jueves, 27 de septiembre de 2012

Hasta pronto, Namibia


En Namibia el sol sale de detrás de una duna y se pone en alguna playa del Atlántico donde miles de focas hacen un ruido ensordecedor.


Uno se despierta temprano para ver desayunar a las jirafas en Etosha, y se acuesta más pronto aún con la hoguera todavía humeante al lado de la tienda de campaña, en Namibia.

El tiempo pasa despacio en Namibia cuando se espera la llegada de un rinoceronte sediento a la charca donde el turista aguarda, pero los segundos son eternos cuando se desciende a toda velocidad por una duna, subido a una tabla de sandboarding.

 

El sol quema la frente a mediodía en alguna salina naturalmente decorada con árboles petrificados, pero el frío del desierto congela el cuerpo incluso dentro de las tiendas de campaña,a pesar de la excelente compañía, en Namibia.


Namibia te recibe con una sonrisa si tienes suerte de conocer a personas maravillosas como Sarah Kasupi, y te despide con otra cuando la funcionaria de la frontera no deja de mirarte mientras escanea tu pasaporte.

Hasta pronto, Namibia.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Un dia en los suburbios


A veces suceden cosas extraordinarias. Como que la recepcionista del hostel donde duermes en Windhoek, la capital de Namibia, se convierta en tu amiga y, un día, decida invitarte a su casa. “Soy de una familia humilde”, me dijo, “pero me gustaría que conocieras a mi familia”. “Genial, claro que sí, ¿donde vives?”. “En Katutura”

Katutura es el peor subirbio de la ciudad, a unos 5 kilómetros del centro, y el lugar en el que viven la mayoría de los habitantes de la ciudad. Es el resultado de la segregación racial o Apartheid que también sufrieron los namibios cuando estaban bajo control sudafricano, antes de su independencia en 1990. Katutura, también conocido como el Soweto namibio, es una enorme ciudad de chabolas, calles polvorientas y habitantes pobres de solemnidad que malviven esperando un trabajo en el centro de la ciudad, y en donde el alcohol, las drogas y la delincuencia campan a sus anchas. Pero yo esto último no lo vi, ni lo sufrí, ni lo sentí, porque iba acompañado de un local, y eso lo cambia todo.

La familia al completo
Sarah, mi amiga, me llevó a su casa, el lugar donde vive cuando no está trabajando y donde sí habitan todos los días el resto de su familia: su madre, sus dos hijos de 4 y 11 años y sus tres hermanos, una de ellos embarazada. En la misma chabola de paredes de piedra y cemento y techos de uralita, pero en otra habitación separada, duerme su tía y dos primas. Ambas familias comparten el servicio donde yo no encontré el agua corriente (o quizá no tenía la llave adecuada para abrir el grifo) y donde una bañera a rebosar servía, tengo la impresión, como ducha bajo el clásico sistema del cazo. Dentro del hogar, dos habitaciones: un pequeño salón con la mesa y un sofá, y un único dormitorio donde las 7 personas se repartían las camas. Fuera de la casa, en la parcela, tres gallinas, una bonita colección de plantas y cactus, docenas de neumáticos apilados y una verja en mal estado que separa la casa de la carretera.

La familia de Sarah es feliz. El núcleo familiar, como sucede en África, es tan grande que las abuelas se hacen cargo sin problemas de sus nietos, y las tías de sus sobrinos. También me parece que es habitual encontrar madres solteras. Al parecer la sociedad no ve con buenos ojos que hombre y mujer vivan juntos si no se han casado, y una boda es cara, inasumible para la mayoría de las parejas. Así que esto no impide que, aunque no vivan juntos, sí tengas hijos. Lo que pase después con estas relaciones es otra historia que, muchas veces, es incómodo preguntar. “Men? Problem! ¿Hombres? !Problemas!” me dijo Sarah el día que la conocí.
El patio de la casa

Después de comer un sándwich y muchos pasteles me eché una siesta en una de las dos camas de la casa. No había intimidad, es imposible es un lugar así, aunque en cualquier caso yo no la necesitaba. Al despertar, el hermano pequeño, de unos 1 8 años, me pidió que le acompañara al “centro social”. Después de un breve paseo pos las polvorientas calles de Katutura donde los niños juegan descalzos al fútbol con un balón deshinchado, llegamos a un amplio local. Se trataba del centro social gestionado por la comunidad cristiana del suburbio. Un par de veces por semana reúnen allí a los adolescentes del barrio para charlar de varios temas y, básicamente, intentar mejorar su vida y prevenirlos de los problemas a los que sin duda se van a enfrentar viviendo en un lugar como Katutura: drogas y delincuencia. La presencia de un españolito no pasó desapercibida, y me pidieron que me presentara. Yo hice lo que pude pero el caso es que mis palabras debieron de gustar al “pastor” porque un momento después, en privado, me pidió que hablara a los chavales sobre mi propia experiencia, lo que opinaba de las drogas y el alcohol y que intentara motivarles en base a mi vida en España. Lo que podía haber sido algo digno de grabar no tuvo lugar porque, en ese momento, nos llamaron para volver a casa: otro momento importante del día estaba a punto de empezar.

Despedida antes de marchar a la boda
Uno de los motivos por los que Sarah me invitó a su casa era que le acompañara a una boda. ¡Una boda namibia! ¿Cómo iba a perdérmela? Yo pensé en algo refinado y elegante, aunque fuera un suburbio; pregunte por la vestimenta adecuada que debía llevar y me preocupé por el regalo que íbamos a hacer a la pareja. Cuando llegué a la boda comprendí que tantas preguntas eran innecesarias. La boda fue... africana. Improvisada, sencilla, humilde, informal. La ceremonia religiosa empezó dos horas más tarde de lo previsto. La “cena”; hora y media. En la puerta del local del convite observé asombrado cómo la gente hacía cola para entrar. Sólo cuando comprobé que no había mesas para todos los invitados entendí las prisas. Y sobre la comida, un humilde pero sabroso plato de albóndigas con un poco de ensalada.

La boda fue humilde pero la mesa de los novios era un derroche de creatividad
Dicen que una boda es una de las mejores maneras de conocer una cultura. Namibia no fue una excepción, aunque el hecho de que la boda fuera en el suburbio más humilde de la ciudad puede que le añadiera dramatismo. El caso es que mi día en familia con boda incluida me mostró una parte de Namibia que el 99% de los turistas ni siquiera imaginan, cuando regresan a sus casas con las cámaras llenas de retratos de cebras y jirafas.  

lunes, 24 de septiembre de 2012

Perdidos en la Tribu


Con tan solo 22 años de independencia como país, Namibia todavía intenta cohesionar su sociedad. La etnia dominante, que supone el 50% de la población, es la que ocupa la mayor parte de los cargos gubernamentales y la que además tiene más posibilidades de acceder a trabajo público (el 20% del total). Pero el 50% restante de la población se conforma con un gran número de tribus diferentes en sus culturas, lenguas y modos de vida. Una de ellas, quizá la más pintoresca a los ojos de un occidental como yo, se la de los Himba. No es casualidad que una visita a alguno de los poblados Himba se incluya en la mayoría de los circuitos turísticos. Su modo de vida es radicalmente opuesto al nuestro pero al mismo tiempo es un pueblo accesible y tranquilo, que ha accedido al trueque que supone recibir turistas a diario a cambio de los bienes que aportan, las propinas que dejan y las compras de artesanía que pueden hacer.

Mujeres himba, siempre sonrientes
Los Himba suman unas 50.000 personas en toda Namibia, una población respetable. Incluso tienen cierto peso político. Lo que más destaca de ellos, a primera vista, es su vestimenta. Especialmente la de las mujeres: llevan una minifalda de cuero y eso es todo lo que puedo contar de su ropa. Van, obviamente, con el pecho descubierto, lo que llama la atención a primera vista y permite además descubrir los efectos de la gravedad primero y de la maternidad después. Sin embargo, un rato después el pecho al aire deja de ser llamativo para dejar paso a otros detalles más impactantes. Por ejemplo, las Himba no se duchan. Nunca. La escasez de agua en sus poblados es la excusa, pero en realidad ellas se sienten más cómodas y limpias untando su cuerpo con una mezcla de mantequilla de frutos secos, hierbas aromáticas y polvo marrón de piedra. Este ungüento es lo que confiere a la Himba su característico color marrón brillante, que también tienen los niños pequeños y que no tarde en impregnarse en la ropa de los felices turistas que abrazan y juegan con los niños. Y no menos impactante es su pelo. Las Himba se hacen unas trenzan sujetas por huesos de animales y pegadas con barro reseco., y cuando el pelo se rompe o estropea o no es lo suficientemente largo, se compran extensiones en el supermercado (palabras textuales) para lograr sus características melenas. Collares, pulseras y demás accesorios completan su escaso vestuario.

Un poblado Himba, como el que pude visitar, se compone una docena de casas de barro, madera y piedras construidas circularmente alrededor de un establo para los animales. En un extremo, una casa más grande que las demás destinada al jefe del poblado. Y entre el establo y la casa del jefe, el lugar más importante del lugar: el fuego sagrado, que no es otra cosa que una fogata donde al parecer siempre hay una llama encendida. Es el lugar donde tienen lugar los acontecimientos importantes de la tribu, por ejemplo los matrimonios, o los bautizos o la resolución de los problemas. Pero ahí también es donde tiene lugar la ceremonia del “mellamiento” o rotura de los dientes de los niños. Supuesta mente por tradición, cultura y porque ayuda a hablar el idioma himba lleno de sonidos particulares para un occidental, cuando el niño o la niña llega a cierta edad es sujetado por varios hombres y, con una palo y un mazo, le parten uno o dos dientes de su boca. Siempre son los paletos, y normalmente los de abajo. Todo eso se hace sin anestesia, obviamente, y al parecer con mucha ilusión por parte de los niños y sus padres.

En la puerta de su casa
Los Himba son polígamos. Esto supone que cada hombre tiene cuatro o cinco o seis mujeres. Cada una de ellas duerme en una de las casitas que compone el poblado, y el hombre dedica entre dos y tres noches consecutivas a cada una de sus mujeres, que compiten entre ellos por ver quién es la mejor amante y cuántas noches decide, por lo tanto, pasar su marido en su casita. La relación entre ellas es buena, como de hermanas. Pero en lugar de compartir padres, comparten marido. Fácil, ¿no?

Y como parte final de la visita, se invita a pasear por la zona comercial, donde se puede comprar collares o pulseras supuxetamente hechos por las mujeres himba. El poblado recibe una pequeña cantidad de dinero por parte del turista, que recoge el guía local (normalmente un himba que ha ido al colegio y por lo tanto sabe inglés, y eso le permite tratar con los turistas). Turistas que, por cierto, suelen dejar algo de verdura, carne o agua potable cuando visitan el poblado.

Reconozco que mi primera impresión fue de duda y escepticismo. Aquello era demasiado crudo como para ser verdad, y pensé que de verdad era una parque temático para turistas y que en cuento nos marcháramos, las mujeres se iban a dar una ducha, ponerse su sujetador con aro y largarse a su apartamento. Pero no.

El gran Paco, un español por el mundo como yo
Y lo sé porque, como nada en la vida es casualidad, pocos días después de mi visita al poblado himba, hablando español en las calles de Windhoek, iba a conocer a Paco, músico, melómano, jerezano y productor de “Perdidos en la Tribu”, ese programa de televisión en el que, al parecer, una familia occidental pasa un mes en una tribu y luego habitantes del poblado van a las modernas casas occidentales a repetir la experiencia. Y Paco, que tenía tantas ganas de hablar español, y tomarse un gintonic como yo, me llevó al mejor restaurante de la ciudad para comer los mismos animales a los que me refería en mi post anterior, y me confirmó que los himbas son tal cual los había visto.

 Siglo XXI y poblados en taparrabos. Pues sí, los hay, y bien que me parece. La sonrisa y la actividad de los niños con los que estuve jugando descalzo sobre el suelo polvoriento del poblado me hacen pensar que, aunque sea en su desconocimiento, son más felices que muchos occidentales que conozco.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El Rey León se filmó en Etosha


El Parque Nacional de Etosha, en Namibia, es con justicia uno de los más conocidos de África. Si, es cierto, no he visto ningún otro parque durante mi viaje y jamás antes había ido de “safari”, pero tres días en Etosha me bastan para estar seguro de que El Rey León, si no fuera porque son dibujos animados, se habría filmado en Etosha.

La señora Cebra, omnipresente en Etosha
Porque aquí estaba Simba, sin duda, al que vi una sola vez rodeado de algún primo suyo, macho, y de cinco leonas más. Holgazaneaban bajo la sombra de un árbol, esperando quizá más refuerzos para intentar algo de caza, o quizá reposando la comida resultado de un ataque que yo me perdí. Al parecer el león come (o caza) cada quince días, y mientras tanto es quizá uno de los animales más vagos que existan.

Y allí, cerca de la manada de leones, estaba también el señor Leopardo, majestuoso y solitario. Sólo vimos uno, pero vaya nuestra suerte: nuestro guía nos aseguró que hacía dos años que no había visto uno (¡y va a Etosha casi cada semana!).
El señor Elefante, majestuoso paquidermo

Un poco más delgado que su primo el Leopardo, y sin duda más rápido (dicen que alcanza los 110km/h) estaba el señor Guepardo (uno descubra con asombro que su nombre en inglés en Chittah). A este le vimos tan to en libertad como en cautiverio, gracias a la labor de la AfriCat Foundation que recoge guepardos de granjas privadas, los cura, rehabilita y luego libera en algún parque como el de Etosha. Mientras, los turistas que quieren garantizarse ver guepardos pueden hacerlo en una de sus reservas privadas, donde el guía les localiza fácilmente gracias el gps que le han puesto en el cuello. También cuidan leones, por cierto, y verles deborar los filetes a la hora de la comida no tiene desperdicio.

Por allí andaba también el elefante, en un buen número (docenas de ellos en dos días, quizá). Con su andar cansino, su ducha diaria en las lagunas y su sentido de la familia, enternece ver a los pequeños elefantitos chapotear en las charcas o quejarse cuando mamá elefante les dice que es el momento de volver a casa.

La elegante señora Girafa
En ausencia del Búfalo (que al parecer sólo se deja ver en la temporada de lluvias ya que necesita mucha agua para sobrevivir), sólo faltaba por avistar al rinoceronte para tener la lista completa de los “Big 5” o “5 grandes”, que son el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el dicho rinoceronte. El Rino, casi prehistórico, impresionante, se acerca como todos a las lagunas a beber y muestra orgulloso sus dos cuernos con propiedades tan deseadas que a punto estuvieron de acabar con su especie.

El prehistórico señor Rinoceronte
Y junto a todos estos, completando el casting, el resto de protagonistas: las elegantes jirafas (temerosas de todo y todos, capaces de esperar a que todos los demás se hayan ido para acercarse a beber a las charcas, y cuando lo hacen espatarrarse de tal manera que si, hay un contratiempo, puedan salir por patas lo más rápidamente posible); las mágicas cebras (que dieron un nuevo sentido a la expresión paso de cebras cuando nos las cruzamos en la carretera y cuya piel parece pintada de manera artificial); las espantosas hienas (a las que El Rey León ha hecho mucho daño y jamás volverán a ser vistas con cariño por nadie pero es que, leches, se lo merecen por feas) y todos los demás antílopes que uno no se cansa de ver: springbooks, kurus y otro mamíferos que uno desconoce hasta su nombre y que no había visto jamás.

Etosha, por sí solo, merece una visita a Namibia. Los safaris (o “game drive” como lo llaman aquí) merecen tanto la pena que uno podría estar una semana recorriendo el parque y no repetir en ninguna de las charcas, donde por cierto es donde casi toda la actividad animal tiene lugar.

Simba, el Rey León
Inolvidable, por cierto, los “waterholes” de los camping. ¿De qué se trata? Pues ni más ni menos que una charca artificial construida justo en el límite entre los campings y el parque, acondicionado con sillas y una potente luz para que uno pueda sentirse como en el cine viendo en directo un documental sobre animales salvajes. Aunque, mejor pensado, lo que uno ve es la auténtica representación en directo de El Rey León, aunque Simba no se dejara ver jamás por la noche.  

jueves, 20 de septiembre de 2012

Namibia: una aproximación


Namibia, el segundo país africano que visito de los muchos que espero visitar, me recibió con una sonrisa: la de Sarah, empleada del Chameleon Hostel que me vino a buscar a la estación de autobús de Windhoek el día de mi llegado. Frieda me dijo: “lo primero de todo, bienvenido y aquí tienes mi sonrisa. Sé que eres extranjero y a todos nos gustaría ser recibidos con una sonrisa cuando llegamos a un nuevo lugar”. ¿Mejor recepción que esa? Difícil.

Namibia, llamado así por el vastodesierto del Namib (el más extenso del sur de África, y considerado verdadero desierto en comparación con su vecino Kalahari), es un enorme país de unos 800.000 km cuadrados y una población de apenas dos millones de habitantes. El desierto del Namibia recorre el país de norte a sur, en dirección Sudáfrica, y en ocasiones se junta con el Kalahari, que hace de frontera natural con la vecina Botsuana Al norte, un terreno menos árido y más fértil, lugar donde se encuentran los mejores parques nacionales (entre ellos el célebre de Etosha) y el noreste la extraña franja de Caprivi, un estrecho de tierra ciertamente estrecho que hace que separa Angola de Botsuana pero que pertenece a Namibia. Al parece allí se encuentran los mejores bosques del país.

El país, al que algunos llaman “África para principiantes” por las facilidades que ofrece a los visitantes, es uno de los más recientes de África: logró su independencia en 1990, cuando Sudáfrica al fin cedió su soberanía, la misma que había conseguido al final de la Primera Guerra Mundial cuando Alemania, el primer “conquistador” de Namibia, fue obligado a retirarse de sus colonias. Sin embargo, la huella alemana, un siglo después, sigue muy presente: se habla alemán con cierta frecuencia, algunos nombres de calles y de muchas ciudades están en la lengua de Bismarck y, sobre todo, el país presenta una sorprendente organización, limpieza y modernidad.

La capital, Windhoek (literalmente, rincón ventoso) es una pequeña pero coqueta urbe de avenidas tiradas con escuadra y cartabón, limpias y ordenadas, moderna y segura. Una colección de meteoritos caídos en la zona adornan una de las calles más comerciales y los colegios privados alemanes comparten manzana con los centros de artesanía africana o el KFC, porque aquí, como en todos los lados, ha llegado la globalización.
Vanesa y Akiko, croata y japonesa, observan la puesta de sol en Namibia

No tardé mucho en situarme en la ciudad, en sentirme seguro en Namibia y en organizar lo que iba a ser mi visita. Siendo consciente de la absoluta imposibilidad de ver los lugares más interesantes en transporte público, intenté sin éxito compañía para alquilar un coche, pero la alternativa japonesa con forma de dos curiosas jóvenes niponas llegó tarde y de manera poco convincente. Mientras ellas decidían su ruta (días después habría de encontrármelas en el desierto), yo ya había reservado el primer viaje de 3 días a uno de los principales reclamos de Namibia: Sossusvlei, un rincón del desierto de altas dunas y paisajes espectaculares.

Sossusvlei es sobre todo conocido por Dead Vlei, un antiguo lago salado en medio del desierto del Namib donde docenas de árboles muertos y secos forman recrean un ambiente tétrico y apocalíptico. A la zona se accede después de recorrer unos 50km en coche a partir del camping más cercano, más otros 5 km a pié desde el lugar al que los coches sin tracción a las 4 ruedas pueden acceder. En medio del camino, dunas que bajar (yo me permití el capricho de hacerlo corriendo y rodando por ellas) y, si uno quiere disfrutar de la mejor vista, dunas que subir.
Una de las dunas por las que habría de tirarme corriendo y rodando 

Normalmente, y debido a que la zona es un parque natural que no permite su entrada por la noche, antes de llegar a Dead Vlei uno ha tenido la oportunidad de subir durante tres cuartos de hora a la cima de la duna 45 (llamada así por estar a 45 km de la entrada del parque) y desde allí, sobre las 6 y media de la mañana en septiembre, disfrutar de uno de los mejores amaneceres del país, sino el mejor. Una vez el sol ha dado los buenos días, uno se puede tirar rodando por la duna y abajo le espera el desayuno.

Disfrutar Namibia, con su clima árido y sus paisajes lunares, es también disfrutar de una experiencia en la naturaleza. Puedo decir que disfruté por igual las puestas de sol sobre las dunas que las cenas alrededor del fuego de campamento, un rato antes de dormir en las tiendas de campaña donde, si se tiene suerte (y yo la tuve) también espera una buena compañía). Fuera, el sonido de los monos beduinos y el espectáculo de las estrellas en el desierto le garantizan a uno la experiencia completa en plena naturaleza.

El tétrico paisaje de Dead Vlei
En el camino a Sesriem (base del campamento) y Soussesvlei, cientos de kilómetros de carretera polvorienta pero bastante cómoda, y parada en lugares de nombre tan sugerente como Solitaire (razones obvias para el nombre) donde un alemán barbudo y tripón hornea pan y sirve el que dicen es el mejor pastel de manzana del país. Yo me conformé con el brownie, tan duro por fuera como tierno y sabroso por dentro.

 Y así, durante 3 días, y en compañía de nuevos viajeros como Vanesa (una abogada croata con la que me comuniqué en italiano) y de Akiko (la mejor japonesa que haya conocido nunca y que me ha demostrado lo valiente que se puede ser viajando sola por África con 20 años), tuve mi primera aproximación a Namibia.  

lunes, 10 de septiembre de 2012

Stellenbosch, la Rioja y Salamanca sudafricana

A poco más de una hora de tren de Ciudad del Cabo, en dirección noreste, se encuentra Stellenbosch, una de las ciudades más antiguas del país y desde luego una de las más visitadas por los turistas que llegan a Cape Town.

¿Qué hace de Stellenbosch un lugar juvenil, vivo, ruidoso y alcohólico? Su antigua Universidad
¿Que hace de Stellenbosch una de las industrias vitivinícolas más importantes del país? Sus cientos de bodegas pegadas a más que decentes cultivos de vides.
Un grupo soso se convierte en divertido a
 medida que las catas de vino avanzan
¿Cuál es el motivo por el que una familia hindú asentada en Houston, una alemana de prácticas en una empresa sudafricana, dos turistas escocesas y un viajero español como yo se cojan el tren desde Ciudad del Cabo en dirección Stellenbosch un jueves a las 8 de la mañana? La barata y sencilla oportunidad de emborracharse con alegría en el conocido Wine Tour o Ruta del Vino de esta ciudad: cuatro bodegas con catas de vino casi ilimitadas, cata de queso apta para gorrones hambrientos y comida incluida durante seis horas de encantador paseo en furgoneta.

Como suele pasar en otros lugar, las rutas de vino se toman al principio con respeto, paciencia, exquisitez en la cata, etc. Nada como parecer sofisticado agitando la copa, jugando a adivinar si es plátano, vainilla o frutos rojos lo que emana del caldo. Eso sí, en la primera o como mucho segunda bodega. Comprobado está, y esto es algo internacional, que cuando hemos llegado a la tercera o cuarta bodega, hemos bebido champán, rosé, blanco, semi-dulce, porto y doce variantes más de sendos vinos tintos, uno ya no vé ni la radio, que diría mi madre. Pero como el tiempo acompaña (recordemos, ha llegado la primavera a Sudáfrica), las bodegas son preciosas, los camareros no preguntan nunca si ya hemos agotado nuestras cinco copas de cata y aquí quien más quien menos es turista y está de vacaciones, pues todos a tajarse un poco, reírse en cinco idiomas diferentes y a otra cosa.

Estación de tren de Stellenbosch
Yo fui previsor y opté por quedarme en Stellenbosch a dormir. Un acierto, porque junto con la opción de reposar el vinito sin tener que tomar tren de vuelta a Ciudad del Cabo se suma la oportunidad de conocer la ciudad, toda una sorpresa. Su Museo de la Ciudad es de lo mejor que he visto en mucho tiempo: un lugar con cuatro casas de época, perfectamente ambientadas, donde sorprende que en cada una de ellas te recibe una mujer sudafricana ataviada con la ropa de época correspondiente y te cuenta cómo era la vida en el supuesto aposento. Lo mejor es que las señoras realmente vibran con su trabajo y una de ellas, en concreto, me contó que llevaba 20 años haciendo lo mismo y seguía encantada. Al minuto de conversación me enseñó su álbum de fotos y recuerdos, su foto con Mandela cuando visitó el museo y lo orgullosa que estaba de sus hijos. Sólo cuando me dijo su edad (mucho menos de lo que aparentaba) comprendí que seguramente su vida no había sido tan fácil como podía intuir en sus palabras y su sonrisa.

Puesta de sol entre Hermanus y Cape Town
Las bodegas y la historia de la ciudad de Stellenbosch van muy unidas a la de Universidad, de la que oí que fue un de las pocas que no quiso hacer caso de la ley sudafricana que obligaba a una cuota del 50% de negros en sus aulas. No sé los motivos pero lo cierto es que es una universidad de blancos, o al menos son sólo blancos los que pueblan su campus, comen en su comedor público y hacer deporte en los alrededores de los colegios mayores. Estoy seguro de que por las noches, en alguno de las docenas de pubs de la ciudad, montan un espectáculo parecido al de los turistas que cada día, a las 10h30 de la mañana, comienzan el Tour del Vino y acaban tirados por el suelo de la risa cuando ya no sabes si beben tinto, blanco o vino dulce. Y todo esto, a una hora de tren de Ciudad del Cabo.

Precisamente Ciudad del Cabo me ha despedido de la mejor de las maneras posibles. Sin esperarlo siquiera, me vi de nuevo en Hermanus, donde una semana antes no había podido ver una triste ballena. Así que marché de nuevo para allí, en buena compañía: la alemana que habla español (Carolin, excelente fotógrafa) y Selonge, una estudiante franco-china especializada en la comunidad china asentada en Zambia (ni más ni menos). Y vi ballenas, ya lo creo que las vi. Al menos una docena, de todos los tamaños y muy cerca de la costa. A veces, incluso, acompañadas de delfines. Fotos cortesía de Carolin Kley, cuyo teleobjetivo dejaba mi cámara compacta a la altura del betún.


Y así, con una breve visita a Hermanus, con una vuelta a Ciudad del Cabo admirando la puesta del sol desde las serpenteantes carreteras de la costa y, sobre todo, con una primera y última noche de copas por Cape Town en compañía de dos belgas flamencas, pasaron mil últimas horas en esta ciudad. Al día siguiente, y antes de afrontar las 24 horas de trayecto en autobús camino de Namibia, la lluvia y el frío, de nuevo, como los primeros días, me iban a dar la despedida de Sudáfrica.
Els, belga, junto a Coco, el rey de la noche en Long St.


viernes, 7 de septiembre de 2012

CapeTown, la ciudad

Después de nueve días en Ciudad del Cabo, con algún pequeño paréntesis de excursiones, creo que puedo decir que me he hecho con la ciudad. Un poco, al menos, ya sabemos que las ciudades requieren tiempo, y gente local conocida para sacarles todo el jugo. Pero al menos puedo decir que me sitúo, que la tengo en mi cabeza, que ya no soy el niño perdido que llegó con su mochila hace más de una semana y no salía de la calle del hostel.
El omnipresente Mandela

Ciudad del Cabo es el resultado de una historia rica y una emplazamiento muy particular. Es la historia de los portugueses que se atrevieron a pasar por primera vez por el que ellos mismos bautizaron como Cabo de Buena Esperanza. Es la historia de los holandeses que vieron aquí el lugar perfecto para instalar un lugar de abastecimiento a los barcos que venían de las Indias (mucho antes de que nadie planteara siquiera la existencia del Canal de Suez), es la historia de los colonos ingleses que, después de algunas guerras, se hicieron con el control de la zona y del país, y es la historia, claro, de los propios sudafricanos, víctimas y verdugos de su cruel Apartheid y que, a ojos de un europeo, no parece que se haya superado del todo: los blancos tienen dinero y los negros vagan por las calles cuando no tienen alguno de los peores trabajos. Pero eso daría para una reflexión y estudio más profundo.

Vistas desde la cumbre de Table Mountain
La ciudad es especial, sobre todo, por su emplazamiento. En pocos lugares, en pleno centro, uno encuentra una montaña majestuosa que observa el devenir de sus habitantes. Es la Table Mountain, quizá uno de los reclamos turísticos más importantes de la ciudad. La montaña, casi siempre coronada con su sombrero de nubes, ofrece las mejores vistas de la ciudad, pero además permite ser escalada en una esforzada caminata de menos de dos horas, desde la estación de teleférico hasta la cumbre. El camino, muy bien marcado aunque con sorprendentes alambres de espino en ciertos lugares, fue el lugar que decidí recorrer el día de mi cumpleaños. Las vistas, el paisaje, el radiante sol de la recién estrenada primavera sudafricana y la satisfación de un trayecto menos largo pero más duro que la mítica subida a Penyagolosa fue el mejor regalo de mi 34 cumpleaños.

Entre la base del teleférico que sube a Table Mountain (llamada asi por ser plana en su cima) y el Waterfront o zona del puerto habrá más de una hora a pie. Si uno hace ese camino puede decir que tiene la ciudad dominada, al menos de este a oeste, y encontrarse allí con un centro comercial (donde los blancos compran y los negros trabajan), un zona para lucir palmito, el aquario y algún que otro referente cultural, como las estatuas de los premios Nobel sudafricanos.

Banco sólo para europeos, esto es, blancos
Las huellas de la segregación racial aún están muy presentes. Y no hay mejor lugar para encontrarlas que en el Distrito 6, una zona muy céntrica donde los habitantes negros fueron desalojados y obligados a desplazarse a suburbios porque el tenebroso gobierno del Apartheid así lo quiso. Su museo, extraordinario, es el mejor sitio para comprobar hasta qué punto la situación fue trágica y cómo, de verdad, un objeto tan cotidiano como un banco podía estar reservado sólo para alguien en función de su color de piel.

Entre medias, una extraña mezcla de calles que suben y bajan, algunas playas al sur y al norte (sorprendente ubicación para una ciudad cuyo centro parece un poco cerrado a la costa) y un centro con cierta personalidad: mercados de artesanía, mercados de flores, cuidados jardines y céntricas estaciones (la de tren, moderna y limpia; la de bus, correcta; la de minibus, surrealista y caótica). Y más o menos en el centro, la famosa Long St., que no creo que sea la calle más larga de la ciudad ni mucho menos pero desde luego sí aquella donde turistas, mochileros, hoteles baratos, restaurantes turísticos, vendedores de droga y tiendas de antigüedades se mezclan con la curiosa pseudo policía urbana que, al menos, aporta cierta sensación de seguridad. Aquí está mi hostel, como la mayoría, y en el paseo de diez minutos que uno tarda en recorrerla uno puede encontrar casi todo lo que necesita para sobrevivir aquí. Sorprende, eso sí, que en casi toda la ciudad la vida parece desaparecer a partir de las 6 de la tarde, cuando el sol se pone en la recién estrenada primavera sudafricana. Y es entonces cuando un blanco solo puede resultar llamativo mientras pasea por sus calles.
Una de las mejores, aunque un poco apartada, playas de la ciudad

Cuando marche a Namibia, pasado mañana, habré pasado 11 días en esta ciudad. Suficiente para una idea general, perderme en ella, subir a su montaña (y dejar para otra ocasión la subida a la Cabeza de León, su hermana pequeña), disfrutar de su famosísimo Jardín Botánico y dejarme ser tratado como un turista de manual a bordo de los autobuses rojos descapotables. Puede parecer una turistada, y lo es, pero me pareció la mejor manera de llegar a barrios de la ciudad a los que no hubiera podido ir de otra manera. A los barrios suburbiales, donde millones de ciudadanos negros se hacinan al margen de la vida de la ciudad, no he querido/podido ir. Quizá en otra ocasión, quizá en Johhanesburg.

Capetown, Ciudad del Cabo. Un lugar más que recomendable. Por cierto, os debía una foto con el tiburón. ¡Ahí está!
Tiburoncito blanco, desde el barco

domingo, 2 de septiembre de 2012

Buena Esperanza

Cape Point, el mas al sur de la Peninsula del Cabo
Domingo 2 de septiembre, sexto dia de viaje. Aunque para mi no existen ya los fines de semana ni los dias laborables, hoy termina un gran fin de semana, sin duda los dos mejores dias desde que estoy aqui, lo cual no es un gran merito teniendo en cuenta que apenas llevo 5 dias en Ciudad del Cabo. Ayer sabado pude llegar a uno de los motivos por los que mi viaje comenzaba en Sudafrica y concretamente en Ciudad del Cabo: el Cabo (precisamente) de Buena Esperanza.

Tomada la sensata opcion de alquilar un coche, evitando asi el caos que podia suponer tirar de los caoticos minivanes (la estacion de minivan de Ciudad del Cabo es lo mas cercano a la Africa real que he visto hasta el momento), Martin el checo, Takumi el japones y yo emprendimos marcha a la peninsula del Cabo, en concreto a Cape Point, el punto mas al sur de la Peninsula (aunque no el punto mas al sur del continente africano, reservado al Cabo Argulhas). Y el viaje merecio la pena: montanhas, parajes espectaculares, animales salvajes y, para mi, el plato fuerte, los cabos.


Pinguinos africanos en su playa, Peninsula del Cabo
Pinguinos en la carretera, tal es su grado de libertad
Lo de los animales salvajes merece una resenha especial. Es dificil encontrar en Europa pinguinos en su habitat natural, avestruces bordeando la carretera o monos beduinos obligando a los coches a detenerse para evitar un atropello de las crias de estos simpaticos simios. Los pinguinos, africanos, claro, viven en un playa, perfectamente protegida y convenientemente amortizada con lo que cobran a los turistas. Las avestruces, en cambio, campan a sus anchas en la carretera que va al Cabo y los monos hacen lo propio en toda la peninsula. Lo cierto es que impacta, al menos la primera vez.

Cabo de Buena Esperanza,obviamente
Y alli, esperandonos, al final de una carretera de curvas y acantilados, estaba el parque natural del Cabo, con sus dos protagonistas: uno el Cape Point, el mas lejano y mas visitado, con su antiguo faro; y el otro, el concocido, el que aprendimos de pequenhos en clase de geografia, el que al menos yo pensaba que era el mas austral de los puntos africanos y el que tanto habia cantado en la gran cancion de Sabina que este fin de semana he tenido en la cabeza, y cuyos versos conviene recordar ahora...

Frente al cabo de poca esperanza arrie mi bandera, si me pierdo de vista esperadme en la lista de espera
herede una botella de ron de un clochard moribundo,  olvide la leccion a la vuelta de un coma produndo (...)
Me libre de los tontos por ciento del cuento del bisnes









Y una vez completado el tramite de sentirse en ese lugar, emprendimos rumbo al este, donde esperaba Hermanus, un turistico pueblecito conocido por ser el mejor asentamiento terrestre del mundo para avistar ballenas. Ballenas, lo que se dice ballenas nadando en la costa, yo no vi ninguna, aunque mis companheros si que vieron alguna. Y la razon por la que yo no lo vi es porque... estaba viendo tiburones. Si, decidi hacer la turistada de meterme en la jaula rodeada de tiburones, lo que aqui llamar al shark dive cage. La mecanica es simple: te subes al barco, avanza unas millas, echan al mar un par de cabezas de atun para atraer al bicho y, cuando llega, 5 personas se mete en una jaula pegada al barco para poder verlo de muy cerca y bajo el agua. Lo cierto es que ver dos tiburones de unos 4 metros de largo impresiona, y mas si estas en el agua, pero tampoco penseis que es que como la pelicula, el escualo no salta del agua ni ensenha su aleta amenazante, de hecho pasa bastante de los humanos. Eso si, el frio que hace en el agua cuando el invierno austral esta terminando si que da bastante miedo.

El fin de semana en el Cabo y Hermanus me ha permitido salir de Ciudad del Cabo, conocer a Takumi el japones, un chico de 22 anhos que completa con un viaje de varios meses por Africa sus estudios africanos y lengua swahili. Cene con el en un restaurante de pescado tipico y fue toda una experiencia. Por ejemplo, ambos quedamos asombrados del manejo de los cubiertos (por mi parte) y los palillos (por la suya).

Takumi, un buen companhero de viaje
Y un chiste, situacion real de ayer, que solo se entiende en ingles. Esta es la conversacion con un chico que conocimos en el paseo martimo, cuando todos estabamos intentando encontrar alguna ballena:

- Hi, have youy seen whales?
- No, not yet
- Ok. Where do you come from?
- Wales
- No, I mean where do you come from?
- Wales
- Ah,ok...