jueves, 29 de noviembre de 2012

Ellos

Rael, en el centro, también
ha aprendido a jugar a Ninja

La madre de Rael murió unos días después de dar a luz. A pesar de las complicaciones de un parto de sietemesina, la mujer se negó a ir al hospital y dejó huérfanos a dos hijos: Rael, con días de vida y escasas oportunidades de sobrevivir, y Chico, cinco años mayor que su hermana y al que se le borró, me cuentan, la sonrisa de la cara. Rael, “milagro” en changana, el dialecto local, no era aceptada por su abuela, la única familia que tenía aparte de su hermano Chico que la niña tiene en este mundo. La madre de su madre no quería ni podía aceptar en su casa a la culpable de la muerte de su hija, a la niña cuyo nacimiento antes de tiempo había originado esta pérdida. Quizá pensó también que Rael no sobreviviría, como es habitual en las zonas rurales de Mozambique. Aquí la costumbre de no poner nombre a los hijos hasta que cumplen un año o más de vida sigue vigente. Sea por la falta de acuerdo entre las dos familias, sea por miedo a poner un nombre, encariñarse y luego perder al hijo en un país con mortalidad infantil tan elevada, el caso es que mis amigos doctores de Manhiça me cuentan la gran cantidad de innominados (sin nombre) que llegan a sus consultas. Pero Rael sobrevivió, Khanimambo la acogió, Alexia Vieira le dio el biberón y, tras mucho esfuerzo, convenció a la abuela Filomena de que la adoptara. Hoy Rael, la niña milagro, su “dulce sueño africano” es un imán para todo aquel que se acerca a Khanimambo: es regordita, achuchable, sonriente y se tira en plancha a mis piernas cada mañana, cuando llego a la Escolinha y su equipo del Curso de Verano es el primero que me encuentro, practicando bailes y canciones nuevas cada día. No soy original cuando digo que su historia es, quizá, la más “Khanimambo” de todas la de los niños aquí.

Fábrica de donativos de felicidad
a pleno funcionamiento
Su hermano Chico pasó por su calvario particular. Despreciado por su abuela, el joven huérfano se enfadó con el mundo, se acostumbró a desaparecer durante días enteros, se desentendió de la higiene y de la escuela y se aisló en su propio planeta negándose a comunicar con su alrededor. Chico cambió de familia, volvió a cambiar, se acercó a Khanimambo, se alejó y volvió de nuevo para empezar, al fin, a tener un comportamiento cercano a ejemplar. Chico no es de los que regalan abrazos sin más, antes parece que te estudia, te analiza, se piensa si te concede un poco de su confianza. Me parece más maduro que muchos chicos de su edad aquí pero, en el fondo, sigue siendo un niño de 9 años que, enfundado en su camiseta de Soziedad Alcoholica (que habrá llegado fruto de alguna donación a Khanimambo) se marca un baile delante de todos nosotros para llevarse el premio diario de los desfiles en este curso de verano.

Daisy y Andrisse son primos, tienen 7 y 6 años respectivamente, y son “los vecinos”. El patio de su casa es también el patio de la Escolinha de Khanimambo y siempre están con nosotros. Cuando llegan los niños por la mañana, ellos ya están aquí. Cuando todos marchan a sus casas, ellos se quedan, jugando con los neumáticos, construyendo casitas en la arena o practicando con el tirachinas. Daisy quizá tenga la sonrisa más pícara de Khanimambo y ahora luce unas trenzas fijadas con plásticos de todos los colores. Andrisse, que intenta ganar tu amistad besando tu mano y que a veces exagera la cara de pena para conseguir lo que quiere, siempre está listo para jugar lo que sea, aunque no lo entienda bien. Su paso por las clases de teatro que algunos días he tenido con los niños ha sido caótico y desternillante. Sus imitaciones de gallina o mono cuando tocaba imitar animales de mar dejó estupefactos al profe de teatro y al resto de los alumnos de la clase.

El neumático, un juguete de
posibilidades infinitas
Erica vive con su abuela, dos hermanos y dos primos más. El día que llegué a Khanimambo, Erica andaba torpemente aguantando la lágrima hasta que se tumbó en el sofá de la Escolinha. Estaba enferma de malaria. Recuerdo aquella primera tarde en la que Eric y yo llevamos a Erica a su casa y la pedimos a su hermano mayor, Ribaldo, de trece años, que ese día ayudara especialmente a su abuela, la señora Olivia, a la que es normal que a veces se le haga muy cuesta arriba hacerse cargo de cinco niños huérfanos Erica ha tardado casi dos semanas en mostrárseme sonriente y activa, y es que sobre los efectos de la malaria ya escribí ayer.

Y por aquí anda Scarla, que cada mediodía se enfada a la hora de los desfiles porque su equipo nunca gana, pero al día siguiente se le olvida que tiene que cantar más alto y con más ganas para lograr la bolsa de caramelos que se entrega al equipo vencedor. Y Simiâo, que cada mañana temprano reparte los petos de colores, forma los equipos de fútbol y los dirige a golpe de silbato. Y Dercia, Elton, Dionisia u Horculano, cada uno con su propia historia personal, su vida en absoluto cercana a lo que en Europa calificaríamos como fácil y su lugar para dormir en algún lugar del interior del mato. Todos ellos, hasta casi 200, son los niños de Khanimambo, a los que la inexistencia de la Fundación habría condenado a muchos de ellos a dejar la escuela, nunca hubieran llegado a la secundaria (que requiere un poco de dinero diario para pagar el autobús hasta la ciudad), carecer de una nueva familia tras la pérdida de la suya o, simplemente, seguir vivos.

Erica (izq.) y Adelaide (der.)
Y finalmente, Adelaide, de nueve años. Una de las más altas para su edad, de pelo casi rapado y ojos grandes y vivos. Adelaide es sordomuda, nació así y la educación pública de Mozambique nunca le pudo enseñar el lenguaje de signos ni matricularla en un centro de educación especial. Como los demás niños, va a la escuela normal, asiste a las clases y saca buenas notas. Es tremendamente inteligente. Me atrevería a decir que la más espabilada de cuantos niños veo jugar en la Escolinha. Y tiene carácter, mucho. A veces hasta mal genio. No le gusta perder a ningún juego, e incluso alguna vez la he sorprendido haciéndome trampas en el juego de las piedras, en el que mientras se lanza una piedra al aire hay que manejar con la misma mano el resto de piedrecitas y moverlas de un lugar a otro de la arena. Se comunica con todos sus compañeros, por señas o emitiendo algún sonido que aquí ya todos hemos aprendido a descifrar, y está tan integrada en el mundo Khanimambo que a veces se me olvida que Adelaide no puede oírme y le pregunto a viva voz cómo está o si jugamos a Ninja, juego el que ella es también la mejor. Supongo que es inevitable tener un niño, niña en este caso, favorito. ¿Cómo no hacerlo?

martes, 27 de noviembre de 2012

Anopheles


Es de noche. Miro a través del plástico verde que hace de mosquitera y encuentro, agarrada a una de las vigas de madera que sustentan la chapa de zinc que compone el tejado de la habitación donde duermo, a una lagartija africana. Se desplaza a través de movimientos rápidos, siempre cerca de la bombilla, esperando cenar alguno de los mosquitos o polillas que, como cada noche, se acercarán a ese único foco de luz de la estancia. Entonces yo me elevo, me acerco a la lagartija, que se escabulle por un pequeño hueco que ha encontrado en la chapa de metal. Mi cuerpo, comprimido y etéreo, se encoge lo suficiente para introducirse por ese agujerito en busca del lagarto, se adentra en la oscuridad y cuando la luz vuelve a aparecer ante mis ojos, me encuentro conduciendo una chapa, una minibús, el transporte público por excelencia de Mozambique que, como en todo África del sur, suele ser una furgoneta Toyota de 15 asientos que se sobrecarga hasta los 25 o más pasajeros. Pero en esta ocasión soy yo el único ocupante del vehículo, y su tripulante. Enfilo a toda velocidad una carretera de asfalto que poco a poco va empeorando, se convierte en tierra roja, luego arena de playa y posteriormente un camino empedrado de agujeros descomunales sobre los que mi furgoneta parece levitar. Poco importa, pues no tardo mucho en llegar a un abismo, a un barranco de altitud incalculable en el que mi “chapa”, conmigo dentro, se precipita al vacío. Antes de encontrar suelo, una red elástica de enormes dimensiones frena mi velocidad, se traga el autobús y me rebota de nuevo hacia el cielo, donde me quedo flotando unos instantes que me parecen eternos. Entonces, me despierto.

Es el efecto del Lariam, el medicamento que desde hace tres semanas tomo como quimioprofilaxis de la malaria, una de las enfermedades más habituales de esta zona tropical, con especial incidencia en Mozambique, y que más muertes causa al año. Oí decir antes de salir de España que la hembra del mosquito Anopheles, el insecto portador del parásito de la malaria, es el segundo animal que más muertes causa en el mundo. ¿El primero? Parece ser que el hipopótamo, aunque visto lo visto en Sudáfrica no me parece tan peligroso.

El Lariam, tomado una vez al mes en una pastillita, introduce en el cuerpo la química suficiente para que, cuando nos pique el temible mosquito y el parásito que transmite empiece a campar a sus anchas en nuestra sangre para, unas semanas después, declararnos la guerra, nuestro organismo esté preparado para hacerle un poco de frente. No mucho, no del todo. Aún así, cuando enfermemos de Malaria, notemos la fiebre, el frío y la debilidad, deberemos ir corriendo a un hospital cercano donde nos darán el tratamiento adecuado. Pero el Lariam (que yo dudé mucho en empezar a tomar) tiene sus efectos secundarios, sus daños colaterales, sus pequeños inconvenientes añadidos. Depende de la persona, claro está, pero es bastante habitual que provoque cierta depresión, cansancio físico y emocional, mareos, problemas de visión, sueños vívidos que frecuentemente se convierten en pesadillas como la descrita arriba y, en ocasiones, convulsiones, ansiedad, alucinaciones y otros trastornos psicóticos. Al parecer, el otro famoso fármaco que sirve de profilaxis contra la malaria, el Malarone, no tiene esos efectos secundarios tan acusados, pero su consumo se limita a un mes, frente a los tres que el Lariam nos permite tomarlo antes de que nuestro hígado diga hasta aquí hemos llegado.

Hace unos días, en la carretera de Praia de Xai-Xai, me encontré con Destinia. De 19 años, guapísima y con la sonrisa más bonita de Mozambique, esta ahijada de Khanimambo que se va a convertir en la primera en estudiar en la Universidad no tenía su mejor cara: tiritaba, la frente le ardía y andaba a pequeños y torpes pasos hasta el precario centro de salud de Praia de Xai-Xai. Le acompañé, hicimos cola en una sala de espera en la misma calle y cuando le hicieron el test rápido (un pinchazo en el dedo para extraer sangre) se confirmó lo que ya todos imaginábamos: Malaria. Lo habitual. El pan nuestro de cada día. Lo mismo que las cuatro personas más que esperaban allí para pasar consulta con la enfermera. Tratamiento de Coarten, chute de pastillas de amodiaquina y descanso absoluto, algo por otro lado obvio porque la malaria deja completamente hundido. La cara, el tembleque de Destinia y su fiebre me hizo recordar una pasaje del libro Ébano de Kapuscinski y que me permito repetir aquí:

“La primera señal de un inminente ataque de malaria es una inquietud interior que empezamos a experimentar de repente sin ningún motivo claro. Algo nos pasa, algo malo. Si creemos en los espíritus, sabemos qué es: ha entrado en nosotros un espíritu maligno y nos ha embrujado. Nos ha paralizado y clavado. Por eso no tardamos en sentirnos entumecidos, pesados y sumidos en el marasmo. Todo nos irrita. Sobre todo la luz, detestamos la luz. Nos irrita la gente: sus voces estridentes, su repugnante olor y su tacto áspero. Pero tampoco tenemos demasiado tiempo para experimentar semejantes ascos y repugnancias, pues al cabo de poco rato, a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierno del Sahel y del Sáhara y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia y las Spitzberg, entre nieves, vientos y tormentas polares. ¡Qué conmoción! ¡Qué choque! En un segundo empezamos a sentir frió, un frío terrible, espantoso, espectral. Empezamos a tiritar, a temblar, a agitarnos (…) Nos atenazan unas vibraciones y convulsiones que al cabo de poco tiempo nos desgarrarán en jirones. Y para intentar salvarnos empezamos a suplicar ayuda”.

En octubre de 2011, la Fundación Khanimambo llegó a un acuerdo con la empresa Mc Lehm para, gracias a la organización de un mercadillo solidario, conseguir dinero para mosquiteras, repelentes e insecticidas. Se consiguieron 100 mosquiteras que, compradas directamente al Ministerio de Salud de Mozambique para lograrlas a mejor precio, se distribuyeron entre 173 niños de Khanimambo y sus familias. Mas de un año después, el número de enfermos de malaria entre los niños de la Escolinha ha descendido considerablemente, aunque sería falso decir que esta enfermedad no está aún entre nosotros, en la comunidad de Xai-Xai y en el resto de Mozambique. Que sigue siendo habitual que un niño, o su madre, enferme de Malaria. Y que lo que en la mayoría de las ocasiones supone una especie de gripe que, tratada a tiempo, pasa sin problemas, a veces la dolencia se complica: la temida malaria cerebral es mucho más mortífera y aquí lo saben. Pero no hay mucho que hacer: los mozambiqueños han aprendido a vivir con su amenaza, y eso que no es la única que tienen ni mucho menos.

María Ruperez en la puerta del CISM
¿Y la vacuna? No existe para la malaria. Años de desinterés por la cura de la enfermedad, el habitual mundillo mafioso de las empresas farmacéuticas y la dificultad que supone el hecho de que la malaria sea un parásito, y no una una bacteria o un virus, complica el desarrollo de la la vacuna. Pero hay esperanza: hace pocos días tuve la fortuna de conocer el Centro de Investigación para la Salud de Manhiça, el CISM. Un proyecto español, financiado con dinero de la Agencia Española de Cooperación (cuando este organismo dependiente del Ministerio de Exteriores aún tenía dinero) y que desde hace años lidera la investigación de la vacuna de la malaria, entre otros proyectos médicos. Situado en Manhiça, a medio camino entre Maputo, la capital, y Xai-Xai, en este centro de investigación trabaja un nutrido grupo de científicos españoles dirigidos por el Dr. Pedro Alonso. Como ya me dijo mi amigo y también científico Borja hace años, “la investigación científica va despacio”, pero después de visitar el CISM y hablar con María, una médico madrileña que lleva allí dos años trabajando, estoy convencido de que la solución estará más o menos lejos, pero que desde luego va a llegar. Dentro de unos años, los niños de Mozambique, otros países africanos y el resto de países tropicales donde la malaria aún es una dolorosa realidad podrán disponer de la vacuna contra los efectos de la picadura del mosquito Anopheles, y la malaria quedará como una pesadilla en la que los minibuses se precipitaban al vacío con uno dentro pero de la que, finalmente, uno se ha despertado.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cuatro nuevas paredes

Tía Hortensia

Después de salir del trabajo en la Escolinha de Khanimambo, Hortensia me lleva hasta su casa a través de un laberinto de palmeras, plantas con afilados espinos y arbustos que crecen sobre la fértil arena de playa de Xai-Xai. Estamos en el “mato”, como se conoce aquí a todo aquello que está más allá de la carretera, lo que no se ve desde el autobús ni menos aún desde el coche, lo que queda oculto a cualquier ojo que no quiera de verdad conocer lo que en realidad pasa en Mozambique. Donde vive la inmensa mayoría de los mozambiqueños. Donde duermen los niños de Khanimambo. Diez minutos, una colina y varios cruces de caminos en el enrevesado laberinto después, llegamos a su casa, donde vive con sus seis hijos. En realidad, Hortensia, cuya vida no ha sido precisamente un camino de rosas, sólo parió a cinco, pero adoptó a Rodrigues, uno de los vecinos del mato, cuando éste se quedó huérfano. Hortensia es tímida y muy humilde, y me pide perdón por el estado de su casa (a mi me parece que está impecable considerando que seis niños pequeños viven en esos 25 metros cuadrados), pero me cuenta orgullosa que su vivienda fue de las primeras que la Fundación Khanimambo construyó y que su familia puede, desde entonces, convivir junta en un lugar que no tiene goteras cuando llueve.

Las xichunguas, como se conocen en changana (el dialecto de la zona) a estas construcciones, dan nombre a un proyecto de la Fundación Khanimambo que, desde 2009, ha permitido que casi 20 nuevas familias dejen de vivir hacinadas en sus antiguas chozas de paredes de cañas podridas, tejados agujereados y suelos de arena. Las nuevas construcciones tienen suelo rígido, paredes reforzadas con cemento entre las cañas y un tejado de chapa de zinc resistente a las tormentas. Dentro, uno o dos cuartos (sólo para familias muy numerosas) que tendrán o no colchón y tela mosquitera en función de sus posibilidades económicas, aunque la experiencia me dice que una mayoría dormirá sobre las esterillas de fabricación casera y seguirá ahorrando para tener un lugar más blando sobre el que descansar, conseguir instalar una toma de electricidad o lograr una entrada de agua que evite comprar el líquido elemento a un vecino que ya la tiene, para evitar el paseo hasta la fuente pública.

Carlitos, Simiâo y profesor casimiro
Enfrente de casa de Hortensia y en plena tarea de preparación de la cena me reciben Carlitos, y Simeâo. Su casa, también construida con el apoyo de los socios de la Fundación Khanimambo, tiene un salón y un cuarto y es a la vez escenario de otro proyecto de la Fundación llamado “Manos”, que logra que dos o más niños huérfanos puedan convivir juntos una vez tienen la edad suficiente para valerse por sí mismos. A Carlitos y Simiâo les acompaña, de lunes a viernes, y desde hace sólo unos meses, Casimiro, uno de los profesores de la escuela al que la distancia le impide regresar entre semana a su casa. El profesor me explica el reparto de las tareas y sonríe orgulloso cuando le pregunto por la experiencia de vivir con dos alumnos: “hoy cocina Carlitos, yo voy a limpiar los platos y Simiâo está ordenando la casa. Mañana nos cambiaremos los papeles”.

En la vertiente sur del mato, en una colina apartada de la carretera, quizá en la parte más ventosa de la zona y tras un buen esfuerzo arrastrando los pies sobre la arena, Eric (que hace de guía con entusiasmo) y yo llegamos a casa de María Maposse y sus hijos Ornelia, Santos y Dersio, todos ellos ahijados de Khanimambo. Sorprendemos a la hija mayor moliendo granos de maíz para preparar la shima mientras su madre nos invita a conocer su casa: también construida con la financiación del Proyecto Xichungua, ésta carece aún de camas, agua, electricidad y alguna que otra comodidad más, pero se me antoja palaciega cuando lo comparo con el lugar donde la familia dormía antes: una choza de 2x2 metros de paredes de cañas destartaladas y tejado cochambroso, y que aún hoy sigue como vestigio, muy cerca de la nueva casa, de cómo era la residencia de esta familia hasta hace no mucho.


Fátima y cuatro de sus cinco hijos
El paseo por este mundo tan real como alejado de los circuitos turísticos de Mozambique continúa. A cada momento nuevos vecinos nos saludan y más niños que nos gritan desde los patios arenosos de sus casas, mientras juegan con los patos, los cerdos, las gallinas o alguno de los sencillos juguetes que han improvisado hoy para pasar esta tarde nublada y no muy calurosa. Así es como llegamos a más casas que fueron posibles con dinero llegado desde España, como la de la profesora Guida y sus hijos Scarla y Wilson; o como la de Fátima, madre de Eugenio, Bendo, Marlene, Dionisia y Milton, y cuyo proceso de fabricación fue contado día a día en el Facebook de la Fundación Khanimambo.

Un hombre se acerca a visitarnos a la Escolinha cada dos o tres días. Pregunta a Eric, de manera discreta, si tiene algún proyecto de construccción a la vista. Si la respuesta es positiva, este hombre espera que, en cuanto termine la casa que está terminando ahora y a la que apenas le faltan cuatro retoques, llegue más trabajo. Se trata de Antonio Gemusse, el albañil de Khanimambo, una excepción en la comunidad. Antonio vive con su mujer, a la que respeta, y cuida de sus hijos, a los que aprecia. Cuando no está construyendo una casa se busca la vida para seguir llevando dinero a casa. Toda una rareza, toda una singularidad para una comunidad donde el machismo impera, la mujer carga con todo el trabajo y la responsabilidad, educa a los niños, trabaja en el campo, cocina y limpia.

Regreso a casa, a la que es mi lugar de residencia desde hace 15 días. La casa de Paciencia. Observo las paredes de cañizo que dejan pasar la luz; el tejado de metal por el que se cuelan lagartijas que cada noche cenan mosquitos que ya no me picarán; el suelo cementado sobre el que descansa un butano que calienta el agua de mi ducha diaria,; la bombilla encendida con electricidad que me permite leer a Kapuściński cada noche. Lo comparo con algunas de las casas que he visto en el paseo por el mato y me siento afortunado.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Vivir con Paciencia


El día que llegué a Praia de Xai-Xai no estaba aún seguro de dónde y con quién me iba a quedar a vivir. Después de casi tres meses de viaje cual nómada, en los que mi récord fueron los primeros nueve días en Ciudad del Cabo (y no consecutivos) y en los que nunca tuve un lugar donde deshacer mi macuto por completo y asentarme, sabía que Xai-Xai iba a ser un punto de inflexión, pero no imaginaba lo que me iba a encontrar, no sabía que iba a sentirme casi casi como en mi propia casa.

La casa de Paciencia
Paciencia me recibió al llegar a Praia de Xai-Xai, me saludó con una sonrisa y lo primero que me dijo fue “estamos juntos”, uno de las expresiones más usadas en la Fundación Khanimambo. Esa misma tarde, cargado con mi mochila, subí a la colina enfrente de la Escolinha y llegué por primera vez a su casa: un humilde hogar formado por dos casitas en un terreno no muy grande, de suelo de arena (como absolutamente todo en Praia de Xai-Xai), un pequeño cuarto de baño en el exterior y otra letrina al lado. La casa principal, con salón y dos cuartos, tiene paredes de cemento y tejado de chapa de zinc pero la otra pequeña casita, donde iba a posar mi macuto y que se habría de convertir a partir de ese momento en mi lugar de descanso, tiene paredes de caña trenzadas con alambre que dejan pasar la luz, la corriente de aire y, cuando llueve, la refrescante lluvia, además del mismo tejado metálico. Esta misma estancia hace las veces de cocina, pues es aquí donde se ha instalado el hornillo de gas butano (un lujo en este lugar) y la despensa.

Paciencia Diogo, de 36 años, es madre de dos hijos y trabaja como responsable de administración en la Fundación Khanimambo desde hace tres años. Por lo poco que ya he averiguado en las largas conversaciones durante el desayuno y la cena, Paciencia no ha tenido una vida fácil. Se quedó embarazada de su hija Racy con 15 años y, ya madre, tuvo que dejar los estudios y trabajar de lo que pudo para mantener a su hija y dos primos que cargaban bajo su responsabilidad. Hoy, tras muchos años trabajando en el único hotel de Praia de Xai-Xai y su labor (que se me antoja imprescindible) en la Fundación, Paciencia puede sacar pecho de haber sacado a su familia adelante, de estar construyéndose poco a poco una nueva casa, de tener un puesto en el mercado de la ciudad en el que vende ropa traída de Sudáfrica y también de llevar la cabeza alta a pesar de ciertas envidias que, al parecer, flotan alrededor del vecindario. Merece la pena leer la entrevista a Paciencia publicada en la web de la Fundación Khanimambo para saber un poco más sobre ella.

Dinho, un excelente cocinero
Racy, de 19 años, y Dinho (o Dinio, como él prefiero que le llame), de 16, son los dos hijos de Paciencia. Racy habla muy deprisa, casi siempre interrumpe sus palabras con carcajadas y encuentra divertidísimo todo lo que digo o hago. Está a punto de terminar sus estudios de secundaria y se debate entre empezar periodismo o agrónomos. Dinho, del que volveré a escribir algún día, es mi compañero de cuarto y colega de aventuras. Es un excelente cocinero, un gran “amo de casa” y un deportista nato. Cada mañana, sobre las 6, cuando yo me despierto, Dinho ya está calentando agua para la ducha, me acerca mi toalla y entonces ya estoy listo para ir a la “casa de banho” donde mezclo el agua caliente con agua fría del bidón en una palangana. Una jarra de plástico vierte el agua templada sobre mi cabeza, se escapa por el agujero del suelo y llega a la fosa séptica de la casa. Antes, he trancado la puerta de madera con la toalla para que no se abra y dejo las chanclas en la puerta para que no se mojen y así al volver de camino a la habitación no se llenen de arena pegada a mis crocs. Todo un protocolo para ducharse que no tardé ni un día en aprender y que ahora repito como un autómata. Una ducha es una ducha en cualquier parte del mundo, y se agradece aquí tanto o más que en el mejor de los hoteles.

La playa en casa
Aunque ya he avisado una docena de veces a Dinho de que yo solito me puedo hacer la cama y preparar el desayuno, mis esfuerzos han sido inútiles. Cuando salgo de la ducha mi compañero de habitación adolescente ya ha adecentado mi cama, calentado agua para el té y preparado el desayuno, que en los últimos días se basa en tostadas de mantequilla de cacahuete (¡deliciosa e hipercalórica!) y leche con cereales. Si bien al desayuno se suma aquel que pasa por ahí, la cena es un momento mucho más familiar. Llama la atención que no hay una hora fija para la cena, que puede variar entre las 19 y las 22 horas (me ha costado entender que aquí las 7 de la tarde no existe, son las 19 horas). Es en la cena cuando se habla de lo que cada miembro de la familia ha hecho durante el día, de los planes para el día siguiente, de qué se preparará para comer mañana (que exige, además, planificar quién irá a la ciudad a comprar qué cosas) y, desde que llegué, un poco de puesta al día de nuestras vidas. Con cierta cautela y timidez, la familia poco a poco me pregunta sobre mi vida: mi familia de Valencia (Mamá, Papá y hermanas, mi “nueva familia” os manda muchos abrazos), mi antiguo trabajo y, sobre todo, en un nuevo nivel de confianza, si tengo “enamorada” o no, y como no la tengo, pues por qué no. Buena pregunta.

A veces, el vecino nos deleita con un tema
El día que llegué ingresaron en el hospital aquejada de malaria a una ahijada de Paciencia, y por este motivo muchas noches de la primera semana Paciencia durmió en el hospital y su hija Racy en casa de la enferma, cuidando de los niños. Las relaciones familiares, los clanes, el intercambio de primos, primas, ahijados y vecinos entre distintas familias cercanas es algo aquí tan natural como la propia vida. De hecho, si en verano la Fundación Khanimambo tiene la mitad de niños de lo habitual es porque muchos pasan los meses de verano con sus “otras familias”. Muchos chicos y chicas se refieren a sus compañeros o vecinos como “irmâos” y sólo preguntando e investigando un poco uno consigo trazar los árboles genealógicos de las familias de la comunidad. Algo tan difícil como apasionante para un cotilla como yo.

Cada mañana, entre las 7 y las 8, cuando bajo de la colina en la que está la casa de Paciencia camino de la Fundación Khanimambo, recorro el camino de arena y escucho de fondo las canciones de los niños de la Escolinha que, desde las 7, están ya disfrutando del curso de verano. En el brevísimo paseo siempre me encuentro algún vecino que me da los buenos días y a dos guardias de vigilancia (una figura muy extendida aquí) de las casa de algunos vecinos “ricos”. También paso al lado de los hogares de familias no tan pudientes y que, de hecho, son la mayoría aquí. Hogares donde no llega el agua ni menos aún la electricidad, donde el paseo hasta la “fontinha” de la carretera es un ritual diario y donde la cena a la luz de la vela una tónica cotidiana. Paciencia ha trabajado duro para conseguir tener una toma de agua en su casa y disfrutar de electricidad. Cada uno o dos meses paga un saldo (como si se tratara del teléfono móvil) a la compañía eléctrica y su contador empieza a descender según se consume. Cuando el saldo es cero la energía se acaba y entonces dependerá de si la familia tiene meticáis o no para volver a recargar el contador. Sobre las basuras y su gestión, el primer día que llegué a casa de Paciencia entendí su funcionamiento: la basura se tira al patio de arena, se recoge una vez al día, se acumula en montones sobre agujeros escavados y, cuando es lo suficientemente grande, se prende fuego. Es la opción más sencilla y lógica para una comunidad donde la recogida pública de residuos es un fenómeno inexistente.
  
Racy, Dinho, Paciencia y una sobrina
En casa de Paciencia, por primera vez en casi tres meses, duermo sobre la misma cama cada día; he sacado del macuto, doblado y ordenado mis escasas prendas de ropa y, esto es curioso, he recordado la diferencia entre los días laborables y el fin de semana. Las horas siguen volando y los días pasan a velocidad incontrolable, aunque ahora pienso sobre ellos cada noche, con un poco más de sosiego, después de darle las buenas a Dinho a través de la tela de plástico verde que me protege cada noche de los mosquitos.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Curso de Verano

Taller de fabricación de jaulas

El verano ha llegado a Xai-Xai. Los días son un poquito más largos, el calor aprieta sobre todo entre las 11 y las 14 horas y estamos a la espera de que las lluvias de la estación húmeda empiecen a caer sobre nuestras cabeza. Y a Khanimambo, por supuesto, también ha llegado el verano. Si bien durante el resto del año la Escolinha de la Fundación es un lugar de estudio y refuerzo escolar, en esta estación, ya con las vacaciones escolares en marcha y los niños con muuuucho tiempo libre, este lugar se transforma para dejar paso al curso de verano.

El proyecto Ungata (“diversión” en Changana, el idioma local) empezó a rodar hacer ya tres años y no es otra cosa que aprovechar las vacaciones escolares de los niños de Khanimambo para, por medio de talleres, aprender a hacer cosas que sean útiles para el día a día de los niños y por supuesto pasarlo muy bien en estos días de calor. Los más o menos cien niños que participan en el curso de verano (en época escolar hay casi el doble) se dividen en grupos o equipes que tienen nombres de fruta. Y así tenemos al equipe laranja, el mango, el ananás (piña), el banana, la guayaba, la maça (manzana), masala (¿?), el morango (fresa), maracujá, uvas y cereja. Para saber bien a qué equipo pertenece cada niño (y aprovechar para pasar lista por las mañanas) se le da a cada niño una cinta de tela de un color, cinta que unos se ponen en la mano, otros en el cuello y ¡otros en la frente, al estilo Ninja! Ideal para jugar más tarde al mítico juego que me enseñaron las americanas en las Cataratas Victoria.

Laborioso proceso de
fabricación de esterillas
¿Y qué se aprende en el curso de verano? Unos hacen dibujos y manualidades; otros muñecas con retales de capulana (os hablaré de ello un día, es la tela mozambiqueña que sirve para casi todo); otros están fabricando unas jaulas con ramas de árbol cuya utilidad es guardar gallinas dentro; otro grupo ha terminado ya unas preciosas paneras de mimbre, unos han logrado acabar unos bolsitos de mimbre para guardar el dinero, otros unas escobitas para barrer, otros forman parte del taller de bordados, unos más del de croché y los mas pequeños pasan la mañana practicando nuevos bailes y cantos. Cada grupo trabaja con alegría pero con concentración, enseñados por un profesor de Khanimambo o de algún colaborador extra que enseña el trabajo a los niños. Y de verdad que son cosas útiles, porque los bolsitos de mimbre se pueden vender por unos cuantos meticais (la moneda de Mozambique), al igual que las muñecas, las paneras o las cestas para las gallinas. Se vendan o no, son todos artículos utilísimos y de uso corriente en Xai-Xai.

Un taller me llamó particularmente la atención. Con hojas de una planta que se recoge en el río y posteriormente se seca se confecciona la “cama de África”: una esterilla que me recuerda a la que llevábamos a la playa hace muchos años y que aún puede verse en algunos lugares. Aquí no se utiliza para la playa, sino que, en la mayoría de las casas de Mozambique, es la cama que evitara dormir directamente sobre el suelo. Su fabricación es muy curiosa, ya que la paja se sujeta utilizando hilo de plástico reciclado de saco, y por lo tanto lleva un laborioso proceso de deshilachar el plástico de estos sacos primero, enrollarlo en unas maderas y con estos ovillos trenzar poco a poco la paja para dar forma a la esterilla.

Playa de Xai-Xai
Las “sextas feiras” (viernes, en portugués) es el día de playa. Los niños se reúnen en Khanimambo para desde aquí ir a la playa de Xai-Xai (unos 10 minutos a pie desde la Fundación). Y allí es la fiesta permanente: unos (los más pequeños) chapotean en la orilla; otros (los mayores) nadan un poco mas adelante; casi todos se entretienen cazando algún cangrejo despistado y hay quien se atreve a intentar pescar una morena con un palo, un hilo y un caracolillo de cebo. No faltan los partidos de fútbol en la arena, las palas y la recopilación de conchas de mar, pero en cualquier caso si coincide con marea baja grandes y pequeños puedes bañarse sin riesgo en las aguas del Índico.

¿Quién ganará hoy el concurso de desfiles?
Cada día, a las 10 y media, y antes del almuerzo que se sirve a las 11 de la mañana, cada equipo forma en filas enfrente de los profesores y cantan y bailan para ganar alguno de los 3 primeros premios que se entregan a los que lo hagan mejor y sobre todo pongan más ganas en su actuación. No tengo palabras para describir la ilusión de los equipos naranja, guayaba o cereza, por decir sólo algunos, cuando día tras día inventan una nueva canción y un nuevo desfile para conseguir una bolsita de caramelos. Creo que es el mejor momento del día en Khanimambo, sobre todo porque ahí es cuando se escuchan canciones como esta, que creo que no necesita traducción)


 Quem quere cantar conmigo neste mes de verâo
Quem quere cantar conmigo neste mes de verâo
Eu quero, eu quero, eu quero cantar contigo

Quem quere dançar conmigo neste curso de verâo

Quem quere dançar conmigo neste curso de verâo
Nós queremos, Nós queremos, Nós queremos dançar contigo.

(y entonces los grupos se juntan...)

Nós queremos, Nós queremos, Nós queremos cantar convosco
Nós queremos, Nós queremos, Nós queremos danzar convosco

¿Te has gustado las fotos? La mayoría son de la Fundación Khanimambo, y puedes ver más del curso de verano en este link

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Bem-vindo a Khanimambo!

Estación de tren de Maputo

Dos meses y medio después de haber aterrizado en Ciudad de Cabo; después de pasear mi macuto por Namibia, Botsuana, Zimbabue, Zambia, Lesotho y Sudáfrica; habiendo conocido varios paraísos, y el último de ellos en el sur de Mozambique; tras haber paseado apresuradamente por Maputo, la capital mozambiqueña; y tras tomar las dos últimas chapas cargado con mi mochila Deuter, entonces... llegué a Praia de Xai-Xai. Y ahí, Khanimambo me estaba esperando.

La escolinha de la que en tantos momentos había oído hablar. El cartel de madera anunciando la entrada a la Fundaçâo Khanimambo que en tantas ocasiones había visto en foto. Las caras de los niños cuyas historias tantas veces había escuchado. Las sonrisas de los trabajadores del centro cuyas historias vitales había leído en el blog de la Fundación. Todo eso, de repente, cobró forma ante mi ojos, y me vi rodeado de docenas de niños que me abrazaron, del grupo de profesores y trabajadores de la Fundación que me dieron la bienvenida y de, claro, Eric, uno de los pilares de Khanimambo. Y entonces mi cabeza reconoció la escuela, situé sus aulas, me orienté desde la entrada de la carretera, conocí la cocina, el patio, el campo de fútbol... Y en menos de cinco minutos me parecía que ya había estado allí, que no era la primera vez que visitaba Khanimambo, que me sentía en un lugar conocido y rodeado de niños y adultos que me eran familiares. Y quizá fuera así de verdad.

Y al fin, Xai-Xai
¿Qué es la Fundación Khanimambo? A finales del 2007 el sueño de Alexia Vieira de llevar a cabo un proyecto en Mozambique en el que otra forma de cooperación tuviera cabida vio la luz. En 2008 la Escolinha (pequeña escuela, en portugués) empezó a funcionar, primero con un pequeño grupo de niños de la zona de Praia (Playa) de Xai-Xai aunque poco a poco fue aumentando el número de ahijados, socios, trabajadores locales y proyectos para convertirse en lo que es ahora: un lugar donde los niños, y gracias a ellos sus familias encuentran un lugar donde estudiar, donde desarrollarse, donde soñar con un futuro mejor. Khanimambo no es sólo educación, aunque su Escolinha sea el pilar fundamental de la Fundación. Es también promoción de mejores viviendas para la comunidad (“Proyecto Xichungua”, ya os hablaré de él). Es también mejora de la nutrición de los niños y sus familias (la cesta de comida mensual, tendréis noticias pronto). Es también sanidad (conoceréis el “Proyecto Ubom” en otro post). Y es también, como pude comprobar el mismo momento en que llegué, en medio de una charla con maridos y mujeres de la comunidad, la mejora de las relaciones familiares y condiciones de la mujer (el precioso Proyecto “Levántate Mujer”). Khanimambo (que significa “gracias” en Changana, el idioma local) significa mucho para los más de 180 ahijados que participan en sus actividades.

Un cartel que me resultaba muy familiar

Hace ahora justo un año, la Fundación Khanimambo presentaba una nueva campaña para captar socios y padrinos en España. Fue entonces cuando Dubsar, mi pequeña agencia de comunicación (y la del gran Alberto Mélida, claro), puso su granito de arena para ayudar a promocionar en medios de comunicación esta original y preciosa campaña. ¿Todavía no has visto el vídeo? Es el momento ideal, porque a partir de ahí vamos a entender mejor qué hace Khanimambo y qué quiere lograr a corto plazo. Y fue entonces cuando decidí que algún día quería ver con mis propios ojos lo que Alexia y Eric están logrando aquí, con su particular visión de la cooperación basada en la transparencia y el trato cercano con todas las personas con las que trabajan y colaboran.

Y ese día llegó. Y el primer día recibí la bienvenida por parte de los niños, que antes de comer formaron en filas, como todos los días, y me pusieron los pelos de punta cantando la siguiente canción:

Bem-vindo Bem-vindo / Bienvenido Bienvenido
Nós estamos de boa saúde / Tenemos buena salud
Junto com as crianças / Con los niños
Junto com as mamas / Con las madres
Junto com os professores / Con los profesores
Junto com o equipe / Con el equipo
Nós estamos de boa saúde / Tenemos buena salud
Bem-vindo Bem-vindo / Bienvenido Bienvenido

Que todas las bienvenidas fueran así

Y desde entonces, y por el tiempo que me quede en Praia de Xai-Xai, supe que, como me dijeron todos los trabajadores y profesores de la Fundación Khanimambo que me saludaron, “estamos juntos”.  

martes, 13 de noviembre de 2012

El paraíso en la otra esquina

Frontera y primeras palabras en portugués

Un tarde de noviembre dejamos atrás Sudáfrica. Un puesto fronterizo pequeño pero moderno nos despedía del país de Mandela y un pequeño puesto de control dentro de un contenedor gastado nos daba la bienvenida a Mozambique, mi pequeña Ítaca, mi lugar-objetivo, uno de los lite-motif de mi viaje. Y tras ese puesto de control propio de un país con escasos recursos, como si se tratara de la frontera entre Rusia y Mongolia, apareció otro mundo. La bandera roja, amarilla y verde con el libro, el fusil y la azada de Mozambique nos anunciaba la ausencia de carreteras, el camino de arena de playa con dunas, imposible para un coche normal y con pocos o ningún taxi, por lo que la aparición de un sudafricano ávido de conversación que se ofreció a llevarnos al pueblo más cercano resultó providencial.

Alex Soave, mi compañero de viaje
y ángel de la guardia bajo el agua
¿Por qué hablo en plural? Llegó el momento de contar que desde hacía 15 días viajaba con Alex, “ciudadano francés porque lo dice el pasaporte”, que desde hace 9 meses recorre el mundo con un aire relajado y una sonrisa en los labios. A Alex le había conocido en el Delta del Okavango de Botsuana (vaya, qué lejos me parece eso ahora) y le habría de volver a encontrar en Chintsa, en la Wild Coast sudafricana. Y como quiera que nuestros itinerarios eran parejos, aún íbamos a estar juntos varias semanas. Alex, como casi todos, tiene su “shock” en su lugar de origen, y parece que viajar, bucear y no tener una fecha de vuelta a casa es la terapia que necesitaba. ¡Gracias Alexandre! Por cuidar de mí encima y debajo del agua, por hacerme la boca agua con tus historias en países que pronto visitaré y por compartir conmigo tu experiencia de viajero casi profesional. Bon voyage!

15 kilómetros de camino de arena después, dejando atrás a coches 4x4 que habían tomado la opción incorrecta y por lo tanto se habían quedado enterrados en la duna, llegué al paraíso. Y el paraíso, con nombre de Ponta d'ouro, tenía una de playa blanca, alargada, luminosa, rodeada de palmeras y bosque tropicales y con un agua cristalina. Perfecta. Y el paraíso estaba al lado de un pequeño pueblo de ambiente relajado, con vendedores ambulantes de pescado y marisco, con calles sin asfaltar, de arena, sin apenas coches, un mercado en plena plaza y chiringuitos caseros a unos metros de la orilla.

Pececitos del Índico
Ponta d'ouro, la punta dorada, el primer encuentro con Mozambique viniendo desde el sur de África del Sur, vive sobre todo de los buceadores. Estos, incansablemente, se dejan caer por aquí para comprobar que este es uno de los mejores lugares del mundo para ponerse una bombona a la espalda y bajar para conocer de cerca las mantas, las rayas, los tiburones, los peces león, peces flauta, peces tigre, tortugas y tiburones que conviven con infinitos peces de colores vivos en unas aguas, las del Índico, con la mejor visibilidad debajo de la superficie que nunca vi. Así que ahí bajé, a encontrarme con los meros y los delfines, que también se sumaron a la bienvenida de Mozambique y las aguas de su costa. ¿Las mejores inmersiones de mi vida? Quizá.

Madrugar para bucear compensa
con un amanecer como este
Pero el paraíso también lo es por sus gentes. Meses después, volví a falar portugués, la lengua que mal aprendí en Lisboa hace 12 años. Y eso me permitió por primera vez en mi viaje hablar con la gente de aquí, preguntarles, conocer su vida, regatear el precio de las gambas o entender a la primera los horarios de salida de las chapas (los minibuses de Mozambique). Esa sensación, la de entender las conversaciones de quien está sentado a tu lado o de quien te vende el pan, creó en mí una sensación agradable de “estar en casa” de la que todavía no me he desprendido, afortunadamente. Y el mozambiqueño es buena gente, o eso me ha parecido. Relajado, bailarín, divertido y bromista, pero también educado y agradable, quizá mucho más con un español que con un sudafricano, su eterno vecino con el que mantiene la clásica relación de amor-odio. Es mozambiqueño el vendedor de pescado fresco, la dependiente de la panadería que vende el mejor pan que he probado en los últimos tres meses y son mozambiqueños los miembros del equipo de fútbol que nos llevaron en un coche pick-up desde Ponto d'ouro a Ponta Malangane, la continuación del paraíso diez kilómetros más allá siguiendo por la playa.

Con ustedes, Ponta Malangane
Quizá sea porque noviembre es el mes más turístico del año, o quizá sea porque la ausencia de carretera limita el turismo, pero el caso es que Ponta d'ouro es un paraíso que en las fechas en las que lo visité no ofrecía ninguna saturación turística. Y por si acaso lo tuviera, uno siempre puede escaparse a una de las dos playas de casi incontables kilómetros de longitud a ambos lados del pueblo. Y allí jugar a perseguir a los cangrejos que hacen fila para bañarse en la orilla del océano, o acercarse a las aves que interactúan con los mismos cangrejos. O ver a lo lejos a los surfistas con cometa y las piruetas que regalan a los bañistas, que han descubierto aquí otro paraíso perdido. O sentirse aislado del mundo a la espera de que un delfín o una ballena aparezca en el horizonte (y estas cosas pasan con mucha más frecuencia de la que uno imagina). De cualquier modo, uno no necesita calzado, casi ni ropa, para tener la playa como referencia y usarla para ir a casi cualquier punto de este pequeño lugar: del mercado al hostel, del hostel al chiringuito, del chiringuito al centro de buceo, del centro de buceo a una pequeña colina para ver la puesta del sol.
Los cangrejos, únicos turistas de la playa
No recuerdo bien los días que pasé en Ponta d'ouro, pero podrían haber sido decenas. Salir de allí me exigió madrugar a las 3 de la mañana y hacer cola en la plaza del mercado para que alguna chapa (como dije antes, el nombre que reciben los minibuses en Mozambique) me llevara a Maputo. Y la idea de abandonar el paraíso en medio del madrugón para acercarme a la peculiar capital de Mozambique sería por si sola descabellada, si no fuera porque yo sabía que lo que iba a encontrarme poco después era el mágico Khanimambo.  

jueves, 8 de noviembre de 2012

Despedida bajo el agua


Peces, pocos. Coral, mucho.
Desde que pisé tierra de Zululandia comprendí que el agua, y más concretamente la del océano Índico, no me iba a acompañar hasta que abandonara Sudáfrica. O mejor dicho, que era yo el que no iba a querer dejar de estar rodeado del líquido elemento porque, quizá afectado de mi propia fiebre Pondo, me había enganchado al océano en plena primavera mientras en Europa las primeras tormentas de nieve hacen de las suyas. Y así fue como llegué a Sodwana Bay, el que dicen es el mejor punto de buceo de Sudáfrica.


Con ustedes, el ex de Irene Grandi
Sodwana Bay, una bahía preciosa con un antiguo faro coronando la colina y una playa rodeada de bosques tropicales, todo ello dentro de un parque nacional protegido (y de pago), aparenta ser un lugar donde sólo puedes encontrar aficionados al buceo con bombonas o submarinismo. Su buena visibilidad (cuando tienes suerte), la extraordinaria vida marina (o eso dicen) y el hecho de que sea el único lugar de la zona donde se permiten las inmersiones (las legales) han convertido a Sodwana Bay en el paraíso del scuba diving. Aquí, ni yoga ni meditación, si acaso un poco de surf. Lo que aquí triunfa, fruto de los más grandes resort dedicados al submarinismo que haya visto en mi vida, es este deporte “de riesgo” que yo no me había atrevido a practicar desde que, hace más de año y medio, las aguas de Lanzarote me dieron un sustito en forma de hiperventilación que todavía recuerdo. Pero hay cosas a las que uno no puede decir que no, así que, superando el miedo inicial, el mal tiempo y las olas de la orilla, volví a ponerme el neopreno, el regulador y bajé a 20 metritos de profundidad.

¿Peace and Love in Halloween?
Las inmersiones no fueron las mejores de mi vida, pero “la otra vida” de Sodwana Bay, que existe, lo compensó con creces. ¿Qué personajes pululan por aquí, buscándose la vida al calor del dinero generado por el buceo? Pues por ejemplo Alessandro, un italiano surfero, rockero y pizzero, que vive de vender “genuine italian pizza” en un chiringuito de la carretera, y que presume de haberse casado con la artista italiana Irene Grandi en Las Vegas. Su “shock” para dejarlo todo fue que la cantante de Brucci la cittá, seis años después, le dejó. Y ahora supera el trauma a base de marihuana, surf y conversaciones a gritos. También se ha acercado a esta bahía Anna, una alemana que se acerca a mi edad y que, antes de empezar a estudiar medicina (¿con 32 años?) ha decidido trabajar unos meses como ayudante en un club de buceo. O dos españoles, que se toman las vacaciones después de un intenso verano enseñando kite surfing en las playas de Cádiz navegando en las aguas mozambiqueñas y sudafricanas. Entre todos, la fiesta de Halloween, que nos sorprendió en este lugar, resultó tener su punto surrealista.

Parque Natural de Cosy Bay
Dos autobuses y unos cuantos kilómetros de autoestop después, el punto final en el mapa de Sudáfrica: CosyBay. El último de los parques naturales de la zona en forma de cuatro lagos de agua salada comunicados por estrechísimos canales. Atestado de jaulas trampa para la pesca, hechas con cañas de bambú. Poblado por manadas de rinocerontes. Vigilado por cocodrilos. Y visitado por la mejor colección de aves de todo el país, que se acercan a estas marismas, con cierto aire de Doñana, en sus migraciones. Cosy Bay, espacio tan protegido que sólo puede visitarse en barco, ofrece una playa tan virgen como inaccesible y la oportunidad de hacer un poco de snorkel en agua dulce para ver por debajo del agua cómo los peces de todos los colores quedan atrapados en las jaulas artesanas.

Cestas para pescado
Y sin tiempo para más, aún mojado de aguas dulces esta vez, y tras muchas semanas intercaladas en tierra de Sudáfrica, crucé el puesto fronterizo de Cosy Bay en dirección a Mozambique, y dejé atrás este país vasto, hermoso, contradictorio e inolvidable llamado Sudáfrica.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Tu vecino el hipopótamo

Un vez comprendí que había visto todo lo que tenía que ver en la Wild Coast, y que si permanecía allí una semana más iba a verme seriamente afectado por la “Fiebre Pondo”, decidí tomar un autobús, salir de la región del Cabo Oriental y, tras pasar un puerto de montaña con toda la niebla y la lluvia que uno espera de la primavera sudafricana, entrar en la región de Kwazulu-Natal, la más al este del país.

No alimentes a los cocodrilos. Ajá
Cuidado: mascotas sueltas por la playa
El día de Navidad de 1497 el explorador portugués Vasco de Gama divisó la costa de este territorio y decidió ponerle el nombre de Natal (Navidad en portugués). Siglos después, el pueblo Zulú, a las órdenes del Rey Shaka (que algunos recordarán por la serie de televisión ShakaZulú), provocó el pánico y fue el terror de los pueblos vecinos, dada la ferocidad de Shaka y sus gentes. Los ingleses tardaron 300 años en conquistar este territorio y tras el fin del Apartheid, en 1994, la región se rebautizó como Kwazulu-Natal, en ,honor al pueblo Zulú y también al nombre dado por Vasco de Gama hace ya más de 500 años. Y aún hoy, la zona de Zululand y el legado del pueblo Zulú sigue siendo de lo más interesante de esta región.

Sin tiempo más que para conseguir mi visado de Mozambique, abandoné Durban, la tercera ciudad del país y que algunos futboleros recordarán por ser la sede en la que Españajugó su primera fase en el Mundial de Fútbol de 2010. Mis escasas horas en esta ciudad bastaron para constatar que, como dicen, es la ciudad con mayor población india del mundo fuera de India, y que su puerto es de los más importantes de todo el continente africano. Más allá del curry, de su flamante nuevo estadio de fútbol y de sus posibilidades como destino marítimo, la ciudad no ofrece mucho más, por lo que emprendí camino a la zona de Santa Lucía, unos 100km al norte de Durban.

Consejitos por si te cruzas con
el hipopótamo
Santa Lucía es Patrimonio Mundial de la Unesco, comprende cientos de miles de hectáreas de zonas protegidas, ecosistemas delicados, arrecifes, playas, bosques y muchos lagos. a lo largo de 280 km de costa. Se podría decir que su capital es el Estuario de Santa Lucía, donde comienza una playa kilométrica, virgen, con desembocaduras de varios ríos a su alrededor y varias reservas de animales. Pero lo que realmente llama la atención de Santa Lucía es que animales salvajes, en concreto los hipopótamos y los cocodrilos, forman parte del paisaje urbano y, al parecer, gozan del mismo estatus que los propios vecinos de la ciudad. Uno encuentra cómico el cartel en el hostel que avisa de la presencia de hipopótamos en las calles (recordemos que se trata de uno de los animales que más muertes causa al año en el mundo) y que aporta ciertos consejos en caso de cruzarse con uno. También parece ridícula, una broma, la señal que prohíbe alimentar a los cocodrilos, como si esta fuera una actividad de lo más habitual y uno llevara a sus críos a darle un poco de pan a los cocodrilos que se encuentra en el camino. Pero es que es así: los hipopótamos andan por las calles, cruzan la carretera para ir de un lado a otro del estuario, aparecen en la playa sin previo aviso y por supuesto campan a sus anchas en la orilla del río. Sí, vi hipopótamos y seguí los consejos de seguridad: no acercarme, no interponerme entre ellos y el agua, no alimentarles ni pedirles que levantaran la patita. Como no alquilé una bici no tuve que preocuparme por no circular con ella por la noche, cuando un hippo es prácticamente invisible y un choque contra uno de ellos es, con certeza, lo último que se hace en esta vida. Cocodrilos no me encontré, lo reconozco, pero en cualquier caso tampoco me hubiera puesto a darles de comer. Al parecer ya tienen bastante con los peces del estuario y algún que otro turista que, de vez en cuando, se empeña en no seguir las recomendaciones y, posiblemente borracho, se acerca a acariciar a estas simpáticas criaturas.  

domingo, 4 de noviembre de 2012

La fiebre pondo

Ojito con nadar: tiburón al achecho

Stephanie es suiza, tiene 28 años, una cara preciosa e inocente y, desde hace más de un año, se gana la vida como profesora de yoga y pilates y poniendo en práctica sus estudios de fisioterapia con los turistas que llegan a Port St Johns,en la Wild Coast de Sudáfrica. Los ojos de Stephanie, del mismo color azul intenso que las aguas del Índico en un día nublado, se humedecen ligeramente cuando se le pregunta por su familia, su opinión de que esté aquí y cuando se le pregunta con suavidad si tiene pensado quedarse mucho tiempo en este lugar. “Estuve prometida, pero poco antes de casarme me di cuenta de que aquella no era la vida que quería tener”, me confiesa. “Decidí venir al Transkei, que ya conocía de unas vacaciones, y quedarme aquí. Este es mi lugar”. Stephanie no lo sabe, pero ha contraído la fiebre Pondo o “Pondo fever”, como la llaman aquí.

Atardecer en Port St.Johns. Sin photoshop.
Uno de los libritos que recopila una buena parte de los albergues para mochileros de Sudáfrica define con mucho humor a la fiebre Pondo como “un mal que aqueja a algunos mochileros y les impide recordar qué día de la semana es. Es casos extremos, los viajeros son incapaces de recordar el camino de regreso a casa”. Eso es la fiebre Pondo, lo que sufre Stephanie y docenas de viajeros más que me he cruzado en la Wild Coast y el Transkei(una región de Sudáfrica a la que los ingleses sometieron con mucho esfuerzo y que gozaba de mucha independencia hasta el final del Apartheid). Vicky, la gerente del Coffee Shack de Coffee Bay, me cuenta que algunos de sus clientes se pasan semanas, meses y algunos hasta un año. “Llegan como tú, con una mochila, en medio de sus vacaciones por Sudáfrica, pero se quedan. Sólo vuelven a casa para poder renovar el visado”.

El "sencillo" acceso a un de os acantilados
¿Qué tiene este lugar para ser el origen de la fiebre Pondo? ¿Qué siente Stephanie, mi profesora de yoga, para no poder abandonar este lugar? Quizá sea la playa, donde los carteles avisan que los ataques de tiburones son frecuentes y por lo tanto el baño (y mucho menos el surf) no es recomendable. Quizá sea el punto más alto del acantilado, al que se llega deslizándose por una cable de acero y unas escaleras no aptas para viajeros con vértigo, y desde donde el rugido del océano en los días de viento entra por un agujero similar al “Peine del viento” de San Sebastián, aunque muchísimo menos accesible. O quizá sean los atardeceres, propios del fin del mundo, con colores vivos sobre un mar rodeado por acantilados y un cielo abriéndose en mil tonos.




Posado por la posteridad. Yoga en en el acantilado.
Stephanie, a la que invito a un café después de una clase particular de yoga en la playa (días antes había dado mi primera clase de yoga en lo alto de un acantilado de Coffee Bay y acompañado de las dos holandesas) me reconoce que con dos o tres clases a la semana y algún masaje ocasional tiene suficiente para vivir. El hostel le deja una cama gratis y la comida, y el resto del tiempo es suficiente para colaborar con la comunidad local, poner a la venta en su pequeña tienda dentro del hostel los bolsos y colgantes que las mujeres del Transkei fabrican y dejar pasar el tiempo. Habla despacio, su inglés no es muy fluido, pero la calma que transmiten sus palabras es de la que te hacen reflexionar y recordar que, sin duda, hay muchos tipos de vida diferentes. Aunque quizá tengamos que dejarnos enfermar por la fiebre Pondo para darnos cuenta.