martes, 30 de octubre de 2012

El ABC de la Wild Coast


Aconsejado por la Biblia, siguiendo las huellas de docenas que mochileros que me encontré en el camino, ansioso por conocer en primera persona qué había de especial allí y acortando la distancia hasta la frontera con Mozambique, dí con mi mochila en la Wild Coast o costa salvaje sudafricana. Y me sorprendió tanto, para bien, que me fue difícil escapar de allí De hecho, sólo fui capaz de hacerlo cuando hube conocido de primera mano su ABC al completo (Amapondo, coffee Bay y Chintsa).

La playa de Chintsa, a la hora del desayuno
Chintsa, mi primer destino de la Wild Coast, engancha desde el primer momento en el que se desayuna en la terraza de su hostel con vistas a una playa que, aun dedicando 4 horas a su paseo, uno no es capaz de abarcar. Su playa, precisamente, es el principal atractivo de un lugar tranquilo y relajado, donde el bar del mítico Buccanears Hostel es de lejos el punto más bullicioso de la zona. Mama Tofu, a la que ya conocéis, no vive muy lejos de aquí.

¿Gozo en Malta? No, Hole in the Wall en Coffee Bay
Todo cambia radicalmente en Coffee Bay, unos cien kilómetros más al este. Un verdadera Meca de los mochileros, el lugar soñado por todo viajero de bajo presupuesto y un edén donde todo lo que a uno le han contado previamente se queda corto comparado con lo que en realidad encuentra. Coffee Bay, y su popularísimo Hostel Coffee Shack, ofrece al viajero comidas abundantes, clases de surf a 4 euros las dos horas, alojamiento barato (aunque para ello algunos huéspedes tengan que dormir al otro lado del río y cruzarlo cada noche a la hora de dormir, incluso cuando la lluvia ha hecho subir el caudal a la altura de las caderas), vendedores cadavéricos de marihuana a la puerta del hostel y mucha diversión. Su personal hace plausibles esfuerzos para que el ambiente nocturno nunca decaiga, y a las partidas colectivas de billar se suman las fiestas de disfraces, la regla del búfalo en el bar (si te pillan bebiendo con la mano derecha y te gritan ¡búfalo! debes beberte la cerveza de un trago) o incluso el simpático cantante brasileño que cada noche se acerca al fuego y canta en portugués porque “no es capaz de memorizar ninguna canción en inglés”. De Coffee Bay, llamada así porque en 1863 un carguero repleto de café en grano naufragó en su playa, salen varias excursiones de un día, pero ninguna tan famosa como la que va hasta el “Hole in the wall”. A este agujero natural en una enorme roca, enfrente de la costa, y que recuerda a aquel que una vez vi en Gozo, se llega tras recorrer 10 km de acantilados y colinas, normalmente enfrentándose a un viento extremo y salvando dos cascadas en el camino. Si uno puede darse el lujo de, a mitad de camino, zamparse unos calamares recién pescados, los 10 km de vuelta al hostel se hacen más llevadores, superando el trauma de no haber encontrado un solo coche que quisiera aceptar su petición de autostop.

Bosques tropicales en Port St. Johns
Pensé, con acierto, que Coffee Bay era el lugar ideal para iniciarme en el mundo del surf. Así que una mañana lluviosa y templada me puse el traje de neopreno, tomé la tabla gigante que me prestaron, escuché con atención las instrucciones de mi profesor y, tras varios intentos, conseguí ponerme de pié sobre la tabla mientras una ola en dirección a la playa (no penséis que tomé una ola gigante y pasé por debajo de ella así, como si nada) me empujaba con cierta energía. El resultado: un cansancio extremo, rodillas despellejadas y muchas ganas de repetir. Y es que ahí, dentro del océano Índico, bajo la lluvia y mirando al horizonte esperando una nueva ola con fuerza suficiente para subir a la tabla y ser empujado, se pierde con facilidad la noción del tiempo y cualquiera que sea la sustancia química encargada de producir felicidad en el cerebro, esta se segrega a toda velocidad.

Algo parecido a un cocido montañes
Mucho menos turística y más hippie, situada en la desembocadura de un río y rodeada por una espectacular vegetación tropical, se encuentra Port St. Johns. Un ambiente místico y budista envuelve el Amapondo Hostel, un referente en el lugar cuyos nuevos dueños a veces confunden el rollito buen kharma con los torneos de poker. La playa de Port St. Johns, que también la tiene, queda en un segundo plano cuando uno se adentra en el parque natural vecino y recorre los caminos embarrados a través de auténticas selvas tropicales, densas y salvajes. Una de las rutas más populares termina en un suburbio en lo alto de la colina, y el guía te invita a su casa (invitación previo pago, claro está) donde la mama ha preparado la comida. Disfrutar de un cocido de alubias y pollo que de alguna manera muy remota me recordó a un cocido montañés de mi madre, en compañía de dos holandesas con las que llevaba días viajando fue quizá de lo más memorable de los días en aquél lugar del mundo llamado Wild Coast y que se me antoja destino imprescindible para cualquier visitante de Sudáfrica.  

sábado, 27 de octubre de 2012

Las enseñanzas de Mama Tofu


Una mañana de octubre, Sergio Rozalén se despertó a las 5, desayunó junto a un grupo de canadienses de Québec con los que intercambió cuatro frases de mal francés, salió a la puerta del Malalea Lodge de Lesoto y montó en un taxi mini-bus. Dos horas después, una vez el pequeño vehículo se hubo llenado por completo, emprendió marcha a Maseru, donde llegó tres horas más tarde. Allí, otro taxi iba a transportarle al Maseru Bridge, principal paso fronterizo con Sudáfrica. Tras discutir con un funcionario del gobierno de Lesoto y convencerle de que el motivo por el que no existía sello basoto en su pasaporte era que no había pasado por ningún puesto de control fronterizo al entrar en el país, Rozalén anduvo dos kilómetros de tierra de nadie, cruzó el río Caledón, entró en Sudáfrica, tomó un autobús y tres horas y dos controles policiales después alcanzó Bloemfontein, la capital judicial de Sudáfrica. Allí, tras sentirse perdido por los mercadillos callejeros, encontró un taxi que le llevó al, posiblemente, peor hostel que Sergio haya visitado jamás. En el Naval Hill Hostel de Bloemfontein, después de pasar unas horas con un encargado alcohólico que alardeaba de ser médico y que jugaba al póquer con unos adolescentes fumadores de hierba, Rozalén comprendió que no era conveniente pasar allí la noche así que decidió ir a la estación de autobuses de la ciudad. En aquel lugar, rodeado de la gente más simpática y saludable de la ciudad, aguardó hasta los doce y media de la noche, hora en la que, puntual, apareció un autobús de dos pisos pero carente de comodidades para dormir que habría de trasladarle a East London. 9 horas y media de intensa lluvia después, Rozalén llegó al único puerto fluvial de Sudáfrica, donde un taxi cochambroso conducido por un anciano obeso primero, y un taxi manejado por un abuelo que cuidaba de su nieto después, llegó a Chintsa, la primera población de la Wild Coast sudafricana. Y allí, al fin, con vistas al paraíso, descansó.

La Wild Coast o Costa Salvaje de Sudáfrica, sorprendentemente parecida a la costa cantábrica española, se extiende 350 km a lo largo de espectaculares acantilados donde las aguas del océano Índico golpean con fuerza y alimentan una frondosa vegetación subtropical que rodea misteriosas cuevas y kilométricas playas vírgenes de arena blanca y árboles fosilizados. Es uno de los lugares más visitados por los mochileros que visitan Sudáfrica y que, atraídos por su ambiente místico y ciertamente hippie, pierden aquí la noción del tiempo y se dejan llevar por los cantos de sirena, el sonido de los tambores, el rugido de las mejores olas para surfear del país y el espectáculo de sus cascadas y acantilados.

Todo lo que Mama Tofu necesita para
explicar la cultura Xoxha
Apenas sin tiempo para empezar a disfrutar de la playa, los paseos por la arena y los primeros kilómetros que conseguí correr en dos meses, decidí unirme a una visita cultural para conocer un poblado xoxha. Los Xoxha o xosas son uno de los muchos grupos étnicos de Sudáfrica, suponen más o menos el 20% de la población del país y son conocidos, entre otras cosas, por su particular idioma, el xhoxa, una lengua tonal con consonantes con clic. ¿Esto qué es? Pues unos chasquidos o clics que acompañan a las palabras y que, a un occidental, le suenan ciertamente divertidos. No es exclusivo de los xoxhas, ni mucho menos, y de hecho en Namibia ya lo escuché a algunas personas. Para saber de lo que hablo, quizá sea interesante recordar este video grabado hace semanas.

94 años muy bien llevados
Pero la visita cultural a un poblado xoxha fue interesante, sobre todo, por haber podido conocer a Mama Tofu. Esta encantadora anciana que hace dos semanas cumplió 94 años recibe a los insensatos turistas y con una energía desbordante, un correcto y divertido inglés y un fino sentido del humor, explica los rasgos básicos de su cultura, el día a día de su poblado y, sobre todo las técnicas amatorias y de cortejo más adecuadas a nuestros tiempos. Por ejemplo, el hombre nunca debe pedir sexo a la mujer sin antes preguntarle su nombre, pues de otro modo se considera de mala educación y excesivamente directo. Respecto a los matrimonios, la tasa actual de ganado para casarse con una joven virgen del poblado es de 17 vacas. La tasa de penalización por desvirgar a una joven y no casarse con ella es de 7 vacas. Una esposa que no da hijos a un hombre supone la devolución del ganado por parte de la familia de la joven, aunque esta no es expulsada del poblado, tan solo relegada a una casa de peor calidad. Una mujer joven y soltera pero con un hijo me fue ofrecida por Mama Tofu al interesante precio de 10 vacas. “No es virgen” - me dijo - “por eso es más barata”. Estos interesantes flujos de mercancía generan que las familias formadas por muchas niñas y pocos varones se hagan, a la larga, ricas, ya que reciben muchas cabezas de ganado a medida que sus hijas se casan y, por el contrario, tienen que desembolsar pocas vacas por sus pocos hijos en edad de casarse.


Niños xhoxas
Mama Tofu, una institución en la zona, exhibe orgullosa la docena de artículos publicados en prensa con su historia. Viuda desde hace más de 30 años, Mama Tofu parece de verdad disfrutar con cada visita de turistas que recibe. En la despedida, baila como la que más, organiza los cánticos de los niños y se sorprende sobremanera de que algunos de nosotros, a nuestra edad, no hayamos pagado ya nuestras 17 vacas a la familia de nuestra mujer porque, sencillamente, no tenemos esposa. 

miércoles, 24 de octubre de 2012

The Lesotho Experience

La casa rural basota
Viajar por Lesoto, aunque sólo sea durante unos días, puede resultar una experiencia inolvidable y completamente diferente al resto de las demás en África del Sur. Todo, absolutamente todo, cambia una vez se cruza la frontera desde Sudáfrica (único país desde el que se puede entrar, ya que Lesoto está totalmente rodeado por este país). De hecho, si se entra por la frontera noreste del país, cerca de la zona de North Drakensberg, el puesto fronterizo de Lesoto brilla por su ausencia, y uno sabe que ha entrado en la tierra de los basoto porque le acaban de estampar el sello de salida sudafricano. Dicen que una riada se llevó por delante el puesto fronterizo, yo creo que no tienen suficiente presupuesto para poner uno allí.

Lo que para la mayoría de los turistas es una excursión de un día a Lesoto, saliendo del Amphitheatre Hostel por la mañana y regresando por la tarde, tras haber visitado la primera aldea basota pasada la frontera, se convirtió para mi en una experiencia de 5 días en la que me vi abducido por un país carente de todo tipo de comodidades modernas pero al mismo tiempo hipnótico y envolvente para viajeros que no buscan destinos convencionales. Le dije a mi guía que me quería quedar en Lesoto y que no volvía al hostel, así que me buscó alguien de la comunidad que pudiera darnos cobijo y acogernos una noche en aquel pequeño pueblo. Y hablo en plural porque Sheila, una alemana de origen indio, decidió seguir mis pasos y quedarse dos días conmigo (ella habría de regresar a Drakensberg con la próxima excursión dos días después). A la postre, se convertiría en la compañera de la mitad de mi experiencia en Lesoto.  Así que, dicho y hecho, a las 4 de la tarde nos vimos en manos de un profesor de la escuela de primaria de la zona, casado y con dos hijos, que nos llevó a su casa donde íbamos a pasar la noche. Y su casa, como la mayoría de las casas tradicionales en Lesoto, era una rondavel, un tipo de cabaña redonda hecha con adobe y techo de paja, sorprendentemente parecida a las yurtas mongolas.

Ahora ya conozco mi futuro, gracias al sangoma
Antes de anochecer, nuestro anfitrión nos propuso alquilar unos caballos (los llaman ponys, pero en realidad son caballos un poco más pequeños y delgados de lo habitual) para visitar al sangoma local, es decir, el curandero/adivino/mago/oráculo de la zona. Los basotos son muy supersticiosos y con una arraigada creencia en los ancestros, y desarrollan sus propios amuletos y rituales. Así que allí nos vimos, delante del curandero que, tras quemar unas hierbas, meter el humo en una bolsa, hacernos soplar dentro de ella y arrojar al suelo unas piedras, patas de mono, plumas de aves y conchas de mar que había en su interior, nos leyó el futuro e interpretó nuestro presente a Sheila y a mi. Lo siento, no puedo deciros lo que los ancestros me revelaron, pero os diré que casi todo era bueno...

Sheila preparando buñuelos para el dia siguiente
Llegado el momento de la cena, la mujer de nuestro anfitrión cocinó espinacas frescas, un poco de pollo y el típico puré hecho con maíz. La cena, como la preparación de la misma, tuvo lugar bajo la luz de las velas ya que en este poblado, como en la gran mayoría de las zonas rurales de Lesoto, no hay electricidad ni agua corriente. Eso significa no televisión, no teléfonos móviles, no baños como los conocemos (los servicios son fosas sépticas cavadas en el suelo) y no vida más allá del atardecer que no sea bajo la luz de las velas. Antes de dormir dentro de la casa circular preparamos el desayuno para el día siguiente: fat cakes o una especie de buñuelos, absolutamente deliciosos cuando se toman recién hechos a las 5 de la mañana, bajo un intenso frío, sin luz y antes de coger el “taxi mini-bus” a nuestro próximo destino.

Cantautor espontaneo y su guitarra de tres cuerdas
Después de 3 horas de viaje para hacer 50 km en un autobús de 15 plazas en el que, en un momento dado, conté 23 pasajeros, llegamos a Butha-Buthe, pequeña población con lujos como electricidad, agua potable canalizada y una calle principal asfaltada. Nuestra guía Lonely Planet nos llevó al Albergue de la Juventud de la ciudad donde iba a aparecer en nuestras vidas un personaje legendario: Mr. Ramakatane. Se trata de un anciano de 75 años con una energía envidiable, fundador del movimiento de Albergues Internacionales en Lesotho hace 30 años y que mantiene su hostel como hobby, ya que apenas recibe visitantes. Ramakatane, fotógrafo, periodista, ex diputado de su país, ganador de innumerables premios y persona muy respetada en la comunidad, exhibe orgulloso su libro de visitas al hostel y pide encarecidamente que escribas en él. Su hospitalidad está a otro nivel, y alojarse en su hostel (a 4 km de la ciudad por un camino de barro imposible para coches convencionales) implica pasar parte del día con él, conocer a los vecinos, entrar en sus casas, recoger con el coche a jóvenes músicos que hacen autostop y por supuesto ir a la propia casa de Ramakatane, donde es obligado repasar el álbum de fotos familiar. Al día siguiente, Ramakatane me iba a llevar gratis a Maseru, la capital del país, a bordo de un coche del gobierno de Lesoto y acompañado de dos diputados nacionales. Impagable.

Cena bajo la luz de las velas
Poco o nada hay que hacer en Butha-Buthe, más allá de visitar la cueva de Liphofung, regatear hasta el aburrimiento con taxistas que cambian sus tarifas sobre la marcha y preparar la cena lo antes posible para no tener que cocinar bajo la luz de las velas. Y allí, bajo la lluvia que golpeaba en el tejado de uralita; sacando agua del pozo para cocinar, jugando a las canicas con los vecinos, cubiertos bajo 3 mantas y cenando humildemente y casi a oscuras, es cuando Sheila y yo entendimos que estábamos disfrutando de una inolvidable “Lesotho Experience”.


Pony de Lesoto

Al día siguiente, después de andar 4 km bajo la lluvia y sobre el barro, despedirme de Sheila, ir en coche a Maseru y tomar dos autobuses más, llegue a Malealea, posiblemente el lugar más interesante del país y en donde el Malealea Lodge, una institución turística del país, ha convertido esta zona rural y deprimida en un destino obligado para los viajeros que visitan Lesoto. Malealea tiene todo lo que uno puede buscar: tranquilidad, un buen restaurante, habitaciones encantadoras y todo tipo de actividades entra las que destaca el paseo en pony. Así que, por supuesto, y después de dormir la primera noche en el suelo del comedor del hostel porque no había una sola habitación libre, hice mi paseo en pony a unas cascadas cercanas, conociendo en el camino a simpáticos agricultores y pastores, algunos de ellos niños. El Malealea Lodge ha creado un centro de comercio justo y colabora activamente con la comunidad. En dos días conocí 2 grupos de 20 estudiantes americanos cada uno que pasaban un mes allí, colaborando con los habitantes del poblado, además de varios voluntarios de varios países que están logrando, poco a poco, que Malealea saque la cabeza y sus hijos puedan ir a la escuela en lugar de dedicar su vida al pastoreo.

Y allí, escuchando al coro local que cada tarde canta gratis en el Malealea Lodge y arropándome en la cama a las diez de la noche, cuando los generadores eléctricos del hostel se apagan, iba a estar a punto de terminar la experiencia en este pequeño pero diferente rincón del mundo llamado Lesoto.

martes, 23 de octubre de 2012

En tierra de los basoto

Montañas omnipresentes en Lesoto

Bienvenidos a Lesoto, el “reino mágico de las montañas”, el hogar del pueblo basoto, el país más alto del mundo (considerando que su punto más bajo, 1.300m de altitud, es el mas alto del planeta) y, sin lugar a dudas, el más auténtico de los lugares que haya conocido desde que comenzara a explorar África.

La cerveza nacional sólo se puede probar en Lesoto
Lesoto, rodeado en su totalidad por territorio sudafricano, con una extensión de 30.000 km2 y una población de apenas dos millones de habitantes, es el más pobre de los países de la región, pero es testigo de una Historia rocambolesca y casi increíble que le ha permitido no sólo seguir independiente a pesar de la amenaza de su vecino sudafricano, sino también mantener con orgullo sus costumbres ancestrales y un modo de vida que, en ocasiones, parece ciertamente medieval. Según me dijo un guía turístico que conocí hace unos días, “el único motivo por el que los ingleses dejaron a Lesoto ser independiente fue porque no encontraron nada de valor allí”. Y, si por “algo de valor” no entendemos cultura e historia, efectivamente Lesoto no es un país rico. La mayoría de los basotos viven de la agricultura y la ganadería y unos pocos empiezan a hacer algo de dinero con el turismo. Reconozco que he visto en Lesoto técnicas agrarias que antes sólo había visto en películas, como el uso de bueyes y yuntas tirando de un rastrillo para arar la tierra.
El pastoreo es la forma de vida de la mayoría de los basotos

Los basotos, que hablan el idioma sotho, nunca sufrieron la política del Apartheid de su vecino, por lo que los dos mundos que he visto en Sudáfrica no son tales aquí. Y, como consecuencia, el trato con el blanco y el extranjero es muy cordial. De hecho, podría decir que es el país más hospitalario y cercano que he visitado en el sur de África. Esto no riñe con su orgullo como nación, su conservación de costumbres y la preservación de una cultura patria. Por ejemplo, el uso del manto basoto (una manta de lana sujeta con un imperdible y que hombres y mujeres se colocan de manera diferente) que la mayoría de los habitantes no urbanos del país visten en su día a día para protegerse del intenso frío.

 
Muy poco a poco Lesoto se abre al turismo
Y, sobre todo, Lesoto es el país de las montañas. La mayor parte del país está por encima de los 2.000 metros y la cordillera Drakensberg ocupa toda la parte este del país conformando la frontera con Sudáfrica. Como dije, de todos los países del mundo Lesoto tiene el punto inferior más alto y la montaña Thabana-Ntlenyana (3.482m) es la más alta de África después del Kilimanjaro. Se mire donde se mire, en cualquier parte del país, uno puede ver montañas a su alrededor, lo que le permite ser un privilegiado lugar para la escalada, el trekking, el esquí (tienen alguna pista en el interior del país) o los paseos en pony (uno de los animales más importantes del país). El agua se puede considerar la mayor riqueza del país y, de hecho, con el apoyo de Sudáfrica (que necesita el líquido elemento proveniente de Lesoto) se ha llevado a cabo en los últimos años vastas obra civiles para el aprovechamiento del agua de las montañas, entre ellas algunas presas descomunales.
 
Probablemento, la gente más hospitalaria
del sur de África
Lesoto no es un lugar fácil, ni mucho menos, para el turista. A veces parece que uno llega aquí por casualidad, pero una vez dentro es complicado salir: en parte por las difíciles condiciones de vida y de transporte, en parte por el encanto de un país aislado por su propia geografía. Fuera de casi todas las rutas turísticas que recorren el sur de África, Lesoto es una isla en tierra en la que el viajero sentirá la dureza y la belleza de un modo de vida muchos muchos años atrás en el tiempo.

lunes, 22 de octubre de 2012

La montaña del Dragón

A mitad de camino entre la rica región de Gauteng (donde están Johannesburg y Pretoria) y la costa sureste de Sudáfrica, y haciendo las veces de frontera natural con el Reino de Lesotho, aparecen majestuosas las montañas de la Cordillera deDrakensberg, “Montañas del Dragón” en afrikáans, aunque los zulúes (el pueblo del gran Shaka) la llamaron Quathlamba, que significa “almena de lanzas”. En Drakensberg se concentran las montañas, los puertos y las cascadas más altas de Sudáfrica, además del paso fronterizo más elevado del continente, el famoso Sani Pass entre Sudáfrica y Lesoto. Es un espectáculo natural difícil de describir y de acceder, al que tuve la suerte de dedicarle, casi por casualidad, dos días de mi viaje.


Al fondo, el pico"Amphitheatre"
No se me ocurre un sitio mejor para explorar Drakensberg que el Amphitheatre Backpackers Hostel, en el “top ten” de los hostels que haya pisado en mi vida, y que “vende” de tal manera sus excursiones y actividades que uno no puede negarse a hacerlas. ¿Por qué Amphitheatre? Porque así se llama una de las cumbres más impactantes de la cordillera: una pared de piedra de 8 kilómetros de largo con acantilados y cañones, y de donde sale un increíble (debe de serlo, sin duda) trekking de 5 días de duración con llegada al Cathedral, otro de los picos estrella de la cordillera.

Comida en el abismo
Los viajeros con menos ganas de andar 5 días seguidos por la montaña se conforman, por ejemplo, con subir al Sentinel (el Centinela), otra mole de piedra a la que se accede después de 4 horas de caminata desde la entrada del parque natural. En la cumbre del Sentinel, después de comer frente a una pared de piedra con los pies colgando sobre el abismo, se encuentran las cascadas de Tugela, las más altas de África y que en sus cinco etapas suman un total de 850 metros de altura. Para los atrevidos y no preocupados por el frío, un par de pozas permiten bañarse a la nada despreciable altura de 3.000 metros.


Todo es perfecto en este trekking hasta que llega el momento de descender del Sentinel. El guía, que en algunas ocasiones se ha referido a “unas escaleras”, te lleva hasta el lugar donde hay que descender, de golpe, 30 metros para acceder al camino que lleva hasta la entrada del parque. ¿Y cómo se descienden esos 30 metros? Por unas escaleras, sí, pero no unas normales, sino unas colgantes de hierro que penden sobre la pared de la montaña, ciertamente inestables y sin más seguridad que los propios dedos de uno que le sujetan al pasamanos. Así que allí me vi, jugándome la vida por cuarta vez en un mes, pensando que algo así jamás estaría permitido en Europa, canturreando para mí mismo y sin mirar abajo para que las piernas no me temblaran más. Completada la primera escalera de 6 metros de altura, espera la siguiente, de 20 metros, que se completa pasito a pasito, peldañito a peldañito, donde a veces no hay hueco para apoyar el pié por que la escalera está demasiado pegada a la piedra, y donde en ocasiones la escalera se mueve, señal de que un nuevo compañero ha empezado su recorrido u otro lo ha terminado. Un mareo, un resbalón, una pequeña duda y esperan 20 metros de caída libre. Eso sí, como suele suceder, la subida de adrenalina al terminar la hazaña es espectacular y uno casi tiene ganas de subirlas de nuevo para descenderlas otras vez: “algo dentro de mi inexplicable que hará que ahora vuelva a repetir, ¿querrás consentir a quien quiere vivir así?”.

Para los muy interesados, hay vídeo del momento.

sábado, 20 de octubre de 2012

Johannesburgo o el epicentro de los mundos en burbujas


Reconozco que me da un poco de apuro escribir públicamente sobre Johannesburgo, sabiendo que la gran Lola García Ajofrín Romero Salazar leerá este post. Lola, que se pasó el mundial de Sudáfrica en esta ciudad y que se la conoce de día y sobre todo de noche. Y reconozco también que asumir mi presencia en Johannesburgo supone romper una regla que intento respetar, que es aquella que contaba Sabina de “al lugar donde has sido feliz nodebieras tratar de volver”. Y es que fue aquí, en la ciudad que todo el mundo abrevia como Joburg, donde España ganó aquella final del Mundial del 2010 y que yo tuve la suerte de ver en directo junto con Álvaro Santos. Entre estas dos fotos hay más de dos años y algún que otro cambio de vida.

...y dos años después
España 1 Holanda 0














¿Por dónde entras tú?
Johannesburgo, la capital comercial de Sudáfrica, una de las ciudades más grandes y pobladas de África y epicentro de los cambios socio políticos del país en los últimos años, es el lugar ideal para maravillarse por la existencia de los dos mundos, el de los blancos y el de los negros, que viven en sus burbujas particulares y sin tocarse a pesar de que se cumplan más de 20 años del fin del Apartheid. Es la ciudad del miedo, del “ni se te ocurra salir a la calle por la noche”, donde el coche es necesario para comprar el periódico y donde las casas con vallas electrificadas y los carteles de “Seguridad con respuesta armada” son moneda común. La ciudad de paso para la mayoría de los turistas de la zona gracias a su enorme aeropuerto y el lugar donde, si se buscan atracciones turísticas, es difícil encontrar más de dos principales: el museo del Apartheid y el suburbio de Soweto.

El museo del Apartheid es, quizá, el mejor que haya visitado nunca. Originalmente concebido, perfectamente documentado y ordenado y con material de sobra para pasar cinco horas recorriendo sus pasillos al más puro estilo IKEA. De entrada, el museo impacta: el ticket de entrada al mismo obliga al visitante a entrar por una de las dos puertas de acceso, la de los blancos o la de los negros. Esto normalmente te separa durante unos minutos de tu acompañante, lo que permite experimentar, de verdad, lo que la segregación racial supuso durante 40 largos años en este país. La figura de Nelson Mandela, que cuenta con su propio museo dentro de este, es por supuesto omnipresente, y los pequeños documentales de 15 minutos dan un idea exacta de lo sucedido. Una visita obligada.

"Al infierno con el Afrikáans"
Soweto (literalmente South-Western Township, suroeste de la ciudad) es el suburbio más famoso de Sudáfrica y quizá del mundo. Nació de las políticas del Apartheid de segregar a los negros y mestizos a una zona lo suficientemente apartada del corazón de la ciudad, y representó un papel fundamental en las revueltas contra las políticas segregacionistas. En especial en los disturbios del 16 de junio de 1976, cuando los estudiantes negros del Distrito protestaron en masa por la utilización del afrikáans (la lengua de los blancos, principalmente) en las escuelas y la policía abrió fuego contra los adolescentes. Este suceso, contado al detalle en el museo de Soweto, supuso un punto de inflexión en la lucha contra el Apartheid, que vería el final de sus días en 1990 con el gobierno de De Clerk, la liberación de Mandela y su victoria en las elecciones de 1994. Soweto es hoy un suburbio de 4 millones de habitantes, enorme y de crecimiento descontrolado, donde conviven los negros más pobres con una nueva clase media que ha sabido hacerse un hueco en una sociedad con el dinero en manos de los blancos. Es el rayo de luz de esperanza para este país, como me lo demostró Smith, nacido en Soweto y que a juzgar por el coche que conduce ha conseguido escapar del estigma de pobreza para formar parte de esa nueva clase media que no mira a los blancos ni con desprecio ni con complejo de inferioridad. Smith nos enseñó Soweto (el lugar al que siempre vuelve, nos dijo), sus museos, la casa original de Mandela (hoy convertida en otro museo) y uno de los restaurantes típicos del suburbio, antes de llevarnos al Soccer City Stadium donde, casualidades de la vida, ambos estábamos dentro aquel 7 de julio de 2010, día de la final.

Los mejores guías posibles de Soweto
Tuve la suerte de escuchar a las dos partes implicadas en este mundo de burbujas que no se cruzan jamás, ya que pasé dos agradables tardes con Karren, blanca sudafricana y residente en un hogar con paranoia por la seguridad. Junto a ella conocí los restaurantes y locales nocturnos de blancos, los parques donde los blancos pasean con total seguridad y los barrios donde es posible aparcar el coche sin temor a qué se encontrará uno al volver. Karren, encantadora, amabilísima y consciente de la situación de su país, fue la que me contó que una mujer tiene derecho a saltarse un semáforo en rojo por la noche, si viaja sola; que las nuevas leyes de integración laboral de los negros perjudican gravemente a los blancos y por lo tanto a la mayoría de las empresas del país; y que hasta que no cumplió 13 años no vio a ningún negro de cerca, porque la vida durante el Apartheid era feliz e inconsciente para los que gozaban de los privilegios.

Uno se marcha de Johannesburgo con la sensación de que algo importante está pasando ahí fuera, en esas calles que uno apenas se atreve a pisar y menos aún de noche. Que algo está cambiando en la polarizada sociedad sudafricana que alcanza su máxima expresión en la descomunal Joburg. Y que quizá, dentro de unos años, las burbujas exploten y sus ciudadanos aprendan a vivir juntos y revueltos.  

martes, 16 de octubre de 2012

Sudáfrica, capital Pretoria

Por segunda vez dejé atrás Botsuana y su aburridísima capital para, 5 semanas después de que saliera de Ciudad del Cabo a principios de septiembre, volver a Sudáfrica. El autobús me llevó directamente a Pretoria, apenas a 50 kilómetros de Johannesburgo, aunque algunos creen que las dos ciudades (sobre todo la segunda) crecen tan deprisa que en unos años se convertirán en una única y gigantesca metrópolis de millones de habitantes.

Museo de la policía
Pretoria jamás estuvo en mis planes de viaje ni aparece en ninguna de la guías ni las bocas de los viajeros como un lugar apetecible. Pero como la buena suerte me acompaña, en Namibia tuve la fortuna de conocer a Alan y Margareth, un matrimonio sudafricano que me invitó a su casa y yo, cómo no, acepté la invitación. Así que me instalé en Pretoria, en una casa de lujo comparada con los estándares de mi viaje, en una zona residencial rodeada de vallas de seguridad y con comodidades nunca vistas hasta ahora como ¡una lavadora!

Torturas llevadas a cabo en la época del Apartheid
Así que mientras mi ropa se lavaba y mi cuerpo dormía en una cama por primera vez en 15 días, aproveché para visitar la capital de Sudáfrica (sí, amigos, ni Johannesburgo ni Ciudad del Cabo, la capital es Pretoria) y descubrir que, por poco que hablen de una ciudad en una guía de viajes, siempre tiene algo que ofrecer. Y así fue como descubrí el curioso Museo de la Policía sudafricana, donde debí de ser el primer visitante del mes, y aprender cómo se las gastaba la policía del país en la época del Apartheid. Su colección de vehículos policiales, desde un camello hasta el Mercedes blindado para llevar a Mandela, no tiene desperdicio.

Monumento Voortherker
Y así también fue como descubrí la Casa de Paul Kruger (creo que no es familia de Freddy), un afrikáans que debió ser el dueño del cortijo hace un par de siglos; el Museo de Antropología, que a pesar de dar muestras de desgaste y envejecimiento sigue siendo muy didáctico; y, sobre todo, el gigantesco y sobrio edificio Voortherker, construido a mediados del siglo XX como homenaje a la cultura afrikáans (los blancos, vaya) de Sudáfrica. Un gasto enorme de oro y mármol donde, una vez al año, coincidiendo con el momento exacto en que el sol entra por una rendija del techo e ilumina la inscripción central del edificio, una multitud blanca celebra su momento de gloria y nostalgia.

Pretoria es sobre todo una ciudad en la que se puede pasear, a lo largo de su Paul Kruger St., pasando por su enorme Church Square y de camino a los barrios más pijos del este. Y en donde un blanco puede coger también el transporte público, a pesar de que los blancos que viven en zonas residenciales se asombren de ello y se sorprendan de que sigas con vida y cartera después de la experiencia.

Gracias Alan y Margareth por acoger a un semidesconocido en vuestra casa, darle las llaves de vuestro hogar y dejarle a solas con vuestra “empleada del hogar”, Melvin, una negra parlanchina y encantadora que cada mañana coge dos trenes y anda media hora para llegar hasta allí. Y es que la capital de Sudáfrica no es diferente de los dos mundos que existen en este país. Aunque sea necesario pasar unos días en Johannesburgo para darse cuenta de ello.  
Gracias Adam y Margareth por vuestra hospitalidad

sábado, 13 de octubre de 2012

Amigas, de verdad, en el camino

Desde que comencé mi viaje, hace más de 6 semanas, no me he sentido solo en ningún momento. Es la magia de viajar en solitario, que las posibilidades de conocer gente nueva se multiplican. Pero, sin menospreciar a la gente maravillosa que conocí en Cape Town y Namibia, en Botsuana tuve la inmensa suerte de unirme a una “familia” que, a la postre, sería mi compañera de viaje en las próximas dos semanas.

Cumbre en las afueras de Gaborone. Happy days
Kaylee, Audrey, Rebecca, Nora (la única australiana) y Patella (de Botsuana) decidieron tomarse unos días de vacaciones de sus estudios en la Universidad de Botsuana y, junto con Jessica y Kim (madre de Jessica y Rebecca), fueron hasta el punto más turístico de país, el Delta del Okavango. Y, casualidades de la vida, el grupo de 8 personas que iba a viajar en Mokoro al Delta se completó conmigo. Así que allí me vi, rodeado de 7 mujeres, aprendiendo inglés a marchas forzadas y comprobando con asombro que su itinerario de viaje para los próximos diez días era idéntico al mio.

Apretados pero felices camino de Kasane
Así que, cómo no, me uní a su expedición. Al Delta le sucedió Kasane y el Parque Nacional de Chobe, cuyo viaje hasta allí ya conté en un postanterior. A Kasane le sucedió el cruce de frontera a Zimbabue, el camping de Victoria Falls, el bunyee jumping o puenting, el rafting (con ellas de compañeras, claro), la fiesta reggae en nuestro campamento y el cruce a Zambia. De la manera más natural me vi desayunando, comiendo y cenando con ellas. Haciendo la compra. Asumiendo que mientras estuviéramos juntos íbamos a estar juntos en todos los sentidos.

Ninja, el juego del año
Y así fue como aprendí a jugar a Ninja, un juego de habilidad donde no hace falta más que dos o tres personas que quieran intentar ser eso, un ninja, y mucho sentido del humor. Y así fue como le cogí el gusto a desayunar mantequilla de cacahuete, a cenar pronto y empezar a entender chistes que son en idioma diferente al español. A jugar a geografía, a entender un poco más la política americana, a situar Carolina del Sur en el mapa...

Pero como viajar solo y sin itinerario tiene muchas ventajas, el día que se fueron de Victoria Falls decidí cambiar mi ruta y, unos días después, visitar Gaborone, la capital de Botsuana, donde el atractivo turístico es nulo pero mi “familia” me ofrecía un techo bajo el que dormir y, desde luego, mucha diversión. Pasé 4 días en Gaborone, experimentando por primera vez en mi vida lo que es vivir dentro de un campus universitario, con sus comedores, su piscina, su equipo de rugby y sus fiestas de fin de semana, por no hablar de las excursiones a las montañas y una de mis primeras experiencias de escalada. Aunque el resultado fue un desastre, pude cocinar una tortilla de patatas para ellas en una cocina prestada por unos franceses, pasar un día en un torneo de rugby (experiencia local y única donde las haya) y hasta enseñarles que el Barcelona y el Real Madrid son los dos mejores equipos de España y que cuando juegan entre ellos merece la pena ir a un bar para ver el partido, aunque para ellas el “soccer” sea un deporte un tanto aburrido.

Aunque siempre se puede pedir más, y algo hubiera hecho que el fin de semana largo en Gaborone fuera perfecto, no puedo dejar de agradecer a mis nuevas amigas su hospitalidad, su simpatía, su paciencia con mi inglés y sobre todo sus ganas de conocer cosas. Supongo que no es el estándar de norteamericano el que viaja medio año a África a completar sus estudios. Quién sabe, quizá África nos vuelva a reunir de nuevo.
Sunset Cruise en Kasane. De izq a der: Nora, Rebecca, Patella, Kim,
Jessica y Audrey. Kaylee hace la foto

Gracias familia. Espero que Google translator os haya ayudado a entender mi gratitud.






miércoles, 10 de octubre de 2012

Zimbabue, mucho camino por recorrer


Después de vaciar mi cuerpo, mi alma y mis bolsillos en las Cataratas Victoria, y sin abandonar Zimbabue (recordemos que la ciudad de Victoria Falls es la última de Zimbabue antes de llegar a Zambia), continué viaje hacia el sur por Zim (como casi todo el mundo se refiere a Zimbabue) para intentar conocer un poco lo que este conflictivo país podía ofrecer. Y el resultado es confuso y engañoso.

Lodge de lujito en Hwange en el que me quedé una noche
Zimbabue es sin duda el país más complejo y conflictivo de la zona. La culpa la tiene, sobre todo, una persona, el octogenario señor Robert Mugabe. Este líder nacionalista, católico y comunista accedió al poder en 1980 y hoy, 32 años después, tras amañar una tras otra cuantas elecciones se celebran, sigue ostentando el cargo de presidente de Zimbabue a pesar de sus ¿87? años y sus nefastas maneras de dirigir el país. Zimbabue fue siempre el país con mayor potencial de la zona, un estado rico lleno de recursos naturales, tierras fértiles, minas, ganado y mentes brillantes. La antigua Rodhesia (llamada así por el millonario Cecil Rhodes que vio en el actual Zimbabue una oportunidad de inversión) es hoy una sombra de lo que podría ser, un país devastado por políticas económicas absurdas y una fuga masiva de cerebros.

Sin embargo, al parecer, las cosas han mejorado en los dos últimos años. Reconozco que venía asustado por lo que leí en mi guía de viaje: no hay comida en los supermercados, la inflación es del 1.300%, el paro del 70% y no es seguro ir solo por la calle ni mucho menos hacer autoestop. Afortunadamente eso ya no es exactamente así, y desde que en 2010 el gobierno de Mugabe decidiera adoptar el dólar americano como moneda oficial del país, las cosas se han estabilizado. Sí, lo que digo, el dólar es la moneda del país, lo que sale de los cajeros automáticos y con lo que se paga en los supermercados. Pero sólo en billetes, no tienen monedas de dólar, por lo que cuando uno compra en una tienda se redondea o bien se da la vuelta en Rand sudafricano. Algo surrealista.

Mercado callejero en Bulawayo
Poco o nada hubiera podido aprender del actual Zimbabue si no fuera por haber tenido la tremenda suerte de conocer a un cura misionero español (de Burgos para más señas) que lleva la friolera de 36 años en Zimbabue. Reconocí su cara de español en uno de los autobuses que tomé, me senté a su lado, y compartimos horas de viaje hablando de lo que la antigua Rodhesia (él llegó a conocer el país con ese nombre) ofrece. Cosas que sorprenden, como que cuando él pedía un presupuesto para una lavadora, una tele o cualquier objeto de uso cotidiano, el presupuesto era válido por un periodo de 6 horas, debido a la inflación. O como que cuando quería hacer la compra, primero iba a las estanterías para comprobar qué había a la venta, y entonces corría con la compra a la caja, para pagar con su fajo enorme de millones de dólares zimbabuenses, ya que en ese breve periodo el precio de la comida podía no ser el mismo que el indicado en la estantería. También me habló del fuerte carácter, culto y determinado del zimbabués de a pie. Cómo había conocido verdaderos cerebros, médicos e investigadores, forzados a irse del país por la falta de oportunidades (¿os suena, verdad?). Y cómo el controvertido Mugabe, al que tenía el gusto (¿?) de conocer, había expulsado a todos los granjeros blancos y apropiado sus tierras, que ahora eras secarrales yermos por la falta de inversión en la agricultura. Aún así, este cura se mostraba orgulloso de su labor, de que fueran españoles dos de los ocho obispos del país, y de que el cristianismo fuera la religión más extendida, con cerca del 26% de la población. En su mirada entendí que pasaría el resto de su vida en Zimbabue, país al que consideraba como suyo después de tantos años aquí, aunque no perdía de vista la realidad de España y de hecho aprovechó para preguntarme cómo están las cosas por allí. ¿Cómo están las cosas por España, amigos? Yo tampoco lo sé muy bien.

¿Un repasito?
Mi recorrido por Zimbabue fue corto, ciertamente. Una noche en Hwange, a mitad de camino entre Victoria Falls y Bulawayo, y conocido por su enorme parque nacional, y otra noche en Bulawayo, la segunda ciudad del país. Dos días bien diferentes. El primero, durmiendo en un “lodge” de lujo al que no tuve más remedio que acudir, y en el que me deje mimar por 24 horas. El segundo, durmiendo en un extrañísimo hostel en medio de una zona residencial, gestionado por un matrimonio blanco zimbabués y en el que era el único huésped. Bulawayo ofrece más bien poco al turista y sus atracciones cercanas no son tan atractivas como uno espera: el parque nacional de Matobo, al que no pude ir por ser el único turista interesado en ir ese día, y las ruinas de Khami, seguro que interesantísimas para estudiantes de arqueología e imitadores de Indiana Jones, pero no para mí.



Khami Ruins, patrimonio de la UNESCO
Zimbabue se convertirá, dentro de poco, cuando el ínclito Mugabe pase a mejor vida, en un referente de esta zona de África. Se abrirá al turismo, los extranjeros dejarán de tener miedo del país y de querer boicotear a Zimbabue como castigo a su presidente. El dólar zimbabuense volverá a circular sin riesgo de inflación y los cerebros y los granjeros a los que se arrebató sus tierras volverán, por lo que las exportaciones de vacuno y cereales se situarán en el lugar que le corresponde. O no. Yo sólo me quedo con los deseos en boca del religioso español que tuve el placer de conocer.  

domingo, 7 de octubre de 2012

Cómo jugarse la vida 3 veces en un día por menos de 200$


Las Cataratas Victoria ofrece al viajero, además de sus espectaculares vistas, algo de lo que pocos lugares en el mundo pueden presumir: la posibilidad de jugarse la vida de múltiples maneras por un puñado de dólares americanos, sin perder el glamour y pensando siempre que uno está haciendo algo exclusivo. Tienen un marketing muy bien montado porque, al igual que yo lo hice, miles de turistas cada año se marchan tan contentos de las cataratas habiendo puesto su vida en juego. Pero la verdad es que el sitio lo merece y, luego, en realidad, tampoco muere tanta gente.

Quizá empujado por el entusiasmo de mi grupo de americanas, de las que hablaré otro día, y a pesar del impacto que produjo en mi ver el puente sobre las cataratas el primer día que llegué, esa misma noche reservé mi plaza para el bungee jumping (lo que nosotros llamamos puenting, vaya) y, como extra, el rafting. Todos teníamos en mente que, teniendo que saltar al día siguiente a las 4 de la tarde, el rafting matutino sería un paseo por el río Zambezi y algo de ejercicio físico Pero no, queridos, más bien todo lo contrario.

El rafting por las Cataratas Victoria está considerado como el más arriesgado y peligroso del mundo, con 22 rápidos de categoría 4, 5 y 6, a lo largo de 24 km de recorrido entre Zambia y Zimbabue. Básicamente consiste en subirse a un bote con 8 personas más incluido el guía y remar y remar hasta que uno llega a los rápidos. El guía, en la parte de atrás, dirige el bote y da las órdenes, pero también se encarga de motivar, meter miedo, bromear con los turistas y reírse un poco de ellos. Mi experiencia se puede resumir así: yo junto con 7 chicas más, una de ellas que no sabía nadar, y ninguno de nosotros habiendo hecho rafting anteriormente. El primer rápido se supera sin problemas, crece nuestra moral, el segundo es pan comido, pero cuando llega el tercero, casi sin darnos cuenta... ¡plof! todos al agua. El rápido ha hecho volcar el bote y la mitad de las compañeras están desaparecidos. Yo también lo he estado, unos doce segundos, el tiempo que el remolino ha tardado en soltarme y el chaleco salvavidas me ha sacado a la superficie. Y eso que he hecho lo correcto: no mover un dedo cuando estés bajo el agua y dejar que el chaleco haga su trabajo. Sigue el caos, poco a poco van apareciendo personas, la última la chica de Botsuana que no sabe nadar. Hay que darle la vuelta a la barca: el guía lo hace y de repente me veo debajo de ella sin poder salir por ningún lado y con serias dificultades de bucear hacia uno de los extremos, ya que el chaleco salvavidas hace su trabajo. Otros 12 segundos bajo el agua y, al fin, puedo respirar y subir al bote. “Seguid remando”, nos grita el guía. Hemos superado uno de los rápidos de categoría 5, pero estamos asustados, quedan 16 rápidos más y como que no nos apetece salir volando en cada uno de ellos, pero seguimos. Así llegan los demás rápidos, en unos la barca vuelve a volcar, en otros todos los pasajeros de la izquierda salen volando, en otros los remos desaparecen y en otros rápidos, como el número 9, sencillamente nos bajamos del bote y hacemos a pie el camino mientras observamos con pánico lo que le sucede a nuestro medio de transporte: es violentamente engullido por las olas y las corrientes del rápido: se trata del “Suicidio Comercial”, nombre dado a un rápido por el que está prohibido pasar con personas dada su peligrosidad. Gracias, guía, te debemos una.

La experiencia del rafting es inolvidable, en todos los sentidos. A veces el guía te deja tirarte del bote y nadar un rato, o atravesar algunos pequeños rápidos nadando. Pero a veces te grita y te pide que subas inmediatamente al bote, que ha visto un cocodrilo en la orilla. ¿Perdona? Sí, un cocodrilo de los muchos que, al parecer, viven en la orilla del Zambezi. Cosas que no te dicen al principio pero que luego uno comprueba con sus propios ojos. Bueno, creo que ya no voy a nadar por el río, me temo...

Cuando, tres horas después, uno termina el recorrido, sube los 500 metros de desnivel por unas escaleras hechas con palos y es agraciado con un poco de comida y bebida, reflexiona sobre lo que acaba de hacer, y no sabe si quedarse con botes volando, cocodrilos en la orilla o rápidos que reciben el nombre de “La Lavadora”, donde, siguiendo el consejo del guía, uno hace lo posible por no soltar las cuerdas del bote, porque el remolino del rápido, si te engancha, parece ser que no te suelta. Pero en nuestro caso la reflexión de cómo nos habíamos jugado la vida duró poco, porque apenas dos horas después estábamos en el famoso puente, listos (o no tan listos) para la experiencia del puenting.

El Bunyee jumping de Cataratas Victoria dicen que es el tercero mas alto del mundo. 111 metros, 4 segundos de caída libre y sólo un accidente en 25 años de historia (por supuesto, lo primero que preguntas cuando reservas tu plaza). Básicamente, consiste en que te ajustan una cuerda elástica por los tobillos, te asomas al precipicio, miras al frente y un simpático señor que vive de eso te dice “5,4,3,2,1 Bunyeeeeeee” y te pega un empujón para que salgas volando catarata abajo. ¿Qué se siente? Negación, pánico, sudor frío y palidez extrema justo antes de saltar. Parada cardíaca y contracción muscular cuando uno salta. Embriaguez, locura y presión sanguínea en la cabeza cuando uno está colgado cual longaniza de pascua esperando que vengan a recogerle. Euforia, descontrol y ganas de repetir cuando uno vuelve al puente y se encuentra con sus amigos.

Para aquellos que se lo estén pensando, o simplemente aquellos que quieran corroborar mi grado de locura, pueden ver el vídeo aquí.








Y como uno ya ha comprobado que posiblemente este no es el día que le toca morir, decir hacer la menor locura de las locuras del día, que es visitar la Isla de Livingstone, en el lado de Zambia, y acercarse a las conocidas como“Devils pools” o piscinas del Diablo. Se trata de la bonita experiencia de saltar a una poza en el precipicio de las Cataratas y asomarse por el mismo. Una atracción turística muy bien medida en la que un salto medio metro más allá del lugar adecuado le permite hacer el segundo puenting de la jornada pero sin necesidad de cuerdas y mucho más barato.