ha llegado el calor, al mismo tiempo que los exámenes universitarios han llegado a su fin. Pero las aulas no se vaciarán mucho tiempo, puesto que los miles de estudiantes extranjeros que aterrizan en Nueva York para estudiar sus cursos de verano volverán a llenarlas. Son los mismos que ocuparán, también en verano, las palaciegas salas del Edificio Central de la Biblioteca Pública de Nueva York. Junto a ellos, judíos con su kipá y su portátil; asiáticos siempre acompañados de los más modernos gadgets; indigentes inscritos en un nuevo curso de alfabetización; periodistas sin periódico ni sala de redacción pero con brillantes reportajes en su cabeza, aún si comprador; turistas despistados. Todos tienen cabida en la, posiblemente, mejor biblioteca del mundo. Ni siquiera el dulce sol de Bryant Park les seduce lo suficiente como para dejar su silla vacía. Y es que este es un lujo al que es difícil de renunciar. Un lujo gratuito y público, esperemos que por mucho tiempo. 

viernes, 28 de junio de 2013

La tormenta


Volaron los instantes en Nueva York. Aquellos 31 días que mi dudas ante el inminente cruce del Atlántico me habían concedido antes de regresar a Europa corrieron por delante de mis ojos y de la rueda delantera de mi bicicleta roja, con la que recorrí Manhattan, y llegaron cuando menos los esperaba. Quizá, en el peor momento. Pero era un avión al que debía subir. Y lo hice, dejando atrás un frío que aguantó hasta mediados de abril, una lluvia que no envidiaba en nada a la de Zanzibar al atardecer y un país que, de nuevo, se consternaba cuando las bombas estallaban en su propio territorio. Asustan mucho más en tu ciudad que cuando se ven a través de los ojos de la CNN. Unas ollas express de origen español saltaban por los aires en Boston justo cuando mi taxista chino me llevaba de camino al aeropuerto JFK, el mismo lugar en el que un visado turístico me había dejado entrar en Estados Unidos 31 días antes. No volvería a entrar como turista.

Quise evitar aterrizar en Madrid, conseguí sacudirme la nostalgia que habría supuesto dar con mi macuto, todavía mi macuto azul, en la ciudad que da nombre a este blog en el que escribo. Así que lo hice en Valencia, donde una familia ilusionada me esperaba cámara en mano, como ese hijo pródigo que siempre me he sentido, como aquel que no aporta mucho pero al que se le espera, siempre, con una fiesta. Aquello que sabes que siempre estará ahí, lo que nunca fallará. Pero Madrid esperaba, y ni quise ni pude retrasar en demasía nuestro reencuentro. Y llegó la tormenta.

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa. ¿Qué has visto en tu viaje por tierras lejanas? Perdido en la costas de negros océanos. ¿Qué oíste en tu viaje por tierras lejanas? El ruido de un trueno preludio del miedo y tantos susurros que no escucha nadie. ¿Y qué harás ahora que el viaje se acaba? Volver antes de la lluvia de estrellas, a lo más profundo de lo desconocido. Llegará la tormenta que anuncia el cielo.

Y aunque Dylan no estaba allí para cantarme la versión original, sí lo estaba aquello que dejé, muchos meses atrás. Como si casi todo se hubiera paralizado y el tiempo detenido, como si el país se hubiera polarizado, las caras alargado, los grifos de cerveza secado y las risas ahogado en una crisis difícil de calibrar en apenas unos días de reencuentro con la realidad. Recordé aquello de las burbujas y pensé que quizá no estábamos tan alejados de esa realidad, aunque fuera creada por la tenencia de un trabajo (y el dinero que supone) y no el color de la piel. Vi la nieve en abril y el granizo en mayo. La lluvia y el frio me siguieron los pasos como si me castigaran por haber pasado un año de mi vida sin invierno. Anduve bajo la tormenta sin dudar ni un solo día de que aquello no era el final de mi viaje.


Y volví, no sin antes garantizar mi presencia legal en el país del sueño americano. Sin dejar pasar la oportunidad de dar una sorpresa a Ella, que me esperaba aunque no lo supiera. Con notablemente más ropa que con la que cargué allá por finales de agosto y dando un descanso al macuto que se dejó la vida en África. Volví a Manhattan, donde el sol se escondió nada más verme, mi calle había florecido y los vestidos de verano habían sido desempolvados del armario tan pronto como la nieve dejó de ser una amenaza. Cambió la ciudad. Se modificó mi status. Dejé de sentir que estaba haciendo camino al andar. Pero me negué a renunciar al viaje, aunque ahora tenga por escenario un plató mucho más pequeño que el continente africano.  


miércoles, 8 de mayo de 2013

El shock

Mi amigo Sergio Fernández López, un tipo de éxito hecho a sí mismo, me dijo una vez en Bruselas, donde llegamos juntos por un viaje de trabajo, algo así como "¡Cómo son los aviones, ¿verdad? de repente estás en un sitio y en unas horas, otro muy distinto!". Esta perogrullada, tan obvia como recurrente para gente que hemos viajado algo en nuestras vidas, es lo que volvió a mi mente hace una semana, cuando un avión me hizo cruzar la línea del ecuador, primero, y la el océano Atlántico, después. ¡Cómo son los aviones! ¡Qué asunto este, el de viajar!

Tanzania tiene un producto interior bruto per cápita de 1.500€. Es uno de los países más pobres de África en según qué indicadores, sobrevive dependiente del turismo y la mayoría de sus habitantes, aquellos que no viven en alguna de las dos o tres ciudades importantes, subsisten de su propia cosecha y nunca jamás vieron los imágenes de los aviones estrellándose contra las torres gemelas. La temperatura en Dar es Salaam, cuando mi avión despegó a las nueve de la mañana, era de treinta y cuatro grados. Estados Unidos es el país más rico y poderoso del mundo. El PIB por habitante de este país es de 38.800€, unas veinticinco veces mayor que el de Tanzania. Cuando aterricé en Nueva York, ciudad que se sumió en el pánico y el caos aquel 11 de septiembre de 2001, la temperatura bajo la nevada que estaba cayendo era de dos grados bajo cero. Treinta y seis de diferencia con el lugar del que venía. Mis chanclas, mi bañador y mi camiseta de manga corta se me antojaron ridículos, mucho más que insuficientes, ante lo que me esperaba fuera del avión. Sobre todo cuando comprobé que mi macuto, del que tampoco podría decirse que estaba bien surtido de ropa de invierno, se había perdido en algún lugar de un aeropuerto europeo.

Imaginé qué otras circunstancias podrían hacer el shock más grande. Qué mayor cambio, entre uno y otro lugar del planeta, podría ser más impactante. Qué contraste alcanzaría adjetivos superlativos como este, entre dejar de arrastrar un macuto polvoriento por los carreteras africanas, a bordo de mini buses sin puertas ni cinturones ni prisa, expuesto a la malaria que por algún momento pensé haberme traído de África y, unas horas después, ir de compras para no sucumbir al frío invernal de Manhattan por la Quinta Avenida, cruzando por la catarsis lumínica que siempre me pareció Times Square y pagar, atónito, la cantidad en dólares sensiblemente superior a lo acostumbrado a desembolsar en África por una coca-cola, por un sándwich, por un recorrido en taxi y no en tuc-tuc, que ojalá aquí los hubiera. De la jungla de Zanzíbar a la jungla de acero, cristal y luces de neón. De los mangos que esperan en los árboles a los taxis que se piden desde el Iphone. Y me costó encontrar ejemplos equivalentes.

Cuando en vuelo regular surqué el cielo de New York me esperaban dos pies en el suelo que sí se acordaban de mi. Ella hizo que el shock se absorbiera con optimismo; que el contraste se asumiera a golpe de pedaladas por la Gran Manzana, subido a mi brillante nueva bici de segunda mano; que las imágenes de África se solaparan con toda la naturalidad que es posible a las de la presunta capital del planeta; que elfrío se superara, aunque treinta y seis grados de diferencia fueran demasiados como para poder evitar el primer resfriado en siete meses; que las chanclas pudieran descansar y el macuto tuviera el primero de sus muchos días de vacaciones, tras haberlo dado todo en los peores y también más hermosos lugares del continente africano; y que las ansias de cruzar ese lugar de sur a norte tuvieran un digno destino alternativo en este punto del mapa, en esta urbe situada en el mismo paralelo que Madrid pero notoriamente más fría que ésta. Una ciudad donde me esperaban. Un lugar, quizá, donde quedarse.


Nota: la fecha original de publicación de esta entrada es el 22 de marzo de 2013.