domingo, 16 de diciembre de 2012

La chapa


El primer español que conocí en mi viaje, un barcelonés de unos cuarenta años que acababa de aterrizar en Cape Town procedente de Mozambique, me dijo: “Es un lugar fantástico, pero los transportes... usan unos autobuses que en lo que meten absolutamente todo lo posible y un poco más. Viajar en ellos se tolera unos pocos kilómetros, no más”. Sin dar mucha importancia a sus palabras, creyendo que exageraba, olvidé lo que dijo. Y tres meses después, cuando en Ponta D'ouro tomé mi primera chapa con destino Maputo, sus palabras, súbitamente, volvieron a mi cabeza. Efectivamente, viajar en Mozambique sin hacer uso del avión ni del coche particular es un ejercicio de fe, superación, autocontrol y paciencia. La simple decisión de utilizar transporte público para afrontar una distancia superior a los treinta kilómetros implica dedicar una mañana, una tarde, quizá un día entero para cumplirla, pero sobre todo supone aceptar las estrictas reglas del transporte mozambiqueño que se basan en una única norma: todo es posible.

Versión pick-up sin techo
El protagonista indiscutible de los medios de transporte en este intenso país es la chapa. Podemos encontrar chapas de muchos clases: coches pick-up (con el maletero abierto) donde la carga no serán ladrillos sino personas; versiones mejoradas del pick-up con una estructura metálica soldada al vehículo y que incorpora un techo de paja; o autobuses medianos con unos treinta asientos (también conocidos como machibombos). Pero sin duda alguna, la estrella, lo que le da nombre y el responsable del 99% de los desplazamientos por Mozambique es la chapa, una furgoneta marca Hiace o Toyota, de veinte o treinta años de antigüedad, con unos catorce asientos divididos en cuatro filas y con una puerta lateral corredera por donde entra y sale el sufrido pasajero. No hay chapa sin mensaje escrito en su parabrisas, en letras grandes, sentenciando cosas como “Descubre quién soy”, “Dios es el único camino” o “Carretera del Infierno”, del mismo modo que no hay chapa sin un buen sistema de audio que se precie y que, a un volumen adecuado para que todos los viajeros podamos ser incapaces de dormir, nos presentará los grandes éxitos mozambiqueños del momento.

Human Tetris
Una chapa cuenta, inevitablemente, con dos protagonistas antagónicos y complementarios: el motorista y el cobrador. Uno no puede vivir sin el otro pero sus objetivos y tempos son no sólo diferentes sino muchas veces opuestos. El motorista tiene una única misión: conducir la chapa hasta el destino parando en todos aquellos lugares donde alguien levante un brazo para subirse o hayan solicitado parada para apearse. El motorista no mueve un dedo antes de que el vehículo arranque y empiece a moverse, tan solo dormitará en su asiento de piloto hasta que le indiquen que el coche está lleno y podemos salir. Su objetivo, una vez en marcha, será llegar a la siguiente terminal lo antes posible, sin importarle el número de personas que transporte y menos aún la manera en la que éstas se amontonen en la parte trasera del vehículo que maneja. El cobrador, por el contrario, trata con el cliente y su principal motivación es llenar la chapa de cuantos viajeros sea posible, ya que su beneficio dependerá de ello. En la estación de autobuses o terminal, el cobrador estará buscando clientes, negociará con ellos (en caso de desplazamientos largos) el precio, les buscará un asiento, reparará las sillas desvencijadas para convencer a clientes dubitativos de que ese asiento soportará el viaje y colocará los macutos, los sacos de arroz, las garrafas de aceite o las jaulas de gallinas de la manera más ordenada posible, con el fin de que todo quepa en el vehículo. Y es que el viajero paga por su persona pero también por su carga, por lo que toda mercancía dentro de la chapa es más beneficio para el cobrador.

La imponente y atenta figura del cobrador
Ya en ruta, el cobrador es el interlocutor con los viajeros, que le informarán gritando “paragem” de que se quieren apear en los próximo metros. He visto como los viajeros, aún cuando estén sentados en el asiento del copiloto, hablaban con el cobrador para anunciarle su intención de bajar y éste, obviamente, informaba a continuación al motorista de que se parara cuando pudiera. El cobrador, por definición, cobra, y salvo excepciones el pago se hace cuando el usuario se baja de la chapa. A veces el cliente no tiene los meticales suficientes, o no sabía o quería saber el precio del trayecto, por lo que empieza una acalorada discusión entre cobrador y cliente mientras el motorista, ajeno a todo ello, hace sonar su claxon porque quiere continuar marcha lo antes posible. Pero sólo podrá hacerlo cuando el cobrador, ya a bordo, golpee la puerta lateral de la chapa para indicar que todos estamos a bordo y se puede continuar.

Las chapas más corrientes tienen cuatro filas de tres asientos cada una y un pasillo lateral por el que se accede a las filas posteriores. Pero ese pasillo desaparece cuando, ya en marcha, un asiento doblado y abatido se convierte en el cuarto de la fila. En la práctica, esto supone no sólo una importante estrechez, sino que cada vez que un viajero de la segunda, tercera o cuarta fila debe apearse, todas la filas delanteras deben moverse, sus ocupantes salir de la chapa, permitir doblar las sillas del pasillo y a continuación reestructurar de nuevo a todos los pasajeros, para que los huecos libres del fondo se vuelvan a llenar y quede sitio para los nuevos clientes. En trayectos cortos es prácticamente imposible terminar el camino en el mismo lugar en el que se empezó y sólo los lugares pegados a las ventanas opuestas a la puerta lateral permiten este pequeño lujo, además del privilegiado asiento del copiloto, aquel que los viajeros más expertos nos rifamos por ser el más cómodo, espacioso y seguro (ya que cuenta con cinturón de seguridad).

Para desplazamientos más largos,
el confortable machibombo
¿Y el equipaje? En Mozambique (y en el África que he conocido) nadie viaja sin equipaje, incluso en un trayecto corto. Si nos desplazamos es obvio que vamos a aprovechar el viaje para mover mercancía de un lugar a otro, y la chapa cargará con ella igual que lo hace con nosotros. Así, dentro del pequeño autobús nos encontraremos bidones de agua, sacos de cebollas, bolsas gigantes de gusanitos naranjas, chapas de cinc para cubrir el tejado de una chabola, cestos de mimbre rebosantes de mangos y todo tipo de maletas, maletines, bolsas y bolsos. Esta mercancía se coloca, primero, bajo los asientos, lo que en la práctica supone la imposibilidad de estirar las piernas. A continuación, se rellenan los huecos situados detrás de los asientos del piloto y copiloto. Posteriormente la carga restante descansará sobre las rodillas de los pasajeros. Y si queda material por cargar, se hará en la parte superior del vehículo, sujeto por unas cuerdas y con dudosa estabilidad.

Como si de aquella historia del maestro que, introduciendo en una vasija unas rocas grandes primero, unos guijarros después, arena más tarde y finalmente agua, demostró a sus alumnos que muchas veces es posible seguir colmando algo que creíamos ya lleno, en una chapa “siempre entra algo más”. Para el ojo clínico del cobrador siempre habrá espacio para que los viajeros, cual piezas de Tetris que caen dentro de un horno tropical sin ventilación, encajen sus cuerpos y cabezas con el resto de compañeros de viaje, en un acto de costumbre, resignación o masoquismo. Eso explica que el cobrador anuncie la próxima parada, puesto que para la mayoría de los viajeros, su ubicación dentro de la chapa le impide por completo saber en qué lugar nos encontramos.

No sólo son personas lo que siempre pueden continuar llenando el habitáculo, sino también mercancía. Una vez vi como en una parada un mozambiqueño compraba una “cama” de paja, la esterilla de playa tal y como nosotros la conocemos, y dicho rollo amarillo de dos metros de largo desaparecía por la ventana trasera de la chapa para colocarse quién sabe dónde en el interior del ya sobrecargado vehículo. Y es que, en desplazamientos largos, cuando un minibús llega a un pueblo o cruce de carreteras (lo que en Mozambique conocen como cruzamento) alrededor de él se agolpan docenas de acelerados niños vendiendo bocadillos, fruta, anacardos u objetos de uso cotidiano, como cestos, sombreros, cepillos de dientes o papel higiénico. El motorista parará el tiempo que el cobrador considere oportuno, y poco le importará que la transacción entre comprador y vendedor haya finalizado o no. Hace pocos días, un niño de menos de diez años se subió a la chapa ya en marcha, entrando por la ventanilla en la que se situaba mi asiento, reclamando a mi compañera de viaje diez meticales que, según el chico, la señora le debía. Del mismo modo que se subió en movimiento se bajó de la chapa, también por la ventana e igualmente en marcha.

No se conoce Mozambique hasta que no se monta uno en chapa. Pero no vale con pararla en el camino y subir para un par de kilómetros. Es conveniente saborear los horas que el vehículo tarde en llenarse en la terminal antes de emprender camino, observando con atención el meticuloso proceso. Es necesario contemplar con asombro el espectáculo animal de una chapa llena, desde el cómodo asiento del copiloto pero también desde el interior del enjambre en su parte trasera. Y es imprescindible conocer dónde están los límites de nuestro propio aguante cuando, sujetando sobre las rodillas nuestro macuto y contemplando por la diminuta ventana un nuevo soborno para que un policía de tránsito nos deje continuar, uno se pregunte si no hubiera sido mejor hacer ese trayecto subido a un avión de la LAM, esa línea aérea que la Unión Europea tiene prohibido operar en Europa por considerarla de alto riesgo.

9 comentarios:

  1. Me encantó tu relato. Eso sí que es un viaje con sabor, olor y humanidad... que enseña mucho de la vida o debería decir de lo que es la vida, y el tiempo para unos y para otros. Gracias por compartir esta experiencia.

    ResponderEliminar
  2. Absolutamente genial, me ha hecho recordar mi periplo por Camboya, una experiencia que yo creía surrealista, pero que me hace darme cuenta de que África va mucho más allá en lo que a "comodidades" se refiere...
    Un abrazo desde la patata ;)

    ResponderEliminar
  3. Excelente y muy real la cronica, y eso aplica no solo para las chapas que viajan entre poblaciones, que decir de las chapas urbanas, donde el conductor no tiene ningun problema en esperar a que uno de los pasajeros descienda, entre a un establecimiento a comprar bultos de arroz, harina o cemento y cargarlos en la chapa, todo ante la paciente espera de los demas pasajeros a una confortable temperatura de 35 grados y una sensacion olorosa por lo demas agradable.....

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, hubiera estado bien también incluir esos temas en el post. Anónimo, intuyo que conoces bien Mozambique?

      Eliminar
  4. jajaja me ha hecho mucha gracia el artículo. A mí me encanta viajar en bus en países nuevos xq siempre hay movimiento y demás, pero igual esos no los aguantaba. Qué gracia lo de la música altísima que no deja dormir. A mí ya me ha pasado muchas veces. XQ LO HACEN!!!!!!????

    ResponderEliminar
  5. Hola! ahora estoy en mozambique y tengo algunas dudas de los sitios. Me podrias dar un correo tuyo para explicar mejor mis dudas? para que me des infos

    Muchas Gracias,

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Claro! mi correo es rozalen@hotmail.com
      Un abrazo.

      Eliminar
  6. Muy interesante Sergio!!!! Y me encanta cómo lo cuentas!!! Casi parece que puedo sentir el agobio de ir en una chapa :)

    ResponderEliminar

Gracias por comentar mi blog. Gente como tú hace que siga teniendo ganas de seguir escribiendo y me da fuerza para continuar con mi viaje.